Jueves, 18 de octubre de 2018

Todos los fuegos el fuego

Que en los últimos días hayan perecido calcinadas o asfixiadas casi cien personas en los incendios de Grecia, y que el pasado año un número parecido de seres humanos perdieran la vida en los fuegos de Portugal, ambos muy posiblemente provocados, son acontecimientos que no parecen sino ocupar el lugar de lo inevitable en el apartado de sucesos luctuosos de la información periodística, y que se achacan a una suerte de repetida e ineludible maldición veraniega. Y sin embargo, tanto las causas como, principalmente, los efectos letales de la voracidad y fuerza de esos incendios, la pérdida de vidas humanas, la calcinación de tierras, enseres, animales y, sobre todo, futuros, y la inmensa desesperanza y depresión vital que provocan, son perfectamente reconocibles con antelación y, lo que es más doloroso, totalmente previsibles y en la mayor parte de las ocasiones, evitables.

No sólo por los efectos de un calentamiento global galopante contra el que cada vez más líderes mundiales se niegan estúpidamente a luchar, sino a causa de políticas monetaristas del capitalismo más descarado, que reducen los fondos públicos de previsión y extinción, adelgazan las líneas de prevención y cuidado de los espacios naturales y del del medio ambiente, así como propician el relajo o el incumplimiento impune en la aplicación de las leyes de urbanismo, construcción alegal y especulación del suelo y normas de distancias y espacios destinadas a proteger tanto los entornos naturales como la seguridad de las personas que habitan en ellos o en su cercanía, cada responsabilidad de cada uno de los muertos en los graves incendios de los países del sur europeo deberá caer sobre la conciencia de quienes ocupan despachos, tribunas y parquets desde donde se dicta y diseña no solo el funcionamiento global de la economía de la usura, la plusvalía, el rédito y el déficit sino, por lo que se ve, la vida y la muerte de personas y lugares, y el porvenir entero de tierras, haciendas y estados.

No es de extrañar, ni mucho menos, que hayan sido países que el Fondo Monetario Internacional y otros centros de la indignidad denominan despectivamente PIGS (cerdos), los que hayan sufrido la devastación salvaje de los más grandes incendios conocidos y contabilicen el mayor número de muertos por esa causa, ni que sea nuestro país, por ejemplo, el que ostente el record mundial de hectáreas quemadas por habitante, ni que siempre en las naciones más pobres de Europa (pobres... y cerdos, PIGS para los medios financieros anglosajones son Portugal, Italia, Grecia y España –Spain-) sea donde se produzcan, a causa del abandono en la prevención y la previsión, la desatención en la vigilancia y el cuidado de medios, entornos y ámbitos, resultados tan escalofriantes (e indignantes) como los que estos días nos golpean desde el Ática en los titulares de prensa, y que no pueden, ni deben, atribuirse alegremente a la meteorología, sino que denotan y denuncian por sí mismos profundas carencias en cuanto a la gestión de espacios, racionalidad del urbanismo, exigencia del cumplimiento de la legalidad, inteligencia distributiva de los presupuestos públicos y tradicional impunidad de culpables (aforados, intocables, nobles e inimputables).

Bastaría con repasar la evolución en los últimos diez años de los fondos de atención en todos los aspectos que los PIGS dedican a ello, para ver que el brutal descenso experimentado en los últimos tiempos en todo tipo de medios para la lucha contra el fuego, guarda una relación directa y creciente con las brutales consecuencias de cada incendio, lo que explica clara y meridianamente (aunque una explicación nunca va a servir de antídoto al veneno de la indiferencia), el porqué del resultado cada vez más espantosamente terrible de catástrofes de este tipo en los países más espantosamente pobres.

El fuego, uno de los elementos del pensamiento arcaico, que junto con el aire, la tierra y el agua debieran constituir los basamentos de nuestra vida y la fundamentación de nuestra conciencia física y nuestro lugar en el mundo, viene a veces a recordarnos nuestra fragilidad y las miserables orillas de nuestra finitud. Y otras, como en los grandes incendios de Grecia de este mes de julio, la imagen de nuestra propia incongruencia.