Viernes, 17 de agosto de 2018

Adiós a Marcial Villasante, un luchador del toro

Desde la modestia, alejado de los grandes centros del poder y de la tarta que se reparten los empresarios de postín, luchó por el mundo del toro, defendiéndolo en la base
Marcial Villasante

En el cielo han abierto, de par en par la puerta grande y hasta San Pedro se ha despojado de su capotillo para arrojárselo a los pies de Marcial Villasante y darle la bienvenida más torera. Porque ya vive la paz de la eternidad en un sitio de honor guardado para este personaje, menudo e inquieto, de ojo vivarachos, que fue un luchador en todos los caminos del toro y deja el buen recuerdo de quien supo ganarse el respeto general. Porque supo escuchar y a la vez convencer para lograr el éxito en sus metas. Y dueño de algo tan grande como es la humildad supo estar a las duras y las maduras, sin venirse abajo cuando venían mal dadas y hasta si la amenaza de la ruina llamaba a su puerta sabía sobreponerse con la dedicación de su trabajo y ese olfato innato que le hacía ver dónde se podía programar un festejo. Ya fuera un festival, novillada o corrida de toros, él sabía bien cómo podía sacarlo adelante y con quién.

Desde la modestia, alejado de los grandes centros del poder y de la tarta que se reparten los empresarios de postín, luchó por el mundo del toro, defendiéndolo en la base, ayudando a muchos clavales que se iniciaban y con el tiempo lograron nombre y fama –Julio Robles, entre otros-. También fue apoderado en solitario y dirigió la carrera de Julio Norte, a quien llevó a la alternativa, a Pepe Luis Gallego, a Domingo Siro ‘El Mingo’… además de orientar a bastantes más.

Lejos queda el momento que prende la llama de su afición, siendo aún niño en su Villalpando natal, coincidiendo con la época que era pregonero y echaba los bandos municipales por las calles de su pueblo. Entonces, abriendo los ojos al abanico de una vida con tantas privaciones, se maravillaba con El Velas, un paisano que destacaba en las capeas; también de otro villalpandino apodado Perules, novillero de finas maneras. Pero más que nadie de la cuadrilla de viejos toreros, desheredados de la gloria, que llegaban a las fiestas de San Roque para torear en las capeas y pasar el guante al finalizar. Esa pintoresca cuadrilla integrada por El Poto, El Maño, Regaera, Arturo, El Muertes o incluso el zamorano Conrado, quien el paso del tiempo y la veteranía lo acabó por convertir en el superviviente de una época.

Y ya dominado por la afición se marcha a las capeas, muchas veces junto a paisano Andrés Vázquez, a quien apodan El Nono y llegará a ser figura del toreo, etapa de la que Marcial disfruta plenamente. O también con Teodoro Hernández ‘El Zamorano’, quien más tarde logra sus máximos honores como banderillero de ferias formando parte de la cuadrilla de El Viti y del propio Andrés Vázquez. Son sueños toreros que se prolongan varios años, hasta que un día, después de haber debutado con picadores y ver tanta dificultad, junto al ramillete de toreros postineros con los que es tan difícil competir, comienza a hacer sus pinitos de empresario. Lo hace bajo la bandera de la lucha, con visión y entusiasmo, también con romanticismo y no exento de la picaresca entonces habitual, aunque siempre de manera sana y sin maldad. Llegan sus primeros festejos y en uno de ellos celebrado el día de Santiago, en la villa serrana de Candelario, organiza un festival y él mismo se anuncia para matar un novillo. Sin embargo no pudo culminar la labor, porque al rematar una serie con el de pecho, observa a un montón de chavales que acceden a la portátil tras gatear por unos árboles; entonces, sobresaltado, grita: “¡Se está colando gente!” Y en ese instante, al descubrirse, el novillo lo voltea fracturándole una clavícula e impidiéndolo finalizar la lidia.

 

Programó espectáculos taurinos por lo largo y ancho de las provincias de Salamanca, Zamora, Valladolid, Segovia… se asomó a Extremadura y La Alcarria –aunque siempre respetando a Pepe ‘Mirabeleño’ y a Felipe ‘El Botas’, los principales organizadores de festejos en esas zonas-, e incluso en la sierra de Madrid. Fue alma de una curiosa empresa que se trató de promover los toros en El Puerto de la Cruz, por Tenerife, isla donde únicamente funcionaba la plaza capitalina gestionada por Victoriano Valencia.

Y, como un conquistador, se embarcó junto a una tropa torera a las tierras chicharreras. Sin embargo la aventura fracasó llevándose sus ahorros para regresar a Salamanca con el duro revés del fracaso. Sin embargo, como era constante y con visión, no tardaría en volver a levantar cabeza y triunfar.

 

Hombre atento, servicial y buena persona, desde hacía unos años había ido dejando sus actividades, pero no su afición, porque estaba al tanto de lo que ocurría en el mundo del toro, acudiendo a infinidad de festejos, al igual que a coloquios, eventos… relacionados con la Tauromaquia, siempre al lado de su esposa Nati, o de su hija, la periodista Patricia Villasante, que era su debilidad. Y en ellos siempre saludaba -con su característico “¿cómo estás jefe”- a tantos aficionados y amigos como sembró en la particular cosecha de su vida y ahora lloran su muerte; justo cuando en el cielo han abierto, de par en par la puerta grande y hasta San Pedro se ha despojado de su capotillo para arrojárselo a los pies de Marcial Villasante y darle la bienvenida más torera.