Domingo, 25 de agosto de 2019

Una mirada a la Universidad de Salamanca, desde la lejanía.

La mayoría de los viajes de vacaciones sirven para confirmarnos ( como en el famoso bello cuento oriental) que el tesoro que buscamos está muy cerca de donde habitamos. Visitando estos días la ciudad francesa de Moulins, con aspectos similares a nuestra ciudad (un barrio antiguo de los siglos XVI-XVIII, una bella catedral, un río que la atraviesa) se hace inevitable la comparación entre ambas ciudades; me quedo con una diferencia esencial: Moulins no tiene una universidad fundada hace 800 años, como Salamanca.

Pero ¿qué significa para los actuales salmantinos poseer una universidad fundada en el lejano año de 1218? Pregunta aparentemente retórica. Pretendo que sea una pregunta de utilidad.

Es difícil para los que no han pasado por la formación universitaria en Salamanca tener un interés histórico, emocional o sobre el desarrollo futuro de esta Universidad. Para los que sí hemos pasado por sus aulas universitarias, nunca nos es indiferente ni cómo ha sido su historia, ni cómo es su presente, ni cómo será el probable futuro. En gran parte nuestra experiencia personal condiciona nuestros juicios y prejuicios.

Narraré la mía para poder aportar un granito de verdad, desde la lejanía temporal: Hice los dos años de Estudios Comunes en su Facultad de Filosofía y Letras, hace ahora algo más de medio siglo. Lo que conservo en mi memoria y en ese subsuelo donde permanece todo lo que  se ha olvidado (la cultura), el nivel humanístico de la facultad de Filosofía y Letras era en esos tiempos bueno, quizás por encima de la media de las universidades españolas y europeas; los catedráticos y profesores de literatura, arte, latín, historia…tenían casi todos un nivel digno del nombre y de la fama de su Universidad. ¿Siguen así, actualmente, con ese nivel los estudios humanísticos? Lo desconozco.

Muy distinta fue mi segunda experiencia, muchos años después, en la Universidad de Salamanca: vine a hacer el Doctorado en Psicología hace unos catorce años y me encontré con una Facultad de Psicología de bajo nivel (comparado con el de la Complutense madrileña, donde hice la carrera que dio base a mi profesión). Quiero señalar que este juicio mío, sobre la Facultad de Psicología de Salamanca, era el mismo que tenían todas y cada una de las alumnas de Doctorado (había solo un alumno chileno y el resto eran alumnas procedentes de la mayoría de países latinoamericanos). Todas/os estaban de acuerdo en que el nivel académico de la psicología impartida en sus países era superior a la que se enseñaba en Salamanca. El grupo de alumnas/os de Doctorado llegó a la conclusión de que había sido el nombre de prestigio histórico de la Universidad de Salamanca, el que había decidido  hacerlas venir a Salamanca a los estudios de Doctorado en Psicología.

Este es el peligro y la realidad (al menos en algunas disciplinas y facultades) de lo que ha ocurrido y puede seguir ocurriendo a nuestra prestigiosa universidad: que  deje de serlo definitivamente, si la actualidad sigue demostrando que no hay calidad mínima digna, por mucho que sus raíces se extiendan hasta el siglo XIII. Ha podido ser una Universidad de altura, en estudios humanísticos y/o teológicos, pero quizás no ha podido o sabido competir en los actuales campos de estudio presididos por LA CIENCIA.

Quizás está aún a tiempo la Universidad de Salamanca de recuperar el lugar de prestigio que ha tenido en los siglos pasados. Pero no solo con celebraciones históricas o publicidad “bonita”, sino con los hechos valiosos y poco vistosos que son la investigación científica diaria y conectada universalmente y las enseñanzas eficaces, con adecuado número de profesores bien remunerados y medios materiales suficientes. ¡Ojalá esta celebración de sus 800 años vaya en ese sentido!