Domingo, 25 de agosto de 2019

Más allá del miedo

“La mayor parte de los occidentales no comprenden el arte del dolor, y por eso viven obsesionados por miles de miedos”

Etty Hillesum

Las y los señores de los derechos somos los seres humanos, organizados como ciudadanos, de donde nace la necesidad de ensanchar esa condición para que sea lo más plural e inclusiva posible.

J. Habermas

La globalización desigual que estamos viviendo, está provocando el auge de los fundamentalismos, no solo religiosos, también políticos. El fundamentalismo no tiene sus raíces en el odio, sino en el miedo. Miedo al mundo moderno cambiante y en movimiento, miedo al diferente, miedo a un final no definido donde las certezas y los pilares sólidos parecen haberse difuminado en pequeños relatos interesados propios de la postmodernidad imperante.

En estos momentos que estamos viviendo, estamos asistiendo impotentes a un Imperialismo globalizado. La civilización occidental no solo está imponiendo su cultura en todo el planeta, sino sus condiciones económicas y políticas, más allá de toda ética, más allá de todo derecho. Como “pueblo elegido”, la gran potencia mundial, con la idea de destruir el eje del mal, D.Trump, como lo hiciera Bush padre, parecen ser portadores de una verdad exclusiva encerrada en sí misma y sin diálogo posible. No estamos asistiendo a una globalización del planeta, sino a la mundialización de los intereses económicos de América y Europa más allá de toda justicia, deshumanizando todo a su paso.

El gran objetivo es mercantilizar el mundo, donde todo sea administrable, incluso los miedos, los afectos o el propio amor entre los seres humanos. La sociedad está siendo penetrada por el mercado. Asistimos a una mercantilización de la vida, las relaciones económicas se están deslizando de forma silenciosa pero poderosamente en lo más profundo de las relaciones humanas. La sociedad y el mercado son idénticos, profanando lo más sagrado de nuestra existencia y expulsando de ella todo lo que no sea trabajo, beneficio, capital, eficiencia y rendimiento. Ello provoca que se perturbe la autotranscendencia hacia las cosas, la libertad y la capacidad de decidir, suponiendo una auténtica crisis de la libertad

También estamos asistiendo a una guerra silenciosa por los recursos del planeta que genera violencia y rapiña. Se calcula que en pocos años, unas pocas empresas privadas poseerán el control de casi el 75% del agua del planeta, vital para la vida. Los gobiernos están delegando en las grandes empresas la tutela de los recursos naturales, del petróleo, coltán, tierras raras, oro, etc., necesarios para el funcionamiento y expansión del capitalismo. Donde hay recursos, hay conflictos. La lucha por estos recursos, totalmente mercantilizados y fuera de toda humanidad, provocando una lenta guerra silenciosa profundamente violenta.

La histeria mercantilista impide que podamos encontrarnos con nosotros mismos, con nuestro propio ser. Caemos en la enfermedad de que somos los mejores y humillamos a los otros, perdiendo la oportunidad de aprender de ellos. La falta de diálogo, la satanización del otro, imponer la propia verdad casi por la fuerza, hace que la tolerancia y la diversidad sean una quimera.  

El fundamentalismo no tiene sus raíces en el odio, sino en el miedo (Terry Eagleton). Miedo al mundo moderno cambiante y en movimiento; miedo a un final no definido, donde las certezas y los pilares sólidos parecen haberse difuminado en el fin de los grandes relatos de la postmodernidad.  Las crisis económicas, la volatilidad del mercado, las amenazas ambientales, los riesgos asociados a las nuevas tecnologías, el incremento del terrorismo, Este mundo de la incertidumbre y el miedo, está empeñado en robarle al hombre su origen y su destino, despojado de toda referencia, religiosa, política y cultural, abocado al vacío de la nada genera una atmósfera de inestabilidad que se traduce en una propagación del miedo.

El dominio, en los grandes foros internacionales de los países occidentales, está suponiendo que impongan sus valores dominantes, llegando a radicalizarse cuando el factor económico y el interés está en juego, estableciendo su ideario como sagrado y absoluto, convirtiéndose la política en una nueva religión no cuestionada, tomando ese matiz fundamentalista. No están dispuestos a cuestionar sus opiniones, ni sus valores, ni sus actividades contra todo derecho, ni su agresividad, ni su desprecio por los que discrepan de ellos. Simplemente descalifican al que piensa diferente, estableciendo un fuerte maniqueísmo y sectarismo, “nosotros y ellos”, incapacitando para el diálogo e ignorando al diferente.

La manipulación de la incertidumbre es la esencia de lo que está en juego en la lucha por el poder. La incertidumbre, la ansiedad existencial y el miedo de las sociedades líquidas han dado lugar a búsquedas de seguridades y certezas en los idearios políticos y religiosos de corte fundamentalista. Estamos inmersos en un vaciamiento de la realidad reducido al beneficio, no hay espacio para la gratuidad, para la donación, para el amor.

La tolerancia es urgentemente necesaria para la ciudadanía y para la convivencia social en nuestro mundo plural y globalizado. Los Estados, para no caer en fundamentalismo irreversibles, deberá subrayar su neutralidad, prevaleciendo la libertad y la dignidad de las personas, más allá de los intereses de una determinada concepción política, económica, cultural o religiosa. Antes que judíos, musulmanes o cristianos, de derechas o de izquierda, todos somos hombres, y que nadie posee la verdad en exclusiva. Es propio del hombre y también del hombre religioso buscar la verdad, pero no poseerla. Una determinada concepción política, económica, cultural o religiosa será más verdadera, cuanto más se comprometa con los derechos humanos, que no es el único criterio de verdad, pero es uno de los más esenciales en un mundo donde están sufriendo tantas personas.