Miércoles, 24 de julio de 2019

Un tiempo de lecturas

¿Y no aprovecharemos también estos días veraniegos para leer y releer todo aquello que tenemos pendiente y en perspectiva? El estío como tiempo de lecturas es ya un motivo clásico y antiguo, para todos aquellos que –hoy que está tan en boga el cultivo del cuerpo– piensan y sienten que es de gran importancia y posee un gran valor el cultivo del alma.

Esa simbiosis –que el verano tan bien propicia– entre naturaleza y lecturas es algo a lo que podemos entregarnos en este tiempo. Hace unos días, realizaba a pie, con algunos de mis seres allegados, el recorrido circular de los molinos del río Francia en término de San Martín del Castañar. Desde niño, conozco los nombres de esos charcos ‘míticos’ de este río de mi niñez, algunos con trágicas historias de ahogados; así, los charcos de La Cuna, El Pucherino, La Olla, El Caozo… y ya, más cerca de San Martín, el charco de La Mielra. Nombres todos ellos –como se dice en ‘El Quijote’ de Dulcinea– altos, sonoros y significativos.

Pero vayamos a las lecturas. ¿Por qué no releer ‘Madame Bovary’, de Gustave Flaubert? Al igual que ‘Las flores del mal’, de Charles Baudelaire, se considera el pórtico o inicio de la poesía contemporánea, lo mismo le ocurre a la obra flaubertiana con respecto a la novela. Contamos, además, con una versión en nuestro idioma de la narradora salmantina Carmen Martín Gaite.

Nos esperan también los diarios del alemán Thomas Mann y del norteamericano John Cheever, que acaban de aparecer traducidos al castellano. El diario es un género (como dijera Baroja de la novela) multiforme y proteico. Cuando leemos el de Mann, percibimos el mundo –también, en el fondo, atormentado y marcado por un cierto desasosiego– de un escritor casi decimonónico o, desde luego, el narrador en el que culmina la novela decimonónica. Cuando hojeamos el de Cheever, más contemporáneo, percibimos algunas de las zozobras del hombre corriente de hoy, de esa clase media norteamericana que él plasma en su narrativa.

Y la poesía siempre. Pero, como de continuo la revisitamos, no vamos a hablar ahora tanto de ella. Ese minimalismo zen de José Corredor Matheos es my recomendable, por ejemplo, para este tiempo de exceso y de tanta verborrea. Hace poco, nos hicimos con la primera edición, de 1962, de un antiguo libro suyo, ‘Poema para un nuevo libro’. Es una poesía –como él dice en uno de los versos de ese libro– “Para perderlo todo”, es decir, para buscar lo esencial, pero, en definitiva –y valga el oxímoron místico–, para ganarlo todo.

En el ámbito de lo poético, leemos unas correspondencias, que desconocíamos, editadas en 2016, del cercano y querido José Ángel Valente con los poetas de su generación: José Manuel Caballero Bonald, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Francisco Brines… y otros poetas del 50; a través de las que percibimos determinados entresijos de cómo se configura un grupo poético, con todas las luces y las sombras que ello comporta.

La obra de Walter Benjamin también la revisitamos de continuo. Este verano, le toca una nueva lectura al hermoso y simbólico ‘Angelus novus’, con todos los conceptos que, a modo de semillas, define y clarifica el filósofo judío-alemán.

Nos tiene también entretenidos la lectura de ‘El maestro y Margarita’, de Mijail A. Bulgakov, narración tan enigmática, tan fascinante, con esos paralelismos (que terminan proporcionando la significación más profunda del libro) entre la pasión y muerte de Cristo y los acontecimientos de la Rusia contemporánea que plasma.

Lecturas y relecturas. Faltarán días de verano –parafraseando el título de la canción de Amaral– para leer todo aquello que nos habíamos propuesto para este tiempo. Pero otros días vendrán para seguir empapándonos del espíritu de la letra.