Jueves, 22 de agosto de 2019

Que me quemé

Que dos semanas son muchos días para ir siempre a la misma playa. Como si quince días de costa equivaliesen a un año de columpios. Que hay que hacer una excursión con las crías para que vean otros mares aunque sea el mismo. Que hay que cargar otra vez el coche como si nos fuésemos de nuevo estando fuera. No te quejes que vas sin maletas. Que sólo hay que cargar las sombrillas, las sillitas, las toallas, el bañador de recambio, la nevera repleta de agua helada, fruta y bocadillos como si no hubiera mañana. Que no te dejes las palas, ni los cubos, ni las muñecas de las niñas con sus respectivos cachivaches, ni el “frisbi” que tampoco vamos a usar hoy, ni esas espadas modernas, verdes y naranjas, que descruzándolas lanzan un aro al aire para que lo atrape el compañero que tiene las otras dos alfanjes de plástico. Inventazo. 

Una hora de carreteras secundarias hasta la Reserva Natural del Cabo de Gata. Precioso. El navegador nos mete por un camino de tierra que bordea una colina por encima de uno de los pueblos blancos que se asoman al Mediterráneo. Parece que las casas hubieran sido colgadas en invisibles y gigantescas escarpias sobre la montaña. Si viene uno de frente nos despeñamos, que sí, cariño, pero no viene nadie -rezo para que no venga-. Y no viene. Salimos a otra carretera de tierra, más ancha, con unos tipos de chaleco naranja contando vehículos y echando la charla sobre la distancia de la playa virgen, el precio por aparcar y unos horarios para los que no encontramos explicación. Que podemos aparcar por cinco euros a casi un kilómetro de la playa pero que a partir de las dos podemos mover el coche hasta un aparcamiento más cercano que ahora está lleno y que en todo caso a las seis y media tenemos que sacarlo del secarral donde lo hemos dejado a pleno sol, previo pago de cinco euros, rodeado de cactus y dando gracias a los ángeles del chaleco naranja por habernos permitido entrar a tan salvaje, cuidado y primigenio lugar. 

Descargamos todo el material y nos disponemos a comenzar la excursión hasta el mar. Un kilómetro en chanclas, con dos niñas de cinco y ocho años por un camino polvoriento cargados hasta las trancas con sillas, sombrillas, nevera, comida, juguetes y toallas.

Playón. Arena blanca y fina. Agua transparente y cristalina. Hay peces. Y cangrejos verdes con manchas negras. Ni una papelera, ni duchas, ni chiringuitos, ni nada que no sea una playa maravillosa y espectacular en la que puedes meterte sin miedo a que te cubra. El paraíso para las niñas. Y para los padres. 

Instalamos el campamento sin problema. Hay sitio de sobra. Me vienen a la mente otras playas del Caribe en Honduras, El Salvador y República Dominicana, las de Zanzíbar en el Índico, las de Tailandia… Pero estoy en España, en Almería, en el Cabo de Gata. Me vengo arriba.

Las chicas se echan crema del más cincuenta. Habíamos traído dos botes modernos con spray de esos que suenan como los que usan los grafiteros de Villaverde, de los que tienen una bola dentro. El primero se acaba enseguida y con él estrenamos la bolsa que, previsores, habíamos traído para la basura. El segundo nos sorprende porque apenas si tenía. No pasa nada. Las chicas están cubiertas y yo llevo diez días caminando sin camiseta, bañándome en el mar y en la piscina sin una sola quemadura. Además, voy a pasar la mayor parte del tiempo leyendo bajo la sombrilla, comiendo y bebiendo junto a la sombrilla, durmiendo al umbral de la sombrilla, haciendo fotos a la sombra de la sombrilla. Hasta que salgo a jugar con las chicas metido en el mar hasta las rodillas. Lejos de la orilla.

No estuve más de una hora practicando con las modernas alfanjes de plástico que lanzan el aro para que el otro lo coja al vuelo. Una maravilla de juego. No hay que agacharse. Ni una hora, ya digo. Y el sol se cebó en todos y cada uno de los centímetros cuadrados de piel que recubren mi orondo ser. Yo sentía algo de picor, pero con los chapuzones se paliaban los dolores. Lo peor estaba por llegar. La noche en carne viva sintiendo las sábanas de lija. Mi carne morena más roja y blanca que nunca. Aftersún de áloe vera, paracetamol y cuerpo de guiri, de cangrejo colorao, de pringao sin protector hasta que acabe esto que no quiero que acabe. Las vacaciones, no el que me quemé.