Jueves, 20 de septiembre de 2018

Nieves perpetuas

Sierra de Béjar / FOTO: MANUEL LAMAS

De niño, al contemplar la mole de la Sierra de Béjar, incluso en verano (y no digamos en invierno), bien visible desde La Alberca y desde toda la Sierra de Francia, cuando iba con mi abuelo Pablo, me pronunciaba un sintagma, para mí un tanto inteligible y, al tiempo, fascinante. Mi abuelo me decía: “-¡Nieves perpetuas! ¡Esa Sierra, hijo, tiene nieves perpetuas!”

Tal sintagma me llevaba a un mundo de fantasía, que traspasaba con mucho lo real. Y me sigue sirviendo, todavía hoy, como emblema o rama de oro para acceder al mundo del origen.

Ese mundo del origen, que, para mí, en la Sierra de Francia, revisito cada verano y me sumerjo en él, para rememorar y reactualizar algunas de las claves vitales, existenciales, metafísicas casi, que recibí ya en la niñez y que tengo la fortuna de revivir, de un modo y otro, cada tiempo estival.

Porque el verano, en la medida en que regresamos a nuestros pueblos de origen, siquiera sea por unos días o semanas, nos vuelve a poner en contacto con el mundo del origen, de la raíz, con ese paraíso perdido, que es para cada cual su pueblo, que tenemos la fortuna de poder volver a recobrar, siquiera sea mental y anímicamente.

Ya, la segunda noche de llegar al pueblo, realicé el que llamo rito de las luciérnagas –del que en algún otro artículo he hablado–. Esa noche, detecté a tres, con sus hermosos puntos de luz, en medio de la oscuridad de la noche.

Y, claro, comencé también a recoger datos etnográficos, de cultura popular y tradicional campesina. Me fui después de comer –ese mismo día de las luciérnagas– a La Nava de Francia, a tomar un café al delicioso paraje de La Mata, a las afueras del pueblo, y, esperando la llegada de los hombres para la partida, me encontré al señor Serafín García, que, con su abierta cordialidad, me transmitió algunas tradiciones del pueblo en torno al riego con cigüeñales, a la toponimia menor de los huertos, a la elaboración de carbón vegetal y otros aspectos de la antigua vida campesina.

Es como sumergirse –verano tras verano– en el país imaginado de las nieves perpetuas, en ese donde la vida, pese a lo difícil y precaria que haya podido ser, era al tiempo hermosa y plena de sentido, pese a lo limitada que pudiera parecer. Era un pequeño mundo, sí, ese pequeño mundo del hombre, del ser humano, de que hablaran los humanistas; un pequeño mundo al tiempo a la intemperie, pero también protegido, por el clan familiar, por una religiosidad popular que servía como talismán y defensa, por una naturaleza que –aunque en ocasiones resultara amenazante e incluso inhóspita– era, intuitivamente, para nuestros campesinos, trasunto del paraíso.

Nieves perpetuas. Para sumergirse en los dilatados días veraniegos y cargar las pilas. Pues habremos de zambullirnos, casi todos, lo queramos o no, en los mares tempestuosos de la vida urbana a la que, ay, pertenecemos.