Viernes, 21 de septiembre de 2018

Es más fuerte quien sonríe ...

Todo el mundo tiene moral aunque algunos no saben encontrarla. Hannibal Lecter, Jack Torrance, Alex McDowell, Norman Bates... No es casualidad que la Historia del cine esté plagada de psicópatas. Aunque en la vida real la mayoría no comen seres humanos, ni matan jóvenes a hachazos o se disfrazan de su madre antes de asesinar, no es necesario ir a prisión o a los psiquiátricos para dar con un psicópata. Basta con buscar en los círculos de poder que mueven el mundo; o más cerca en nuestro propio entorno laboral y social.

Los psicópatas suelen parecernos más encantadores que la mayoría de la gente. No muestran afecto, pero nos analizan y saben como tratarnos para conseguir sus fines. Suelen ser aquellos jefes o compañeros de trabajo a los que les gusta hacer pasar por el aro a la gente sólo por el placer de verla humillarse. Son aquellas personas que se casan para parecer normales, pero que no muestran amor por su cónyuge una vez que la fascinación inicial se desvanece. Cuanto más se asciende en la escala social de poder y control, mayor es el número de sociópatas que encontraremos. Suelen ser la causa de de injusticias sociales, y económicas, de muchos conflictos, y de la crueldad y falta de empatía que nos rodea. De la banalidad del bien y del mal en que vivimos.

Los rasgos psicopáticos que les ayudan a triunfar suelen ser la locuacidad y el encanto para darse brillo, la falta de empatía y conciencia, el ego desmesurado, una gran capacidad de mentir sin remordimientos. Fingen emociones. Estudian a los demás y aprenden a imitarlos, con el único fin de manipularlos para satisfacer sus deseos. Hay sectores de la sociedad donde es particularmente difícil tener éxito si uno no tiene ciertos rasgos de psicopatía. El psicólogo criminal Robert Hare, valoraba rasgos como la locuacidad, la empatía o la conducta sexual para establecer el grado de psicopatía, y afirmaba que “Los asesinos en serie destruyen familias; los psicópatas de la empresa y la política arruinan economías y sociedades”.

Parece que los psicópatas han moldeado la sociedad actual, y la han hecho más psicópata, y los que no son psicópatas han tenido que aprender a actuar de una forma un tanto psicópatica para salir adelante. Tienen ventajas reales al no importarles los sentimientos de los demás. Por eso hacen cosas que una persona normal no haría, como manipular, mentir, seducir con un encanto superficial pero vacío, arruinar la vida de otros. Una persona normal, que tiene ansiedad, que tiene remordimientos, se detiene ante ciertos límites, lo que hace que sea bueno. Si no tienen esos sentimientos, las posibilidades son muchísimos mayores. La religiosidad siempre fue un freno. Hoy en día en nuestra sociedad un psicópata tiene mucho más margen de acción que alguien que no lo sea.

La mayoría nacen, por lo que, al no tener sentimientos, no tienen motivación para cambiar, algunos pocos se hacen; pero sólo dejan de arruinar la vida de los demás cuando son viejos y les da pereza. Está claro que si un allegado o persona del entorno, un compañero de trabajo, o su pareja, pueda ser psicópata, hay que tomar conciencia, y poner los medios para que no le arruine la vida. Lo mejor es abandonarlo.

A veces en el ámbito periodístico también se premia el comportamiento psicópata. Cuando se escriben artículos, o se hacen reportajes amables, educados, correctos en términos muy positivos, tienen poca lectura o seguimiento, parece que no gustan; de modo que si nos comportamos como una persona honesta, el producto es un fracaso. España es un país que se avergüenza de su historia y se complace con su miseria, lo que da que pensar sobre quiénes nos dirigen.

Mientras, individuos con perfiles o características psicopáticas ascienden meteóricamente. Las compañías se rifan a estos ejecutivos o tiburones de los negocios. Asombra enormemente que hayamos creado un mundo en el que se premia y engrandece a aquéllos que tienen rasgos psicopáticos o desconocen la honestidad en su quehacer diario. Sus consecuencias sin embargo son graves, pues son múltiples los ejemplos del daño que pueden ocasionar. La última crisis económica mundial es una ilustración del daño que un comportamiento manipulador, calculador y sin escrúpulos, puede causar sobre la sociedad. Sin olvidarnos de los variados ejemplos de la historia reciente sobre donde acaba un país, que es gobernado por alguien de moral distraída o que ampara la corrupción. Lo sorprendente es que las empresas, la sociedad, los políticos, los ciudadanos en general no comprendan o no quieran ver que la presencia de estos sujetos es perjudicial a largo plazo. Será que la avaricia, codicia y la soberbia siempre producen ceguera. Las empresas acaban cayendo, los gobiernos se corrompen, se cometen actos fraudulentos de todo tipo, la sociedad se degrada, etc.; en pocas palabras se acaba mal.

Conocido es el valor de la familia como sistema de apoyo, fuente de fuerza, seguridad y protección ante los altibajos de la vida. Para muchos la familia es todo lo que respalda sus vidas profesionales, pues da estabilidad y amor para poder volver a ella y pasar el tiempo juntos. El éxito al final no es cuestión de azar ni de esfuerzo, sino de una mezcla de ambas cosas. Todo cuenta en la vida para tener éxito.  Es más fuerte quien sonríe. No tenemos en nuestra mano el decidir los acontecimientos buenos o malos que vayan a pasarnos, pero sí el poder asimilarlos de una u otra manera; solos o con ayuda de los que nos quieren. 

La calidad moral de las personas está en su corazón, y después en sus obras. Si se deja de lado a la familia, y  a Dios, nos volvemos insensibles al pecado, y los límites entre el bien y el mal, entre lo justo y lo equivocado, incluso entre lo humano e inhumano, cada vez van desapareciendo. Se crea una sociedad donde campan los sociópatas y psicópatas.