Lunes, 20 de enero de 2020

Gestos (y IV): El mundo por montera

Un dislate figurado que, sin embargo, es muy habitual para quienes están sobrados y consideran que las opiniones o acciones de los demás son prescindibles. Pletóricos de energía, su prepotencia deja chica a cualquier empresa y su ilimitado afán despliega líneas de actuación que desbordan lo que parecía pura fantasía sin que cambie de ninguna manera su cariz.

Gente iluminada que avasalla al resto mediante artes basadas en un valor temerario que intenta ridiculizar a los demás como débiles mentales. Personas dotadas de una ambición sin parangón que son capaces de simular un comportamiento atrabiliario negligente de cualquier forma de empatía.

En fin, una expresión taurina más que, por si fuera poco, se refiere a la necesidad de cubrirse portando una pieza elegante que se diferencia de cualquier otro tipo de gorra o sombrero. La montera ha sido el imprescindible adorno para hacer el paseíllo cubierto, saludar y brindar al respetable.

Se trata de un gesto metafórico que empata con el de liarse la manta a la cabeza, aunque quizá este traduzca una situación más prosaica. Mientras quien se pone el mundo por montera parece querer desafiar al orden establecido a diestro y siniestro, quien se lía la manta a la cabeza apenas si se adentra en un terreno que presenta complicaciones e incertidumbre. Donald Trump, desde que nació, es de los primeros y Pedro Sánchez, con su moción de censura, pertenece a los segundos.

xpresiones que traducen gestos cotidianos de individuos muy diversos, pero que advierten sabiamente de la naturaleza de sus propósitos, del cariz de sus actos. En las dos instancias hay una concepción concreta del poder, de su sentido y de qué hacer cuando se alcanza. Líbresenos de estar en el camino hacia el poder de quien cree usar la montera con visos de globo terráqueo y ya no digamos si ha logrado alcanzarlo.

Desde que la conocí supe que la montera imaginaria que portaba sería su aval. A lo largo de las décadas fue cambiando de acuerdo con los avatares de la vida pública. Si entonces fue el marxismo hoy profesa la ideología de género, si ayer fue el catolicismo supuestamente puesto al día (¿no se decía aggiornado?) hoy comulga con los preceptos neoliberales.

En cualquiera de sus andaduras el mundo se le hacía pequeño y la montera crecía sin descanso. Huir de un pueblo mínimo es un acicate para abordar tareas hercúleas que requieren de una mística especial. La muleta ideológica es un precioso instrumento para perpetrar los quiebres imprescindibles que faciliten el camino del éxito obligado.

La reivindicación de la clase obrera, del sojuzgamiento y desigualdad de las mujeres, de la trascendencia espiritual de la vida, y de las virtudes del mercado son soflamas suficientemente genéricas y necesariamente reales a las que aferrarse, después la suerte importa. En el seno de todas estas familias políticas ha sido relativamente fácil medrar pues la virtuosa compañía ha facilitado monteras universales con las que auparse desde la mediocridad a la cima.