Rebelión en la granja

A la hora de elegir un título para conjugar el comentario de esta semana con la situación actual, ninguno me pareció más oportuno que el de la famosa novela de Orwell. Si el escritor británico trataba de satirizar la incómoda situación de unos animales cuya libertad estaba esclavizada por los humanos que dirigían su granja, en la España actual muchos ciudadanos tenemos la sensación de que no pocos dirigentes políticos están aprovechando el momento para arrimar el ascua a su sardina, sin importarles lo más mínimo el caos que nos invade.

Después de una larga etapa viviendo en democracia, envueltos en una paz muchos años esperada, empeñados en cicatrizar antiguas heridas, dispuestos a arrimar el hombro para conseguir un grado de bienestar cada vez mayor, pero obstinados, también,  en hacer realidad nuestra idiosincrasia -que tan bien definió Goya en su famoso cuadro  “Duelo a garrotazos”-, está germinando en España todo un movimiento decidido a acabar con todos esos logros, haciendo verdad el viejo refrán: a rio revuelto, ganancia de pescadores.

Desalojado Rajoy de la Moncloa, ha comenzado, como era de esperar, una nueva forma de entender la política. La alternancia en el poder del bipartidismo que ha imperado como método de gobernar en España desde que comenzó la Transición - adobado en esta ocasión con una moción de censura nacida contra natura-, ha llevado al PP a la oposición y, de paso, a su antiguo presidente a apartarse voluntariamente de toda responsabilidad dentro del partido. Siempre que se ha producido una alternancia en el poder, hay que buscar la causa en algún error atribuido –casi siempre con justicia-  al partido saliente. Felipe González entró en la Moncloa por culpa del 23-F. En su haber hay que cargar, con todo merecimiento, el abandono del marxismo, la entrada en lo que entonces era el Mercado Común o el Pacto de Toledo. Y salió de la Moncloa, entre otras razones de peso, por el “caso Roldán”, el GAL, los fondos reservados, el aumento del paro o la delicada situación económica. Todo ello ocasionó la entrada de Aznar en el Gobierno, quien, a pesar de enderezar la situación económica y el paro, la “foto de las Azores y, sobre todo, los atentados del 11-M –hábilmente manejados por el “comando Rubalcaba”- le obligaron a abandonar la Moncloa en favor de Zapatero, el presidente más nefasto –de momento- de toda nuestra actual democracia. Como era de esperar, y porque una vez más se demuestra que los electores nunca se equivocan, la desorbitada cifra de parados, la práctica quiebra de nuestra economía, el escaso peso político de España en el concierto de las naciones, la bobalicona manera de calificar los conceptos transcendentales y la gigantesca corrupción que asomaba en Andalucía e inundaba los dominios del PSOE, convirtieron a Rajoy en el nuevo presidente. El cuento de nunca acabar. Le hacía falta a la derecha un nuevo motivo para dejar de gobernar y tampoco defraudó a esa moda de la alternancia. De nada le valió su gestión económica –más reconocida fuera que dentro. Al final, dos son las razones que hicieron posible el triunfo de la moción de censura: la profusión de dirigentes envueltos en casos de corrupción, además de la timidez y el retraso demostrados a la hora de enfrentarse a los desafíos nacionalistas. La corrupción en el PP no ha sido mayor que la de otros partidos, pero ha sido puesta en el altavoz por esos mismos partidos y por los medios de comunicación. Ha restado muchos votos al PP, pero menos que las indecisiones de Rajoy o sus peligrosos cambalaches con quienes, una vez atrapadas las subvenciones, declaran aborrecer a quienes no tengamos su “pedigrí·.

Acabamos de asistir al relevo de responsable del PP. Observando el rechazo general del resto de partidos, cada vez estoy más convencido de que la elección de los compromisarios ha sido acertada. Alguien podrá pensar que, antes de comprobar cómo enfoca Pablo Casado su política, resulta arriesgado  adelantar una repulsa tan unánime. Sin embargo, creo que la razón del rechazo hay que buscarla, precisamente, en su mensaje. Los cinco millones de votos que ha perdido el PP, salvo contadísimas excepciones –siempre puede surgir otro Vestringe-, no hay que buscarlos en los partidos de izquierda. Por grande que sea el empeño de colgar al PP el cartel extrema derecha, nunca se ha catalogado  así a quien defiende la unidad de España, el respeto a sus instituciones y las leyes, el rechazo a cuanto atente contra las personas o la familia, la defensa de las libertades, el apoyo a los más desfavorecidos o el empeño por mejorar servicios tan esenciales como la sanidad, la educación y el bienestar social. Todo eso, además del compromiso sincero de colaborar con los organismos internacionales comprometidos con la paz, declararse partidario de los derechos humanos, de la solidaridad con los más necesitados, de la propiedad privada y el capital, todo ello ha constituido la esencia de los programas de quienes en todo el mundo son llamados conservadores, liberales, cristianodemócratas, en algunos países socialdemócratas y en no pocos republicanos. En España, por real decreto de izquierda y extrema izquierda, quienes así piensan, deben ser considerados, porque sí,  de extrema derecha.  A falta de razones de más peso, conviene colocarle a Pablo Casado esa etiqueta porque ha tenido la osadía de llamar a las cosas por su nombre. Ahí está el motivo. Buena parte de esos cinco millones que se fueron del PP han estado esperando que alguien se comprometiera a convertir el partido en lo que pretende el joven palentino. Si es capaz de llevarlo a cabo, los partidos que inflaron su censo con votos populares sienten la amenaza demasiado cerca, no pueden permanecer callados  y han decidido escenificar la rebelión de sus huestes. Casado debe estar preparado para el chaparrón que le espera. Dando por sentado que debe ser lo suficientemente inteligente como para no intentar  dirigir su partido teniendo la menor sospecha de ser legalmente imputado en el tema del famoso máster, Casado debe estar preparado para la que se avecina. La letanía de apelativos será interminable: meapilas, facha, prepotente, pareja de hecho de Aznar o responsable de la marcha de Ronaldo. Si la corrupción ha ensuciado la imagen del PP, ahí sí que debe ser inflexible si quiere recuperar los votos de los que se sintieron avergonzados de confiar en tales dirigentes. Los ataques de los “rebeldes” llegarán de todos los colores, pero, de ahora en adelante, que el escarmiento sea tan ejemplar con los corruptos como para hacer temblar a quien tenga la tentación de intentarlo.

Y lo curioso es que esa rebelión no viene solamente de la izquierda. Es lógico que, ante unas nuevas elecciones generales, con un PP regenerado, firme y eficaz, los llamados partidos de “primera división” presientan un nuevo descalabro. Quien más cerca  tiene esa amenaza es C,s, que parece haber caído en un vacío de popularidad. Tampoco Podemos está para tirar cohetes, después de haberse apuntado al vil encanto del lujo inmobiliario. En cuanto al PSOE, ya está recibiendo la misma medicina que recetaba desde la oposición: el “no es no” de sus compañeros de viaje. Pero, puestos a no omitir nada, el fracaso de la llamada integración de candidaturas en el Comité Ejecutivo Nacional del PP, ha dejado al descubierto otra rebelión que, sin ser exclusiva de este partido, debe suturarse lo antes posible, demostrando que se sabe ganar y perder, para volver al partido de las holgadas mayorías.