La vida perra de un montador de cortinas

Messi es mi Dios. O era, la verdad es que me lo estoy pensando. Yo siempre iba con Argentina. Y Caballero, el arquero del mundial 2018, es uno de mis favoritos. Alto, guapo, físicamente habilitado en un cuerpo perfecto. Un perdedor en momentos clave. Pero los perdedores son oro puro para el devenir de la humanidad. Yo soy de esa peña.

 Soy montador de cortinas y un verdadero especialista en las de Luis XV. Mi esposa aplaude mi talento. Lo que ocurre es que todo el mundo pone estores en las ventanas. Las cortinas de asombro no están de moda y me paso las noches soñando que todas las noches del año son noches de San Juan y que, ayudado por Santa Claus, me meto en todas las casas, arranco los estores y los llevo a una gran hoguera…y es cuando comienza mi verano feliz y ya, después, todo en mi vida es bienvenido.

 Esas cosas sueño yo, un montador de cortinas, que puso una tienda de zapatos de gamuza azul en Namibia y que cuando acaba de lavar el coche, se pone a llover. Así soy yo, un montador de cortinas de cuando Lord Byron escribió El paraíso perdido de John Milton, o cuando Bécquer le buscaba acomodo en la cabeza a una cursilada sobre golondrinas.

 Cortinajes que hoy sólo aparecen en la decoración de las obras de teatro ambientadas en el siglo XIX, con señoras perfumadas y finalizadas por arriba con tocados góticos y obtusos. Esas son las cortinas que yo bordo. Por eso odio los estores, no tienen alma de artista, como yo; los odio y los odio y los odiaré siempre, como un artesano zapatero odia las chanclas.

 No les aconsejo que acunen, acicalen y abracen el odio con tanto entusiasmo. Pero es mi vida: la de un montador de cortinas en el mundo de Messi. ¡Cojones tiene la cosa!.