Martes, 25 de septiembre de 2018

La soberbia de los gobernantes

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Las conductas del algunos de los máximos gobernantes mundiales durante los últimos días han puesto de manifiesto la soberbia con la que a veces se trata a los ciudadanos. Donald Trump, violando los tratados y convenios internacionales sobre derechos humanos, ha implementado una política migratoria xenófoba en USA que ha recibido duras críticas, no sólo en las filas de políticos del partido demócrata sino también de algunos mandatarios republicanos de Estados Unidos, la reprobación de Naciones Unidas, la condena del Papa y el rechazo de algunos gobiernos de países democráticos, porque con la aplicación de esa política, las autoridades norteamericanas han procedido a separar a hijos menores de edad (hasta 2.300 desde el 19 de abril) de los padres, debido a que éstos  y sus hijos han entrado sin documentación y de forma irregular en USA.

Aunque Donald Trump haya rectificado, firmando una orden para frenar la separación de los niños de sus familias migrantes, es abominable que siga habiendo mandatarios así en pleno siglo XXI y, precisamente, de un país que es cuna del pacto social por la democracia y la libertad, como así lo manifiesta la declaración de derechos de Virginia, de 1776, en la que se reconoce que todas las personas tienen derechos naturales que les son inherentes y de los que no pueden ser privados. Todas las personas son libres e independientes. ¡Quién lo diría!

Pero no se queda sólo en Trump el comportamiento soberbio y de bajo nivel de ética política que manifiestan ciertos gobernantes. También el presidente francés, Macron, ha demostrado carecer de algunos de los atributos que debe tener un buen gobernante. No parece adecuado ni proporcionado el comportamiento que tuvo con un joven que formaba parte de los ciudadanos presentes en un acto protocolario del ejecutivo francés. Cuando Macron iba saludando a los ciudadanos presentes, el joven le dijo al presidente: “¿Qué pasa Manu?”. La expresión  del chico no sentó bien a Macron, quién le recriminó por no llamarle señor presidente o simplemente señor. Macron, además de espetarle al chico que hacía “el imbécil”, le dijo que aprendiera a tener primero un diploma antes de hacer la revolución. El gesto de Macron no fue, desde luego, respetuoso con el joven. Parece que Macron olvida que los ciudadanos tienen derecho a expresar libremente pensamientos, ideas y opiniones y no creo que faltase al respeto el joven a presidente por bromear y decirle lo que le dijo. Es una expresión coloquial y amistosa. Quién no demostró estar a la altura que se le exige, fue el presidente de la república francesa.

Al igual que Estados Unidos, Francia es un país precursor de los Derechos Humanos y de los ideales de libertad, igualdad y fraternidad proclamados en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789. Por muy presidente que sea Macron, está obligado a cumplir con la normas y respetar las libertades de los ciudadanos, también la de que estos expresen sus opiniones ante el presidente, siempre que esas expresiones no lesionen o pongan en peligro su honor y dignidad personal. Y no parece el caso. ¿Qué dirían entonces algunos ex presidentes españoles, como Zapatero o Rajoy u otros mandatarios (alcaldes, diputados, senadores o ministros) que han sido abucheados en actos oficiales que han presidido?

Para finalizar, también ha sido ética y políticamente reprochable la actuación del ministro de interior de Italia, Salvini, de la Liga Norte, en relación al cierre de fronteras a la ingente cantidad de refugiados que desembarcan en las costas italianas y que huyen de las guerras, la intransigencia, el horror, las torturas y el hambre que asola a muchos países de África y Asia.

Un ministro de un país perteneciente a la Unión Europea debe asumir las políticas comunitarias, porque forman parte de la normativa internacional que los países miembros están obligados a incluir en su derecho interno. No es el mejor ejemplo que se puede dar a los ciudadanos. La xenofobia, el racismo y la exclusión del disidente son políticas que la UE debe rechazar, de lo contrario se socavarán los cimientos de creación de la Europa unida que tan buenos resultados a dado a los países que la componen.