Viernes, 21 de septiembre de 2018

Flecos sueltos

 (relato)

 

Aquel 11 de julio de 1990 parecía un día como los demás, pero para Pablo y Lucía era el más importante de su vida: a las seis de la tarde iban a ser padres.

Comieron juntos en el restaurante de la esquina, para no descomponer nada en casa, se habían pasado la mañana retocando los cristales, pasando la aspiradora por todos los rincones y llenando de rosas recién cortadas los jarrones de la entrada para recibir a Jorge como ellos entendían que había que recibir a un hijo: en una casa limpia como los chorros del oro, con las comodidades de un palacio  y sin letras llamando a la puerta aunque para conseguirlo hubiera que esperar tanto tiempo como habían esperado ellos. Los hijos no venían al mundo con un pan debajo del brazo, como decían sus padres, los padres de sus amigos, los padres de la posguerra, aquellos padres que veían el pan de sus hijos en los puntos que Franco se sacó de la manga para fomentar la natalidad y se liaban a hacer niños sin hacer números y luego se encontraban con que aquel pan no les alcanzaba ni para lo imprescindible; los hijos venían con las manos vacías y había que recibirlos con el pan en la mesa y con unos padres en condiciones de poder garantizárselo hasta que fueran mayores y pudieran ganárselo por sí solos. Por eso precisamente habían tardado ellos quince años en tener un hijo. Claro que les hubiera gustado tenerlo antes, pero criar bien un hijo costaba dinero, mucho dinero, y ellos eran simples trabajadores. No podían ofrecerle un cheque en blanco para que fuera poniendo la cifra de sus necesidades y punto. Lo mejor pues era esperar a tener atados todos los flecos sueltos.

El fleco más enredado fue el piso. Lo compraron cuando se casaron, en una zona nueva. De este fleco salió otro fleco: amueblarlo. Lo hicieron pieza a pieza, para ponerlo todo a juego. También tuvieron que hacer algunas reformas: acristalar la terraza, aislar la caldera de la calefacción, poner cristales dobles en las ventanas… Parecía que los flecos de la casa no iban a acabarse nunca. Antes de acabar con las cortinas, había que empezar con las lámparas. Cada pieza que amueblaban, cosas que necesitaban: un espejo para el taquillón de la entrada, figuras de porcelana para el mueble del salón, cuadros para vestir las paredes… Entre fleco y fleco ataron también el de un coche nuevo. Por fin llegó el sobre más deseado del banco: el de la última letra pagada. Solo una habitación quedaba vacía, la del niño, la de su hijo, la del rey de la casa. Pablo quiso pintarla de blanco, que igual valía para niña que para niño, pero Lucía se opuso, quería un color más vivo, más alegre, con más energía; Lucía quiso pintarla de amarillo, que también valía para los dos sexos, pero Pablo dijo que era el color de la mala suerte, de la enfermedad, de la muerte. Al final de la disputa decidieron que lo mejor era meter el dinero en una hucha y dejar ese fleco suelto hasta que supieran si sería rosa o si sería clavel. Al fin y al cabo el niño no iba a venir de la noche a la mañana, necesitaba nueve meses para formarse, cuarenta semanas que ellos podrían aprovechar para prepararle el cuarto a la última moda.

Por fin ahorraron el dinero que, según los presupuestos solicitados, necesitarían para amueblar el cuarto de su hijo. Pablo tenía 42 años; Lucía, 39. Los dos gozaban de buena salud. Era el momento ideal para engendrar un hijo que traerían al mundo para ser feliz y para hacerlos felices. Suspendieron pues todos los anticonceptivos y redoblaron sus sesiones de amor calculando que el niño naciera en primavera, cuando el sol pintaba de oro los edificios, cuando los jardines se llenaban de flores, cuando los  pájaros cantaban en las ramas de los árboles.

A finales de octubre Lucía se sentó ante el ordenador, creó una cuenta de correo electrónico y escribió:

Para: amapolas19@iris.sol

Asunto: INTUICIÓN.

