Jueves, 20 de septiembre de 2018

El orgullo como virtud

Es probablemente sabido que el 28 de junio de 1969 en el barrio de Greenwich Village de Nueva York tuvo lugar una redada policial contra los que estaban en un bar llamado Stonewall por el mero hecho de ser homosexuales, transgénero, etc.  Pero esa noche, en lugar de tragar y someterse a las garras de un sistema totalitario, los afectados se opusieron con decisión y hostilidad. Por supuesto no era la primera vez en la historia que alguien era perseguido por sus gustos sexuales o de vestimenta, ni tampoco el primer disturbio ocasionado por esa causa. El caso es que esa rebelión dio lugar a que al año siguiente se iniciaran las marchas que hoy llamamos “del orgullo gay”.

Conozco a bastante gente que todavía las considera provocadoras, desmesuradas, desviadas, sexualizadas, y cuarenta adjetivos más de parecido contenido. Incluso hay quien sostiene -en un intento de posición intermedia- que él o ella no tienen nada en contra de los que quieren emparejarse con los del mismo sexo, pero que lo hagan en privado, que no se den la mano por la calle, que dejen los arrumacos para la intimidad, porque lo contrario es ofensivo y una pésima enseñanza para los niños.

En estos tiempos en que la cuestión ha avanzado tanto que cualquiera presume de tener un amigo gay, todavía pocos han hablado en serio con quienes algún día fueron niños y se encontraron con que su cuerpo no se ajustaba a su modo de sentir, o que les empezaba a atraer alguien que, según las convenciones dominantes, no podría ser nunca abiertamente su pareja. O que eran abrumados y acosados por otros compañeros “más machotes” o por compañeras “más femeninas”. Muy pocos han convivido con amigos, que han llorado por estar encerrados en esa red invisible de subyugación y por estar recluidos en esos “antros de ambiente”, algunos más recomendables que otros, muchos de ellos innecesariamente sórdidos. Los que hablan de misericordia y amor se olvidan de todo esto en cuanto se les pone delante esta compleja realidad humana.

Claro que todos hemos tenido conocidos homosexuales: algunos de ustedes lo saben y algunos otros probablemente nunca lo sabrán. Y es contra esto que en el último fin de semana de junio es necesario salir y mostrarse. Es necesario ser llamativo para normalizar una situación que en pleno siglo XXI todavía causa prisión y muerte en buena parte del mundo. Desprecio y violencia en muchos otros lugares, incluso los que presumen de democráticos porque cada cierto tiempo convocan elecciones -eso sí, más o menos teledirigidas-.  O simplemente caras de indisimulado disgusto frente a lo que injustamente llaman “lobby”.

Democracia no es sólo elegir a nuestros gobernantes; un Estado verdaderamente democrático tiene en su constitución material un núcleo duro de derechos que son intocables -o sólo limitables de manera proporcionada cuando los propios intereses constitucionales lo requieran de manera inexorable-, sean derechos de la mayoría, sean de la más exigua de las minorías. Como suele ocurrir, la cuestión está en qué se contiene en ese cogollo constitucional. Porque cuando interesa para la lucha partidista no nos importó jugar con logomaquias que se llevaron hasta al Tribunal Constitucional, al que obligaron a decir lo evidente: que si no hace usted daño a nadie (el “neminem laedere” de Ulpiano) claro que puede casarse, obvio que puede convivir abiertamente con la pareja que usted desee, por supuesto que usted debe poder mostrarse cariñoso con quien más quiera. Ya es suficientemente difícil la convivencia en general, como para poner más puertas al campo. El matrimonio homosexual es un derecho. Y una reivindicación.

Ahora todo esto en nuestra sociedad contemporánea parece agua pasada. Ya se han casado incluso algunos de quienes se oponían a llamar matrimonio a la unión homosexual. Pero aún hoy ese complicado equilibrio entre la libertad y la igualdad se encuentra con grandes dificultades prácticas. Por un lado, porque esto que llamamos derechos fundamentales tienen menos de universales de lo que a veces nos parece, y por otro, porque las discusiones sobre sus límites y sus concreciones podrían convertirse en eternas.

En definitiva, no estoy hoy aquí para hablar de Derecho, pero sí de dignidad, y la defensa de esa dignidad hay que hacerla con los aspavientos necesarios hasta que la vida cotidiana se impregne de respeto y de sensibilidad. Hasta que no haga falta decir: “Sí, soy maricón. ¿Y qué pasa?”. Y que, si se dice, realmente lo que pase no sea nada malo.