Jueves, 16 de agosto de 2018

Cuéntanos, Bruno

Hortelano se proclamó campeón de España de 200 metros después de haber batido el récord nacional, y eso que en 2016 sufría un accidente que dañaba gravemente su mano derecha, poniendo en riesgo su carrera

Cómo lo hiciste. Sí, ¿cómo lo hiciste? No para correr tan rápido, que eso otros hombres lo hicieron. Siempre hay uno que es el más veloz, ya sea para disparar, hablar o correr dos veces el hectómetro. Puede que los libros recojan la marca, registren la fecha y el lugar y que con eso construyan la historia los que busquen “Bruno Hortelano” dentro de muchos años: “sí, ,mujer, el que fue récord de España de 200 hasta 2035”. Pero todos sabemos que hay mucho más.

Déjanos saber, Bruno, a través de tu inteligencia privilegiada y esa sensibilidad que nos emociona, cómo lo lograste. Ten en cuenta que hago de portavoz de todos los que aún sangramos por la herida de las críticas que recibimos por la más tonta costumbre, de quienes aún caminamos corvados, literalmente, por el peso de la censura de quienes pretendían educarnos, de quienes no pudieron desembarazarse de su pasado –no es un reproche–, ni de sus propios límites para enseñar el mundo a sus hijos, el hielo a Aureliano Buendía. Recuerdo que hablo en nombre de quienes, en una situación análoga a la que tú viviste tras aquel accidente, hubiéramos aceptado con gusto cualquier devastadora profecía y enarbolado la bandera blanca de la rendición.

Cuéntanos cómo te atreviste a abrir los ojos en el profundo sumidero donde te sumergiste en septiembre de 2016. Qué sentiste al mirar hacia arriba y ser capaz de ver, únicamente, unos pocos peldaños, ni siquiera un atisbo de luz, solo un túnel excavado en la vertical –¿acaso no imaginaste una espada clavada en tu organismo, hurgando en cada uno de tus órganos, afanándose especialmente en tu corazón?– Recuerda que solo soy un intermediario de todos los que preferiríamos morir desangrados a afrontar la tarea de tener que ir desclavando, una a una, todas las agujas condenatorias: la del destino fatal, la de la fortuna esquiva, la de la envidia –cien por cien veneno–; la de la desesperación.

Ayúdanos a mirar, Bruno, el mar a través de tus ojos, la vida para poder contemplarla en toda su belleza, también la que encierra el dolor. No, no para que nos ampare, sino para ser libres para responder a sus envites con la emoción adecuada, con la emoción necesaria, sin el pudor con el que habitualmente nos desenvolvemos al haber asociado la expresión del sentimiento con la invocación de una debilidad. Dinos, Bruno, cómo las lágrimas pueden ser, no un certificado del fracaso, sino un combustible eficiente, una fuente de energía inagotable, el primer paso de una redención o, como en tu caso, de una resurrección urdida en mucho más que tres días. Cuéntanos, Bruno, ¿el Dios de este nuevo humanismo tiene nombre de mujer y se llama voluntad?