Nadie me lo ha dicho todavía, pero yo sé que ya existes. Estas cosas sólo pueden saberlas de antemano las madres. Ni siquiera los padres, por muy padres que se crean. Seguro que tú hasta sabes ya si eres niño o eres niña. De los 46 cromosomas que van a conformar tu material genético, uno del espermatozoide de papá y otro de mi óvulo han determinado tu sexo. El mío es un cromosoma X; el de papá puede ser X o puede ser Y. Si son los dos iguales eres una niña, si son diferentes, un niño. ¡Qué granuja! No has nacido y ya me estás intrigando. Pero me las pagarás. De momento tengo que conformarme con saber que eres un óvulo fertilizado que se dividirá en dos células primero, luego en cuatro, en ocho… y seguirás dividiéndote hasta que a través de las trompas de Falopio llegues a mi útero convertido en un grupo de 32 células que se llama mórula, y que tengo vómitos por las mañanas, y que como y sigo teniendo hambre, y que por las tardes me siento rara, pero muy feliz, tanto que te he creado una cuenta de correo electrónico en secreto para comunicarme contigo hasta que nazcas.

Si eres niño te llamarás Jorge; si eres niña, Olga. Pero como de momento sólo puedo llamarte célula, he optado por hacerte la cuenta con el nombre de la calle y el número donde vas a vivir, en la cuarta planta, en un piso precioso, con todos los servicios a la puerta: consultorio médico, guardería, colegio, un parque lleno de toboganes y con unos padres sanos y capacitados que velarán por ti hasta que dejes de necesitarlos.

Asunto: CERTEZA (4-I-1990).

Acabo de llegar de mi primera consulta prenatal. El médico ha confirmado mis sospechas: estoy embarazada de ti. De momento solo eres un embrión, pero dormiré, pasearé, comeré hasta lo que no me gusta para darte calcio, hierro, fósforo, proteínas y todas las vitaminas que me pidas para hacerte un bebé.

Ya se lo hemos dicho a las abuelas. Si la una se ha alegrado, la otra ni te cuento. Las dos tienen más nietos pero dicen que los niños son los pilares de todas las familias, y como todos son ya mayores, quieren impedir que se les venga abajo la suya. Cuando nos casamos vieron con muy buenos ojos que disfrutáramos de la luna de miel antes de tener hijos. Nos envidiaban, incluso. Ellas tuvieron cinco cada una y empezaron a nacer a los nueve meses de la boda. “Qué torpes habéis sido”, les decía yo cuando surgía el tema, responsabilizándolas de la falta de formación y la sobra de incultura que a las mujeres de su generación las llevaba a llenarse de hijos que traían al mundo para darles más penas que alegrías. Y tanto la una como la otra se ponían de uñas conmigo. El milagro era de las píldoras anticonceptivas, no de nuestra inteligencia, y aunque ninguna habría renunciado a ninguno de sus hijos, las dos lamentaban haber nacido antes que el invento. Pero cuando celebramos las bodas de Algodón dijeron que tanta luna de miel empalagaba, que o escribíamos pronto a la cigüeña o cuando recibiera la carta, en lugar de un hijo, nos traería un nieto, y esto serían dos problemas pues nosotros seríamos viejos para criar a un hijo y nuestro hijo sería muy joven para cuidar de dos viejos. ¡Pobrecillas! Ellas se llenaron de hijos y tanto tuvieron que trabajar para sacarnos adelante, que ni tuvieron tiempo para cuidarnos en condiciones, ni consiguieron librarnos de las obligaciones laborales que hoy nos impiden cuidar de ellas. Nosotros, sin embargo, tuvimos siempre muy claro que era preferible tener un hijo bien atendido que muchos a medias, y si por fin podemos hacerlo es porque optamos por esperar a tenerte sin deudas. O sea, que digan lo que digan las abuelas de lo importante que es tener hermanos, lo mejor es saber que tú jamás tendrás que reprochar a tus padres lo que nosotros hemos tenido que reprochar a los nuestros.

Asunto: PRIMEROS LATIDOS (3-II-1990).

Hoy han tocado análisis. Todo perfecto.

