Jueves, 22 de agosto de 2019

Cambio de nevera

Vacaciones en la costa almeriense. La urbanización del apartahotel es preciosa. Estamos a un paso de la playa y la piscina es como las de las películas de despedidas de soltero: fuentes, rocas, cascada, isla y puente de madera. Hasta chiringuito tenemos al borde de las aguas azules, transparentes y cloradas rodeadas de tumbonas de diseño. Un lujo.

Son nueve bloques imitando las construcciones tradicionales de la tierra del índalo. Dos plantas y un bajo en cada una de ellas. Mucha terraza, mucha ventana, aire acondicionado, pantalla plana, el maravilloso invento del ventilador en el techo encima de la cama y cocina completa, de las americanas. Con sus seis platos llanos, sus seis platos hondos, sus seis vasos, seis tazas, seis cubiertos de cada, sartenes, cazos, microondas, cafetera y una nevera. Aquí empieza la historia.

Hacemos la mudanza del coche al apartamento. Maletas y bolsas. Compra y cachivaches de la playa: sillitas, sombrillas, nevera, juguetes de las crías y botes de crema para antes del sol, para después del sol, para los pies, para la cara, para niños, para mayores… me pongo a colocar la compra y meto unos cuantos de litros de agua en la nevera. No suena. No está fría. Me mosqueo. Se lo comunico a la coordinadora del hogar. Gestos de sospecha y un voto de confianza. Vamos a esperar a mañana. Pero antes del paseo nocturno comunicamos en recepción nuestras sospechas. Muy amablemente nos dicen que es posible que se les haya olvidado conectarla al limpiar, que a primera hora de la mañana se acercan a comprobarlo y, si es necesario, a cambiarla.

Pasamos la noche disfrutando del fresco que nos regala la Costa de Almería. Yo duermo con la oreja levantada queriendo escuchar el motor del frigo. Nada. Buenos días, besos de la mañana, olor a tostadas y café recién hecho. El agua sigue tibia. Agarro el rabo de una cucharilla giro un botón que se me resistía y ¡zas! arranca el motor de la nevera. Desayuno ufano y feliz. Mientras friego la loza y las niñas se ponen el bañador llegan los de mantenimiento. Les cuento mi hazaña. Me aconsejan que lo ponga a medio gas porque, a veces, tira el congelador a todo dar y no sube lo que tenga que subir a la nevera. Les hago caso. Al venir de la playa para comer el congelador está congelado. La nevera quiero creer que enfría. Mi señora me dice que no. Que eso no va. Y yo que sí, que hay que darle tiempo, que apenas lleva seis horas funcionando.

Llega la noche. Han pasado doce horas. Los flashes ya están casi hechos. El agua sigue tibia. Insisto en que tengamos paciencia. Mi Eva, que es Cristina, me mira con cara de “tú mismo, yo ya te lo he dicho”. Otra noche sin agua fría. Las niñas vienen a la cama a darnos un beso, ventanas abiertas, aceite y sal sobre la mesa. Café, tostadas, galletas. El zumo está del tiempo. La nevera no va. Hay que bajar a recepción. Insisto en esperar un día más. No sé si es que confío en que la nevera funcione, si quiero demostrarle a mi mujer que se equivoca o si me niego a admitir que en estas vacaciones algo pueda salir mal. El olor de las hamburguesas adobadas envuelve la casa de ajo putrefacto. La sandía se reblandece. La tortilla de patata envasada se hincha. Claudico.

Acaban de llegar dos de mantenimiento con una nevera nueva. A medida que le quitaban los corchos, plásticos y pegatinas me regañaban suavemente por no haberles avisado antes. Me recuerdan que cuando vinieron el otro día ya me avisaron que, a veces, no subían los gases al frigorífico y se quedaban en el congelador. Y yo, con una mueca en la cara, sólo puedo mirar la cara de satisfacción de la madre de mis hijas, esa mirada de “te lo advertí” con la que me recuerda que siempre seré un ser inferior. 

A ver si pasa la media hora que me han dicho los técnicos y enchufo la nueva nevera. Me bajo a comprar cervezas. Creo que mi mujer me deja.