Miércoles, 23 de octubre de 2019

‘El Mirlo’ de Monsagro

‘El Mirlo’ de Monsagro –un anciano que fuera pastor humilde y que, hijo único, creara y sacara adelante una familia numerosa– es una figura marcada por un halo de leyenda, al que no son ajenas unas coplas moceriles sobre un antiguo noviazgo, que todavía es un tabú en el pueblo.

Su propio y poético apodo  –según el mismo nos cuenta– se lo habría puesto un hombre, que, estando aún nuestro personaje aún en el vientre materno, le habría dicho a la madre embarazada que iba a tener un mirlo, de lo bien que iba a cantar. Y así fue. ‘El Mirlo’ ha tenido unas dotes no comunes en el cante. Aunque también a los mirlos les gustan mucho las cerezas –según nos apostilla otro vecino.

Monsagro es un pueblo de la Salamanca profunda. Junto a la Peña de Francia, en la cabecera del Agadón, que, con otros montañosos cursos fluviales, terminará constituyendo el río Águeda, se encuentra ya muy cerca de Las Hurdes y en un privilegiado enclave serrano, con abundancia de fuentes y de pedragales, donde aún, por fortuna, se encuentran no pocos fósiles de antiguos fondos marinos.

Nosotros hemos visitado Monsagro, estos últimos días, por dos veces. Buscábamos romances (de los que ya hemos publicado algunos recogidos en esta localidad, en nuestro romancero de la Sierra de Francia) y, en la última de ellas, tratábamos de ver ese centro de interpretación sobre los fósiles de su entorno, muy bien titulado, pues se le ha puesto el nombre de “Centro de interpretación de los antiguos mares de Monsagro”. Porque –aunque hoy parezca mentira– en períodos anteriores a la aparición del ser humano sobre la tierra, todos los ámbitos en torno a la Peña de Francia fueron espacios marinos.

Pese a estar inaugurado, el centro de interpretación aún no está abierto a los visitantes. Y es una pena, pues, si se pasa el verano y no se termina abriendo, se habrá perdido una extraordinaria oportunidad, para que puedan verlo y, de paso, contemplar Monsagro, todas las gentes interesadas.

Hace ya más de un cuarto de siglo, nosotros escribíamos un artículo, en el desaparecido y llorado periódico salmantino ‘El Adelanto’, en el que llamábamos la atención sobre un extraordinario patrimonio de Monsagro: el conjunto de sus eras, circulares y empedradas, que se van sucediendo, bajo el pueblo, a lo largo de una ladera, acomodándose a ella maravillosamente. Es un conjunto de de entre veinte o treinta eras, que, gracias a nuestra llamada de atención en aquel momento, con fondos europeos, se recuperaron y “restauraron”, realizándose, además, cada verano, en ellas, la llamada fiesta de la trilla.

El verano se presta a todas estas andanzas. Nosotros cargamos las pilas en esa realización de visitas, de carácter antropológico y etnográfico, a los pueblos salmantinos, olvidados y perdidos, como dejados de la mano de Dios. Es un descenso al mundo de la raíz, del origen, situado ya como en una ancestralidad fuera de lo que está siendo el mundo contemporáneo.

Porque –como dijera Walter Benjamin– hemos perdido el aura, con todo lo que ello supone. ¿A quién se va a poder hoy bautizar como ‘el Mirlo’, si ya el mundo en el que vivimos ha perdido toda capacidad de fascinación y de entusiasmo ante la existencia?