Jueves, 13 de diciembre de 2018

Falocracia concertada

Obcecados y tercos, altivos, como corresponde a los militantes de la intransigencia y a la hipnótica fe en lo etéreo y los cofrades de lo imaginario, algunos integrantes del tribunal español de últimas voluntades (que se llame Constitucional es otro escarnio con que acostumbran obsequiarnos en este país togas y puñetas), siguen alabando por mayoría, autorizando legalmente y obligando económicamente a que los centros educativos privados que separan al alumnado por sexos (una auténtica perversión educativa), sigan siendo concertadamente subvencionados por el presupuesto público, es decir, por los impuestos de todos. Y de nada sirven los recursos, las denuncias ni las protestas, porque la mentalidad anclada en el machismo más tenebroso y enganchada a la cutrez reaccionaria de la autarquía patriarcal, es la que ostenta el poder de decidir que en este país se aplique el machismo como principio en la enseñanza, la discriminación sexual sea permitida en la educación, la enseñanza diferenciada en individuos iguales, el desprecio de la condición de persona de los estudiantes según sus características físicas, el mantenimiento de las jerarquías sexuales en sociedades ahogadas por un sexismo asfixiante, las diferencias por nacimiento, el dominio macho, la sumisión hembra y toda la tupida red de la dominación patriarcal y el tufo clericaloide de sumisión, siga siendo enseñada y aplaudida en “centros de enseñanza”, eufemismo cuyas últimas palabras pierden su sentido antes de la primera lección en sus aulas sexistas.

Implícitamente, cuando no tan a las claras que causa sonrojo intelectual, los defensores de la discriminación educativa por sexos apelan a una cierta instancia de la ley natural (dicen: la ley de un dios creador incontestable) que, según ellos, decidió la dotación genética de las particularidades sexuales de las personas antes de su nacimiento, y consecuentemente los autorizó, a ellos, a decidir en el mismo momento en que asomaba a la vida el final de las piernas del recién nacido, los roles sociales de cada uno, su encuadramiento en las jerarquías de la convivencia y la etiqueta de persona principal (macho) o persona secundaria (hembra) que iban a disfrutar o sufrir de por vida, atendiendo solo a lo que atisbaron en la entrepierna del personal neonato.

A nadie se oculta que los principales defensores de esta aberración educativa que es separar al alumnado por sexos son los que suelen coincidir con la nómina de los nutrientes de la derecha más reaccionaria; normalmente de una religiosidad fanática, defensores del costumbrismo inmovilista y la intransigencia prohibitiva de las mordazas legales, son habitualmente de holgada posición económica si tienen algún dedo de frente (o, ¡ay!, si no, arrimados de quiero y no puedo por ver si se “pega” algo) y defensores a ultranza, también, de la diferenciación (clasista) entre enseñanza pública y privada, antiabortistas, leguleyos y “de orden”, etc. Así es, aunque sus interminables batallas (‘libertad de enseñanza’ es desde siempre su bandera, no por antigua menos falaz), por que sean todos los españoles quienes financien sus opciones pedagógicas (?), no tengan comparación con la poca fuerza de los defensores de la enseñanza pública. Una pena.

En medio de una (estéril, a mi juicio) batalla por el establecimiento de lo que algunos llaman “lenguaje inclusivo”, que no es más que buscar una alteración cosmética de las denominaciones que ni entran ni influyen ni anulan la desigualdad, aunque tomando, sin embargo, posiciones de fuerza las opciones reales igualitarias y antimachistas del feminismo en crecientes áreas de la convivencia en todo el mundo (movimientos de denuncia y de esclarecimiento, cuotas en organizaciones, eliminación progresiva de los techos de cristal, creciente establecimiento de accesos igualitarios, repartos de tareas domésticas, lenguaje, trato...), todavía en países con estructuras judiciales arcaicas, dominadas por mentalidades estrechas, timoratas, miedosas, apocadas y autoritarias (y machistas), tengamos que soportar el absurdo de tener que financiar públicamente una injusta diferenciación educativa entre mujeres y hombres, una distinción aberrante en la enseñanza y el crecimiento intelectivo y la formación y maduración de jóvenes, absurdo, o no tanto, que persigue únicamente, y ese es sin más dioses, ni ritos ni tradiciones ni leyes naturales ni interesados convencimientos, el fondo de la cuestión: que en el futuro sigan existiendo, perviviendo y alimentándose esas mismas mentalidades estrechas, timoratas, miedosas, apocadas y autoritarias (y machistas) para que nada derribe al juez falócrata de su pedestal.