La matrona me ha conectado a una máquina y por primera vez he oído los latidos de tu corazón. Eran tan firmes y fuertes que se me antojaron de niño, pero según la matrona esto no significa nada. De repente descubrí que aquel ¡pom, pom! Me hacía más feliz que el poner en tu cuarto un televisor, un despertador en forma de gallo que canta la hora indicada con un sonoro ¡quiquiriquí!, un teléfono en forma de oso y otros objetos que cuando empieces a utilizarlos seguramente tendremos que cambiarlos porque se habrán quedado antiguos. Por un instante lamenté no tener diez años menos para seguir teniendo hijos. Pero no te preocupes, fue un sentimiento fugaz, te quiero demasiado para privarte de los privilegios de ser hijo único.

 Asunto: FETO (27-II-1990).

Has crecido y has engordado tanto tanto que de embrión has pasado a feto, es decir, a un esbozo de cara, de ojos, de boca… de persona. Algo que ver perfilado en una radiografía me ha parecido un milagro como le ha parecido a papá. Al salir de la consulta nos sentamos en una cafetería y mientras tomábamos un café la observamos con detalle. Los dos tuvimos la sensación de  que al engendrarte, más que hacer el amor, habíamos imitado a Dios.

El sábado invitamos a cenar a nuestros amigos para enseñársela. ¡Vaya sorpresa que se han llevado! Decían que nos estábamos privando de la mayor satisfacción de un matrimonio: la de tener hijos, que estábamos locos por esperar a pagar el piso para tenerlos, que los niños no necesitaban tantas florituras al nacer, que les bastaba y les sobraba con una cuna llena de nanas blancas, sus biberones y unos padres capaces de volver a ser niños para jugar con ellos a ser hombres sin más juguetes que un chupete para dormirse y un sonajero para despertarse , y aunque lo decían con el corazón en la mano para disimular, del tono de sus palabras se desprendía la certeza de que no nos creían. Nos consta, incluso, que detrás,  a nuestras espaldas comentaban que no podíamos tener hijos por algún problema de salud y nos humillaba tanto que no queríamos decirlo. Por  eso organizamos la cena, para cerrarles la boca de una vez. Y si ante la simple radiografía se mordieron la lengua de envidia, ya verás cuando nazcas y sepan que dejamos de hacer horas extras en la fábrica porque podemos permitirnos el lujo de que tú seas para nosotros el primer trabajo y nosotros para ti el mejor juguete.

Asunto: SANO (5-III-1990).

Hoy me han dado los resultados de la amniocentesis, una prueba médica que se le hace a las mamás para saber si sus hijos vienen bien, sin enfermedades, sin malformaciones, sin motivos para ser rechazados por la sociedad que, a decir de la mayoría de las mamás que tienen que pasar por este trance, causa más problemas a sus hijos que la propia limitación. Aunque a nadie se lo he dicho, te confieso que he tenido mis miedos. En todos los libros que he leído para ser madre se dice que pasando de los treinta y cinco años se corren ciertos riesgos. Pero afortunadamente, ni tengo que preocuparme yo, ni tienes que preocuparte tú, eres un niño sano. Y como la Naturaleza te ha dado lo que le corresponde a ella, y tus padres jamás te negarán lo que les corresponde a ellos, serás bien recibido por la sociedad.

Asunto: NIÑO (17-IV-1990).

Eres un niño. Te llamarás Jorge. Papá quería que te llamaras como él pero cuando le explicado las razones para oponerme las ha entendido. Por ser la cuarta de cinco hermanos nunca estrené nada. Jugué siempre con juguetes usados, hice la primera comunión con el vestido de mis hermanas, nunca llevé libros nuevos a clase, me los pasaban mis hermanos mayores, igual que el pijama y los zapatos. Tanto me quejaba de esto que cuando tenía nueve años me echaron los Reyes Magos un cuento nuevo. Se titulaba Jorge y Olga. Eran dos jóvenes que todos los domingos de un  verano se iban en moto al campo, al río, a la piscina, y en cada excursión les sucedía algo tan divertido que cuando llegó el otoño empezaron a contar los días que faltaban para que volviera el verano. Qué cara de felicidad pondría ante aquel libro sin tachaduras de lápices, sin esquinas dobladas, sin apuntes en los márgenes, que hasta mi madre lloró de emoción. Aquel olor a nuevo se me metió en el cerebro con tal fuerza que, todavía, cuando abro un frasco de perfume por primera vez, cuando estreno un jersey, cuando entro en una zapatería y el dependiente abre las cajas de los zapatos para que me pruebe, me huele a aquel cuento. Por eso, en cuanto supe que iba a ser madre, me dije: “Si es niño, se llamará Jorge, y si es niña, Olga”. Estoy segura de que cuando te tenga en mis brazos por primera vez me olerás a vida recién estrenada, a cosa exclusivamente mía, al cuento de Jorge y Olga.

