Viernes, 15 de noviembre de 2019

El balcón indiscreto

Hace dos años que estrené mi balcón. Me sigue gustando como el primer día. Incluso más. En este tiempo lo he ido adaptando a mis gustos y necesidades, le he ido cogiendo aún más cariño. Dentro del cariño que se le puede tener a una terraza. Y eso que al poco de conocernos y enamorarnos tuvimos una crisis. Resulta que cuando me vine a vivir al ático desde mi balcón se veían tres templos del consumo al sur de Madrid. Tras la maravillosa puesta de sol detrás del IslaAzul de Carabanchel se encendían las luces del ParqueSur de Leganés y del Bercial de Getafe. Los tres centros comerciales se veían perfectamente desde mi terraza. Y era una delicia. Pues bien, una constructora de esas que hacen casas para hipsters y nuevos ricos horteras decidió comprar el solar que hay frente a mi nuevo hogar y levantarme una urbanización con su sala gourmet, su gimnasio comunitario, su sala de estudio para los niños, una pista multideporte y, por supuesto, terrazas y balcones. Unas terrazas y unos balcones que están enfrente de la mía, del mío. Eso sí, mi barandilla es un muro de ladrillo situada medio metro por encima de los cristales de las suyas. Nos separan nuestras respectivas piscinas comunitarias y en el espacio que ocupa mi terraza hay seis de los nuevos inquilinos. Acaban de llegar. Mi vida ha cambiado.

Las dos que hacen esquina aún están vacías. Aunque en la del este he visto a una pareja de mi edad con dos críos ya crecidos. Pero aún no se han mudado. El resto es todo un espectáculo. Los primeros que llegaron fueron una pareja de señores por encima de los sesenta. Suponemos que son matrimonio. Son dos hombres. Pusieron una hamaca verde y otra naranja y durmieron su primera noche en la terraza. Cada uno en su tumbona. La tienen decorada muy cuqui, aunque para coqueta la de otra pareja de jóvenes gays que estrenaron la suya con una fiesta a la que invitaron sólo a sus amigas más cercanas. No llegaban a la docena. Estuvieron hasta las cinco de la madrugada. En su descargo está que coincidió con el fin de semana del Orgullo en Madrid. Se les ve felices con su sombrilla de diseño y los domingos vienen sus madres a comer con ellos. Tienen perro. En las dos terrazas restantes hay parejas de lo más común. Una es más joven que la otra. Tienen las bicis en la terraza y las usan a diario, para moverse por Madrid. Ella desayuna sola entre semana y hoy por fin han recogido la montaña de cartones que tenían acumulados en el balcón. La otra apenas ha colocado una manguera en la pared. Son de edad más madura, pero sin críos. Parecen divorciados dándose una segunda oportunidad. Sus tumbonas son de las caras y sólo salen de noche para tomarse una copa envueltos en los sonidos del verano.  Las sirenas de la Policía mezclándose con los gritos de los niños jugando en el bulevar, la tele de Antonio y los motores de los coches arrancando con el cambio a verde del semáforo en el cruce de la estación. 

Nunca pensé que la rabia por haber perdido las vistas de las luces de Getafe  y Leganés me iba a ser compensada con un Gran Hermano real al más puro estilo 13 Rue del Percebe. No os lo podéis imaginar. Ni irme de vacaciones quiero.