Lunes, 18 de noviembre de 2019

Jesús es el pande vida

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“Igual que una flor bella y de brillante color, y asimismo rebosante de perfume, son de fructíferas las buenas palabras de quien las pone en práctica” (El Dhammapada)

            Había un capitán de un barco que todo lo que tenía de sabiduría le faltaba de dominio propio. A pesar de que comulgaba todos los días, no lograba dominar su genio. Cansados los marineros de soportarle, le dijo uno de ellos: “Más valdría que no comulgara, ya que nos trata así”. A lo que el capitán respondió: “Gracias a que comulgo cada día porque, si no, los hubiera tirado a todos al mar”.

            Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 51).

  En 1Re 19, 4-8 y en este evangelio de Juan se nos habla de tres clases de panes:

            el que alimenta por un día (maná),

            el que da fuerzas para cuarenta días (Elías)

            y el que da la vida eterna (Jesús).

            La Eucaristía es comida, fuerza para navegar por la vida. La forma que Cristo pensó para darse en la Eucaristía fue la comida. Comer y beber con otros, sobre todo para las culturas orientales, están cargados de un gran significado.   

Jesús es el pan de vida. Lo repite Juan varias veces en el capítulo sexto de su evangelio: “Si uno come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6,51). Para que el Pan de Vida surta efecto se necesita ir hacia él y creer en él.

            “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56). Somos lo que comemos; nos convertimos en lo que comemos. Quien come a Cristo permanece en él, en su amistad, en su amor. La Eucaristía nos cristifica, nos hace cristianos. Quien come a Cristo tendrá que comer a los demás.

            La Eucaristía no sólo es comida y bebida, es también reunión de creyentes. Al comulgar con Cristo hemos de comprometernos a comulgar con los hermanos. Es fácil decir sí a Cristo, pero es más difícil decir sí al hermano. No puede haber Eucaristía sin fraternidad, sin una actitud de apertura, de entrega y de unión con los demás.

            Sabemos y recordamos que antes de la reforma de Pío X, la comunión no era frecuente. Los cristianos más piadosos comulgaban una vez a la semana; normalmente, una vez al mes. Con la reforma de Pío X, a comienzos del siglo XX, se difunde la comunión diaria, aunque no se oiga misa. En aquel entonces la gente prefería comulgar, aunque no participara en la misa.  San Juan nos insiste e que la eucaristía no solo da fuerzas para un día o un mes, nos da la vida eterna.

            En sus anotaciones al comentario del evangelio de Juan, dice Schökel: “Comiendo la carne gloriosa de Jesús, pan de vida, el creyente recibe con sobreabundancia la vida divina. Esta comunicación de vida participada acontece en un contexto de misión. No se trata de una vida que se confina, sino que debe comunicarse a los demás”.

            El que come a Jesús, tendrá vida verdadera aquí en la tierra y vida eterna.  El que come a Jesús lo encuentra cada día en la vida, ese Jesús escondido en el pan y el vino, pero descubierto por los ojos de la fe.