Jueves, 20 de septiembre de 2018

La venda y la herida

A veces da la impresión de que en el origen está el menosprecio; esa puede ser una de las primeras claves. Luego tal vez venga una época de gloria, efímera como la vida misma. Y cuando esa apariencia vana queda superada por la dura realidad entonces viene el sentimiento de afrenta, muy ligado sin embargo al primero: se ha menospreciado porque se creía que por esa vía no se llegaba a ningún lado, que no había ni visos de poder alcanzar verdadero triunfo alguno, y se escogió otro cauce que en su momento pudo parecer el directo, por ejemplo, apoyar en la que en sus tiempos era opción ajena, pero asegurada, y sin embargo también esta última tuvo sus límites imprevistos y ahora todo ello nos mantiene en el vilo de la inseguridad y el desasosiego.

Se escriben estas líneas antes de que España juegue en octavos de final del Mundial de fútbol. Hubo una época en que ya sabíamos de antemano que España difícilmente pasaría de esa fase y, hasta de boquilla nos conformábamos, porque no esperábamos más. En el fondo se menospreciaba a la selección, que no era capaz de levantar ánimo ninguno, ni siquiera mayor controversia más allá de la barra del bar. Ni lo han vivido los jóvenes, ni lo recordamos casi los mayores.

El caso es que la sorpresa vino, y la firmeza de algunos equipos de la liga nacional -sobre todo uno- que no lo apostaban todo a jugadores extranjeros, por pura lógica, tuvo la consecuencia de un juego mágico que embelesó hasta a los más escépticos, hasta a los que no sabían nada de este deporte tantas veces tosco y tantas veces apasionante. Ganaron lo que nunca pensábamos ver que se ganara. Tuvimos ese sentimiento del que todos nos acordamos: desde el mismísimo sofá parecía que estábamos ayudando a que con la puntera de la bota de un portero ahora casi olvidado se desviara un gol seguro, o que estábamos empujando al de Fuentealbilla a dar ese trallazo que nunca se olvidará.

Quien quiera ser pesimista siempre tiene motivos para ello, y puede ver esos momentos de victoria solo como el momento previo a la caída. Pero ese es un callejón sin salida que nos lleva solo a un eterno bucle. Por pura supervivencia uno mantiene la esperanza, e incluso el atrevimiento, de pensar que el que tuvo retuvo, casi como el amo del barrio, con sus bravatas y todo. Y con parte de razón, porque todavía se alcanzaron resonados triunfos. Pero vino en su día la debacle de la que todavía no nos hemos recuperado del todo, aunque hasta hace poco parecía que sí.

Y con el fracaso siempre vienen sus más y sus menos, con gente por los alrededores que lo que hace es liar, quejarse y desviar la atención para seguir haciendo y deshaciendo a sus anchas, con su chiringuito de turno, grande o pequeño, aunque con la habilidad de hacer ver que siempre es enorme, y a la vez moralmente vacuo. En definitiva, todos sabemos que en el peor de los momentos se montó el pifostio y se alteró el orden de las cosas con el consiguiente descrédito y la segura desazón. Así hemos ido pasando con más pena que gloria. Y a saber lo que ha ocurrido ayer, de lo cual ahora no me atrevo a hacer pronóstico alguno. Sólo que me pongo la venda ya, por si acaso.