Martes, 10 de diciembre de 2019

Volver al silencio

«Que la tierra de mi alma/ calle en tu presencia, Señor, / para que yo oiga lo que dice en mí /el Señor, mi Dios. /Pues las palabras que murmuras /no son perceptibles /más que en un profundísimo silencio».

Guido el Cartujo (S. XII)

 

¿No es verdad que se puede rezar en todas partes: tanto en el suelo de un barracón como en un monasterio de piedra y, en general, en cualquier lugar de la tierra donde, en esta agitada época, le plazca a Dios poner a sus criaturas?

 

Etty Hillesum

Estamos viviendo una época que, a pesar del abandono de la religiosidad, se está produciendo un aumento de la espiritualidad. Muchas personas buscan las realidades espirituales, que muchas veces se presentan como fenómenos difusos, variados y eclécticos en una renovada necesidad del hombre de lo absoluto. El hombre de nuestra realidad nihilista, busca esas experiencias que le abren al misterio como infinito de inteligibilidad que no se agota en ninguno de nuestros conocimientos, porque siempre es más que lo que podemos saber de ellos.

La búsqueda de lo espiritual, al igual que la religiosidad, forma parte del ser hombre, no como algo coyuntural o accidental, requiere del de la pregunta por el sentido y por Dios, para hacerse un lugar en el cosmos y desarrollar su propia identidad. Es un deseo que forma parte de la estructura constitutiva de su ser persona. Ese misterio al que apelamos, y que las religiones denominan Dios, sería esa realidad última que cuando el ser humano se abre al sentido, puede “religar” la realidad en la que vive y su propia existencia.

En los momentos de descanso veraniego, más allá del ruido y del trabajo, es un momento para la meditación y poder viajar a las profundidades de nuestro ser. No hace falta un lugar especial, aunque algunos necesitan el retiro a un monasterio o convento, compartiendo el clima espiritual, vida, oración y cantos gregorianos con la comunidad que lo habita.

Meditar es sentarse en silencio, y sentarse en silencio es, fundamentalmente, observar los movimientos de la propia mente. Observar la mente es el camino. (Pablo d’Ors). Después de dar vueltas con el misterio, es necesario volver al silencio. No es solamente eso que rodea a las palabras y subyace a las imágenes y a los acontecimientos. Es una realidad autónoma con la que podemos relacionarnos, que anida y habita como fundamento de toda realidad.

El Padre pronuncia su palabra eternamente, la Palabra yace oculta en el alma de manera que ni se la conoce ni se la oye, a no ser que pueda percibirse en profundidad. Antes resultaba inaudible. Hace falta que desaparezcan las voces y los ruidos, que se de una calma impida, un silencio . . . En el silencio y el reposo . . . Dios habla en el alma y se expresa por completo en el alma. (Maestro Eckhart),

Necesitamos espacios de silencio y de escucha para acoger la voz de Dios. En ellos descubriremos en el cenobio del silencio, que mayor obstáculo, no es el ruido, es el “ego”. Clavamos nuestro “yo” como un estandarte clavamos en medio del mundo, de nuestra vida, de nuestra religiosidad y que hacemos girar toda la realidad en torno a él. Ese “yo” desmesurado y narcisista que no tiene ojos, ni oídos, ni amor, solo para sí mismo, hace imposible el silencio. El individuo vive anclado en las superficies tranquilizadoras de una espiritualidad a su medida, no pudiendo viajar a lo más profundo de su ser, con lo que cierra la comunicación con los otros e impide la oración y la comunicación con ese Otro que nos anida y nos habita.

Existen silencios que nos maduran, que hacen brotar las palabras más tiernas y más hondas, que nos permiten escuchar los susurros más finos. En ellos, necesitamos, antes que nada, encontramos más profundamente con nosotros mismos y buscar ese silencio. Necesita tener el valor de quedarte a solas, acercarte a lo más íntimo de su ser, en esa realidad profunda es donde se manifiesta Dios.

Más allá de nuestro ser, el silencio tiene vida propia. Es una realidad autónoma con la que podemos relacionarnos, anida y habita como fundamento de toda realidad. Una realidad que solo puede ser palpada en la noche oscura del alma, de la que procede todo ser y a la que retornan todas las cosas. Es la esencia de lo simple, es el fenómeno de lo diferente, más allá de las cosas, palabras, acontecimientos, relaciones, identidades. Sólo en ese silencio del alma puede tener sentido la palabra Dios.

La pedagogía del silencio nos lleva estado más allá del pensar, donde el amor ya no plantea preguntas, sino que se abre al misterio liberando toda pregunta. No están llamadas a las profundidades de San Juan de la Cruz o Santa Teresa, pero todos tenemos la necesidad vital del silencio. El silencio es un regreso a las fuentes de la vida, a lo más bello y esencial de cuanto nos habita. Es un retorno a nuestro ser, al ser de Dios que se encarna en nosotros.

En manos de Dios ponemos nuestro ser en silencio y dejamos hacer. Como decía Pablo, ya no soy yo quien vivo, es Dios quien vive en mí. Es necesario abandonarse, abandonar las propias ideas y dejar a Dios trabajar en nosotros. Poco a poco iremos descubriendo que ese Dios que nos lleva de la mano nos conduce hacia las más altas cotas de la felicidad. Esa realidad solo ocurre en el silencio. (hermano Roger de Taizé)