Asunto: CUARTO LISTO (24-V-1990).

Ya tienes el cuarto listo. Sobre un fondo verde nos han pintado cenefas de conejos de colores, unos jugando, otros durmiendo, otros enfadados. Te hemos puesto un moisés para las primeras semanas, la cuna para los primeros meses y una camita para los primeros años, un armario para la ropa, estanterías con los juguetes, el baño, el coche capota, la silla y un equipo de música para que no te alteres con las nanas de mamá que tiene un oído enfrente del otro para cantar. Papá se moría de envidia y es normal. Él nunca tuvo un cuarto para sí solo. De bebé durmió en la habitación de sus padres y en la cuna. Después compartiendo habitación con sus hermanos. Cuando se independizó con compañeros de piso y después nos casamos. Por eso está tan feliz, quiere que disfrutes de lo que él no tuvo, y si esto te da antes de nacer, no te cuento lo que se inventará que no tuvo para dártelo después.

Asunto: CESÁREA (25-vi-1990).

El médico dice que estás tan bien ubicado que el parto será normal. Me hubiera gustado parirte pero he optado por una cesárea. La hemos programado para el próximo día 11, cuando aquel embrión de 2 o 4 milímetros será ya  un bebé de medio metro de largo y tres kilos y medio de peso. Tanto el médico como la matrona se han creído que trato de evitarme los dolores del parto, pero nada más lejos de la realidad, la verdadera razón de esta decisión es que el 11 de julio, por esa ley de las casualidades que gobierna el azar, papá y yo cumplimos años, y como su ciencia no puede garantizarme que tú puedas beneficiarte de esta ley, he decidido buscarle la trampa para que tú los cumplas con nosotros, y papá me ha aplaudido la idea. Ya imaginamos la escena del próximo año: los tres ante una gran tarta y apagando cada cual sus velas,  tú una, papá cuarenta y tres y yo cuarenta. ¿Cuarenta, te he dicho cuarenta? ¡Nada de eso! Veinticinco, cumpliré veinticinco. Estoy segura de que cuando nazcas me quitarás de un plumazo los quince años que esperé a tenerte.

El camarero sirvió los cafés y pedimos la cuenta. Pablo se fue a buscar a las abuelas que no querían perderse el evento por nada del mundo. Lucía subió a casa,

a recoger su neceser y a escribirle el último mensaje a su hijo antes de nacer. No había terminado cuando sonó el teléfono. Estuvo a punto de apagar el ordenador y salir sin descolgarlo. Era Pablo, para decirle que ya estaba abajo, pero ante la insistencia lo hizo.

—Buenas tardes. ¿Es el domicilio de Pablo Morales?

—Sí… sí… Aquí vive, pero no está. ¿Quería algo?

—Llamamos de la policía de tráfico. Necesitamos que un familiar vaya al depósito de cadáveres. Ha tenido un accidente y…

Lucía colgó el teléfono sin responder.  Su hijo le daba patadas nervioso, impaciente. Con las manos sobre el vientre para que se calmara vio los mensajes que con tanta convicción le había escrito y antes de cerrar el ordenador para llamar a sus abuelas los borró y escribió:

Asunto: FLECOS SUELTOS (11-VII-1990).

Querido Pablo: Papá y yo habíamos atado todos los flecos para que nacieras esta tarde y fueras el niño más feliz de la tierra, pero los flecos que nos configuran la vida son unos hilos tan finos, tan invisibles, tan frágiles, que alguno se nos quedó suelto y tengo que aplazar tu nacimiento hasta que con un dolor me avises de que eres tan grande tan grande que ya no cabes en mi cuerpo. Papá ha tenido que irse de viaje. Voy a despedirlo a la estación. Si me oyes llorar, no te preocupes, es de impaciencia por darte su primer beso.