Martes, 18 de septiembre de 2018

Cuando decides no acumular más libros

Me estoy haciendo viejo. Apunto maneras. Rozo ya los sesenta. Y noto de forma inmisericorde una mortecina desilusión que se hace, cada vez, más habitual en mi rutina diaria. Además de los fuertes dolores nocturnos de los músculos gemelos y aductores cuando el relax produce inesperadas y agudas angustias. Además de eso, y de otras cosas que no vienen al caso, noto desapego cuando visito librerías, cosa harto común ahora en mí, cuando me introduzco en el maremagnun de los Best-sellers en las secciones de libros de los grandes almacenes. Ojeo los libros con detenimiento, pero ya no acuso el deseo opiáceo de metérmelo en vena. Con esta cursilada que acabo de escribir quiero decir que no me atosiga, hasta caer en la tentación, de poseerlo. Otro más, con todos los que tengo aún por leer…y lo vuelvo a dejar en el estante, con una melancolía que roza una suerte de desprecio que jamás hubiera creído poseer, dado mi sempiterno enamoramiento de la lectura desde chaval.

 Es cuando decido no acumular más libros, cuando de verdad siento el poco tiempo que me queda ya por devorar. Te vas dando por vencido poco a poco hasta el punto de que para que compres un nuevo libro tiene que pasar algo gordo, que te incumba y que ese libro lo cuente. No sé, en el mapa del tiempo de mi vida quizá el pronóstico sea nubosidad variable.

 O hacerme acepto de Jorge Bucay. Que es una opción.