Viernes, 21 de septiembre de 2018

No me saques en los papeles

Ha llegado el calor al patio de mi casa y con él las ganas de estar fuera, las hormigas, las plantas que se vencen, agotadas, en ese mediodía en la que queman las paredes. Bichos, helados, niños, toallas mojadas, olor a cloro y ¿Tiempo? tiempo para quedar, para compartir ese rato que se alarga porque mañana quizás no suene el despertador, que, sin embargo, sigue sonando porque hay cosas que hacer, primero una, luego otra, otro día empantanado de obligaciones y… cuando me quiero dar cuenta… hay que sacar los exámenes de septiembre y volverle a preguntar a los chicos lo mismo que les pregunté en junio ¿Qué pasó con el verano?

El verano es como la nómina en cuanto la cobras, parece mucho, eso sí, empiezas pagando a Telefónica, sigues con la hipoteca y en cuanto acabas con el recibo de Iberdrola te das cuenta de que ya estás bajo mínimos y no es ni quince del mes. Uno se pregunta dónde va el dinero, dónde el tiempo, dónde los planes y no precisamente quinquenales. Y consulto el calendario de la cocina, lleno de fechas, de anotaciones, el disco duro, que diría una compañera de trabajo. Me sonrío. Una tiene la costumbre de aprender de quien tiene alrededor, ya sea una expresión, un truco para que quede mejor el guacamole o para evitar que se pegue la bechamel. Eso sí, ese aprendizaje a veces va acompañado de una admonición: “No me saques en los papeles” ¡Pero si solo te estoy pidiendo la receta de la tarta de queso, no contando tu vida! Y es que le doy miedo a los más cercanos, creen que tengo la costumbre de contarlo todo y no precisamente a otros oídos, sino a mis muchísimos lectores, esos que llevan semanas leyéndome cosas tristes: los muertos del mar, las mujeres que se van a manos de sus parejas, la estupidez de los políticos que no parecen reparar en los problemas. Ya no tiene uno ni ganas de glosar el Hola y es que salvo la princesa feminista me interesan poco las reinas del couché. Todo parece desgastado y un tanto manido estos días posteriores al cambio de gobierno. Quizás porque la ilusión se va como la espuma de la cerveza, quizás porque estamos cansados de que salgan en los papeles nombres de muertas, listas de números ahogados, niños atrapados en cuevas, venganzas arancelarias ¿Qué pasa con la realidad? Que está cansina de triste y de repetitiva, que tiene cierto hálito a cansancio. Quizás sea el fútbol lo único que nos sorprenda y esta vez, no gana Alemania, quizás haya que reparar en la magia de una niña vestida de colores que cose nubes de algodón y corazones de caramelo. Una niña tan grande como un continente que ya sabe que lo bueno dura un ratito, que luego ya nos apetecen otras cosas o nos cansamos precisamente de lo bueno. Una niña con trenzas que me recuerda lo que es tener seis años y que todo te parezca nuevo, diferente, pleno de dicha, redondo de piruleta y caramelo. Hoy el verano me cansa pero en la calle hay niños, gente, perros, columpios de colores, vallas que rodean el espacio glorioso del juego… el juego de esos perros que siempre se sorprenden de lo nuevo. No, no te voy a sacar a ti en los papeles, la saco a ella, a ella con su gracia de niña vestida de colores, con su alegría recién estrenada. Y mientras, los perros se saludan, como si fuera su encuentro cotidiano un milagro renovado. Alegría.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.