Lunes, 26 de agosto de 2019

El misterio de la funda de la silla de playa plegable

La silla de playa amaneció como un esqueleto. Completamente desnuda, sin su funda de flores azules con reposacabezas incorporado. En su sitio.  Sobre el césped artificial de la terraza. Frente a la hamaca de tela amarilla que usa mi Eva que es Cristina. Como si un ser invisible le hubiese quitado la tela sin moverla un centímetro siquiera. Y la tela no estaba.

Al principio pensé que me había vuelto loco. Fui corriendo a la lavadora con la esperanza de que mi señora esposa hubiera decidido meter allí la funda movida por su amor a este electrodoméstico y las fuerzas irrefrenables que siente por alimentarlo más de lo necesario. Pero no estaba allí. Tampoco en el cubo gris de fibra sintética que imita el bambú y que es donde colocamos las prendas sucias antes de ser engullidas por el aparato favorito de mi compañera y consorte. Tiré de móvil y llamé sin dudarlo a mi suegra y a mi madre. Por ese orden. “No te extrañes por la pregunta. ¿Has cogido tú la funda de mi silla de playa?”. Dos negativas por respuesta seguidas de alguna recomendación poco recomendable que apuntaba a las inocentes niñas como culpables.

Creo que pregunté a todo aquel que podía arrojar luz sobre el misterio de la hamaca desnuda. Incluso le practiqué el tercer grado a mis dos hijas por separado y acabé careándolas para buscar posibles contradicciones en sus declaraciones. Finalmente coincidieron en echar la culpa a una vecinita que había estado en casa jugando con ellas. Hablé con sus padres, hablé con la sospechosa. No había pruebas. La funda seguía sin aparecer y la hipótesis de que el viento hubiera podido despojar a una silla plegable de su tela cobertora dejando alambres y muelles al descubierto, sin haberla desplazado un milímetro de su sitio era inverosímil.

Sólo quedaba un cartucho: Angélica, la conserje de la finca. Busqué su número en la agenda del móvil y puse el dedo sobre el botón verde. “Hola don Santiago. No me diga que la funda de la silla azul es suya. Estaba en la terraza del bajo. Me la entregó un vecino y no sabíamos de quién podía ser ni cómo había llegado hasta allí”.  Ahora teníamos el cuerpo del delito. Todo comenzaba a cuadrar. Quizá las tres pequeñas inocentes eran más delincuentes de lo que había querido creer. Mi Eva y yo decidimos cerrar el caso. Recogimos la funda y la colocamos –no sin dificultad- en esa estructura de silla de playa que se asemeja a un somier recauchutado. Parecía el fin del misterio de la hamaca. Nos fuimos de vacaciones en paz. Olvidamos el asunto.

Esta mañana -dos meses después de aquel turbio asunto- el nombre de mi señora aparece en la pantalla del teléfono. No suele llamarme en mitad del trabajo: “¿Has cogido tú la funda de la silla de playa?” Pienso que es una broma macabra. “Está de pie, igual que la otra vez. En su sitio. Como un esqueleto. Sin su tela de flores azules”. Un escalofrío me recorre la espalda. Reflexiono en silencio tras colgar. Miro la pantalla del ordenador sin poder leer nada.

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Hemos decidido tirar la silla de playa. Sin funda, claro. No podemos soportar más esta situación. No tenemos niñas a quien echar la culpa. Quizá alguien entre a nuestra terraza por la azotea para quitar cuidadosamente la funda y arrojarla por la barandilla. Quizá sea un mensaje cifrado con el que nos quieran decir algo. A lo mejor tenemos que plantearnos la existencia de vida extraterrestre, quizá hayan elegido la funda de la silla de playa para comunicarse a través nuestra con la humanidad toda. Suena el telefonillo. Es Angélica, nuestra siempre atenta conserje hondureña: “Señor Santiago, tengo otra vez su funda de su silla de playa”.