Jueves, 16 de agosto de 2018

Domingo y Francisco

Dando solución a las necesidades de purificación y renovación de la vida cristiana y ciudadana de nuestro tiempo

El miércoles pasado, día 8 de agosto, celebrábamos con toda solemnidad, en la iglesia de las Madres Dominicas Dueñas, la fiesta de Santo Domingo de Guzmán, el español nacido en Caleruega, fundador de la Orden de Predicadores o Padres Dominicos.

La fiesta se celebraba, con gran acierto, conjuntamente por los padres dominicos, las madres dominicas dueñas, las dos comunidades de dominicas de vida activa presentes en Salamanca y la fraternidad de laicos dominicanos. Además, presidía la celebración un miembro de los padres capuchinos, que pertenecen a la familia de San Francisco.

Es ésta una costumbre tradicional: la de invitar a presidir la fiesta de Santo Domingo a un padre franciscano, y la fiesta de San Francisco a un padre dominico. Se recuerda el abrazo fraterno que se dieron en Roma Santo Domingo y San Francisco. Con toda naturalidad, los dominicos suelen hablar de “nuestro padre San Francisco” y los franciscanos, a su vez, hablan de “nuestro padre Santo Domingo”.

En estos tiempos, en los que predominan las divisiones, las diferencias, las capillitas en la expresión y convivencia aun dentro de la iglesia, no vienen mal estas manifestaciones de unidad y de reconocimiento de pertenecer todos a una sola y la misma familia, la familia dominicana.

Con ese mismo espíritu, se podían romper las fronteras de las diferentes familias religiosas, y manifestar la unidad común en una misma iglesia católica: religiosos, parroquias, diócesis, etc.

Ambos santos, Domingo y Francisco, son personas creyentes y confesores de la fe católica, que encontraron la respuesta adecuada para dar solución a las necesidades evangelizadoras en su propio tiempo, el de la edad media.

No estaría demás que aprendiéramos de ellos en esta época nuestra, en que tan desorientados andamos y necesitamos orientadores y testigos que nos encaminen en la verdadera vía del conocimiento de Cristo y del seguimiento del mismo con nuestra vida, dando solución a las necesidades de purificación y renovación de la vida cristiana de nuestro tiempo, así como encontrar los modos adecuados para hacer llegar hoy el mensaje evangélico a los hombres de nuestros días, sobre todo en el mundo occidental, que es el nuestro.

Por otra parte, Francisco y Domingo fueron dos hombres complementarios en la vivencia y expresión del evangelio, presentando uno la cercanía y el amor a los pobres como manifestación y presencia de Cristo hoy, y el otro llevando a cabo la predicación de la verdad y la práctica de la oración, concretamente el Rosario, que orientaran a los hombres en el camino de la vida y de la salvación.

Francisco, con Clara, vivió pobre y enseñó a sus hermanos y seguidores a vivir también esa misma virtud cristiana de la pobreza. Así se sentía hermanado con toda la creación: “hermano sol, hermana luna”, “hermana tierra” y hasta “hermana muerte”. Hoy se considera a San Francisco como promotor de la verdadera y auténtica ecología.

El Papa Francisco tomó este nombre precisamente para imitar al santo de la pobreza y de la defensa de la creación. Incluso ha convocado un sínodo para reflexionar sobre el papel de la Amazonia como reserva para la conservación de la naturaleza, y superación del cambio climático y sus efectos perniciosos en todo el mundo.

Por su parte, el padre Domingo envió a sus hermanos y colaboradores a predicar la verdad del evangelio a los herejes albigenses, en el sur de Francia, y a todos los desorientados y poco formados en la doctrina cristiana. Por eso, los dominicos se han especializado en el estudio de la teología y de la verdad católica.

En verdad necesitamos que ambos santos orienten hoy nuestros pasos por el camino de la verdad, en estos tiempos de tanto relativismo, y por las sendas de la pobreza, cuando tantos abusos de poder y de aprovechamiento indebido de las riquezas estamos cansados de contemplar por todas partes. Verdad y pobreza: signos evangélicos tan necesarios hoy para la renovación moral, humana y cristiana de nuestro mundo. Santos Francisco y Domingo, rogad por nosotros.