Sábado, 21 de septiembre de 2019

A propósito de Carmen, Carmen Martín Gaite

Las pocas Cármenes que yo he tenido son como manos o mis pies, son míos, me traen, me llevan, me acercan cosas a la boca y de vez en cuando, pocas, me duelen. Hablo de Menchu, mi amiga valiente y comprometida en luchas perdidas y ganadas; hablo de Carmen, mi fotógrafa, con la que comparto entrevistados y visiones y ya no sé si es ella quien aprieta el obturador o quien escribe ya que hemos afinado la mirada la dos y vemos lo mismo. Y la otra es Carmen, Carmen Martín Gaite. La Carmen de la Plaza de los Bandos, la Carmen del Doctor Esquerdo. La Carmen que bailaba en el Casino y yo no puedo entrar en el Casino de Salamanca a un acto sin recordarla, la Carmen de Aldecoa, de Matute, de Sánchez Ferlosio. La Carmen que me falta. Porque Carmen, Carmina, Martín Gaite nos dejó en el Bolao, su pueblo de la sierra madrileña un julio de hace 18 años, que se dice pronto, cuando sabíamos que algo iba mal pero no tanto. Hace 18 años se organizó en Salamanca un Congreso de Literatura Hispanoamericana magníficamente llevado por otra de mis Cármenes con nombre de poema o de jardín granadino, que es otro significado de Carmen, Carmen Ruiz Barrionuevo. Un congreso que iba a tenerla con nosotros y que tuvo que prescindir de su presencia por enfermedad. Pero nadie sabía cuán enferma estaba la Carmen salmantina que no vino y de cuya muerte yo me enteré por la radio volviendo de Alemania.

Recuerdo el silencio con el que acogí la noticia y recuerdo la falta. La falta porque yo a Martín Gaite no solo la leía, la quería, la buscaba, la oía y sentía hacia ella esa afinidad que se tiene cuando uno lee un libro que parece que está escrito solo para sus ojos. Yo a Carmen la quería y la leía y la oía con devoción, y tuve suerte… jamás la vi en Madrid, pero la escuché en su antiguo instituto que era el mío, en la Casa Lis conversando con Torrente Ballester en una charla memorable, en una conferencia en la Facultad de Anaya donde ambas habíamos estudiado… yo a Carmen, repito, la vivía, por eso me duele que Salamanca, siempre madre y madrastra, no haya guardado sus cuadernos de todo, no le dedique aún más calles, colegios, jardines y plazas. La Salamanca de entre visillos que aún se guarda, tras la feria de septiembre, pensando en el largo invierno en el que quizás escribamos cartas a Berta.

Hace 18 años y la echo de menos, a ella, su melena blanca, sus conferencias, sus estancias en Estados Unidos que tanto amaba. La echo de menos en las entrevistas, en las novedades, y la extrañé con locura porque en la Feria del Libro de Madrid ella era la estrella de las boinas caladas. Mi tiempo tiene una extraña cualidad cuántica. Hoy he extrañado a Carmen pasando por su Plaza de los Bandos que quizás cambie el Ayuntamiento aunque estemos en desacuerdo casi toda Salamanca. Hoy he extrañado a Carmen porque la leo y me sorprendo de no ver su rostro, como el de Matute, el de Josefina Aldecoa… el tiempo nos ha dejado huérfanos de las mujeres, las sabias de los años cincuenta, aquellas que se pelearon por su género sin necesidad de lenguajes inclusivos, solo con su obra, solo con su persona. La persona que me falta. No sé por qué hoy estoy nostálgica de Carmen, quizás porque he pasado por la Plaza de los Bandos, donde vivió, y he sentido que todo cambia. O no, porque me hace falta, me sigue haciendo falta Carmen.  

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez