Jueves, 20 de septiembre de 2018

Wikipedia frente a 'fake news'. II.- W. R. Hearst

 

Cuando no hay noticias, se fabrican

(W. R. Hearst)

El episodio de la invasión de los marcianos simulado por Orson Wells en 1938 no fue sino uno más de una entonces ya larga historia de noticias falsas (fake news, también llamadas hoax). El tema da mucho de sí, pero querríamos abordar aquí un aspecto clave: la relación de la mentira informativa con el periodismo sensacionalista y la aparición de la prensa de masas.

Es una historia con origen en los Estados Unidos. No en balde allí se dieron por primera vez, desde mediados del siglo XIX, las condiciones técnicas, sociales, económicas y políticas que propiciaron ese tipo de periodismo impreso. Por esa época, EE.UU. había aventajado a los países europeos en número de cabeceras y en la ratio de tiradas/población. La rotativa, el papel fabricado con pulpa de madera, el ferrocarril, el telégrafo y la fotografía, son algunos factores técnicos que lo hicieron posible.  Por otro lado, una sociedad joven y multicultural, con rápido crecimiento demográfico y social propiciaba el consumo de información, aunque sólo fuera para saber dónde había posibilidades de vida, de trabajo o de negocio, y qué perspectivas afrontaba el país en cuanto a expansión económica y territorial interior y exterior.

Que hubiera grandes temas de debate y conflicto público (el esclavismo, el feminismo, los monopolios, la política comercial, el patrón oro, etc.) y que se solventaran en un marco formalmente democrático e igualitario también estimuló el desarrollo de los medios de comunicación. Finalmente, la introducción masiva de publicidad permitió bajar el precio de los ejemplares a un centavo de dólar a fines del siglo XIX, de modo que algunas cabeceras de J. Pulitzer y R. W. Hearst sobrepasaron entonces el millón de ejemplares diarios, vendiéndose en las grandes urbes de la costa este.

Ahora bien, como decíamos, parecería que esa expansión cuantitativa de la prensa era inversamente proporcional a la calidad de sus contenidos. James Browne, editor de periódicos escocés,  ya notó hacía 1830 ese contraste en los periódicos norteamericanos, que no se daba tanto en la prensa inglesa o francesa de la época. “En EE.UU. –decía– la situación de la prensa es tal que no puede ser peor; sin duda, es una desgracia para el país” y denunciaba en ella el recurso a la difamación, a la grosería, a la exageración y a otras prácticas que perjudicaban “al buen gobierno”.

Ese estilo periodístico llegó a su máxima expresión con W. R. Hearst, gran magnate y creador de la prensa amarilla tal como hoy la entendemos, caracterizada por sus tiradas masivas, su beligerancia política (según los intereses o caprichos de Hearst, que empezó cómo demócrata y acabó como simpatizante de Hitler; eso sí, sin dejar nunca el anticomunismo)  y su recurso cotidiano a asuntos llamativos: la vida amorosa de los ricos, los crímenes de los bajos fondos, monstruos prehistóricos y cosas así. Al parecer, la chica que iba en metro a la oficina o el vendedor de seguros, por ejemplo, no tenían tiempo o ganas de meterse en otros asuntos más serios. (El amarillo propiamente dicho de los periódicos lo ponían las tiras cómicas con un “Yellow kid” como prota. Menos mal que se lo tomaban a cachondeo: otros ya hablaban entonces, en serio, del “peligro amarillo”, refiriéndose al supuesto peligro de invasión asiática por la costa oeste). En esta tesitura, Hearst dio el do de pecho del periodismo filibustero con motivo de la Guerra hispano norteamericana de 1898, que en buena medida había provocado él mismo con sus reportajes belicistas, rebosantes de hoax y de menosprecio racista hacia el hispano de Hispania.

(Antes de seguir adelante, y para que no parezca que las noticias falsas son algo de otro tiempo y lugar, diré que el miércoles pasado algunos diarios locales salmantinos “reportaron” el comienzo de las obras de reparación de la pesquera de Tejares para ese mismo día, dando por bueno el enésimo anuncio del Ayuntamiento sobre este tema. No se molestaron en comprobarlo ni en rectificar después, pues el caso es que aún no se ha hecho nada. Que conste la vergüenza).