Jueves, 18 de octubre de 2018

La caja

Sin contexto, esta fotografía hecha por Fermín Rodríguez es sorprendente, casi enigmática y, por qué no, un poco ridícula. Una caja de madera sin distintivo alguno, transportada por un operario más bien indolente, es fotografiada desde diferentes ángulos, y hasta se ve a alguien que parece enviado especial de alguna emisora de radio o televisión, que comenta en directo, micrófono en mano, la escena. Leyendo el texto que acompaña a la fotografía (cuyo espacio es mucho menor que el de la imagen), puede saberse que se trata del traslado del “legado” de Federico García Lorca de Madrid a Granada.

Posiblemente no carezca de importancia la realización de dicho traslado (aunque se trate únicamente de un cambio geográfico y no de alteración alguna en el contenido de tan preciado legado), pero la fotografía denota, dolorosamente, en qué se ha convertido la información cultural de este país y cuáles son los centros de interés y los focos de atención de las empresas periodísticas: los contenedores y no los contenidos, las portadas y no las obras que las siguen, las fachadas y no los interiores, el ruido y no la melodía... La caja.

No ha sido nunca muy cierta la afirmación de que una imagen vale más que mil palabras pero, en casos como el de la fotografía comentada, esa frase se vuelve tan veraz como la necedad que la define. Esta fotografía de esa caja empujada por el operario con gesto indiferente (y tal vez sorprendido de la atención que suscita) y, sobre todo, la fotografía que capta a su alrededor a los fotógrafos fotografiándola y a los locutores describiéndola, está definiendo el objeto del interés periodístico, el continente (la caja), más allá de lo que signifique lo que la caja pueda contener, suponer, probar o aportar (al margen del notable nombre de su etiqueta implícita, Federico García Lorca, argumento ya lo suficientemente manufacturado, manoseado y comercializado como para que su sola mención convierta en informativamente importante incluso la posibilidad de que algo suyo esté ahí... en “la caja”).

No es baladí el simbolismo, ni mucho menos. Hoy, no solo la información periodística, en su caso, sino la gestión cultural a diferentes niveles (público, comercial, empresarial y económico; y principalmente, político), está basada en la gestión, contratación, programación, edición, promoción o difusión de múltiples “cajas” (influencias, agentes, nombres, ruedas de prensa, ferias, congresos, encuentros, tributos, efemérides, portadas, anuncios, carteles...) que utilizan ganchos populares de referencia para vender  cualquier cosa , que usan deslumbramientos técnicos para cegar la visión de contenidos mayoritariamente despreciables artísticamente, influencias para imponer necesidades inexistentes, enchufes para copar espacios y ocultar lo diverso, árboles genealógicos del “artisteo” y papilleos y guisos y fusiones y antologías y más y más de varia medida, y apoyados estos productos de pura “caja” a veces por costosas campañas o promocionados arteramente en canales de condicionamiento de la demanda, venden, rentan, explotan o copan espacios y lugares con obras supuestamente culturales, de este modo de “cultura” de la “caja”, de la superficie, de la imagen, del nombre o de la moda, sin atender a la calidad de su contenido, a su adecuación a los ámbitos en que se pronuncian o, siquiera, al análisis de la mínima validez, talento, arte o siquiera utilidad de lo que  “las cajas” contienen.