Jueves, 20 de septiembre de 2018
Ciudad Rodrigo al día

Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (8): Mariano Paíno Moreiro (in memoriam)

Mariano Paíno Moreiro nació el 18 de octubre de 1912 en el hogar de sus padres, sito en la actual Calle Flor de Navasfrías

La colaboración de Mariano Paíno Moreiro como “archivo viviente” fue solicitada en 2007, cuando ya estaba lanzada la investigación sobre la represión franquista en la zona mirobrigense y el informante llevaba a cuestas con alegría sus 95 años de vida, tanto que se alargaría todavía otros 28 meses, hasta su fallecimiento por causas naturales (Salamanca, 13/12/2009). Sin embargo ya no insistimos demasiado en obtener información más amplia después de una grabación en presencia de sus hijas María de los Ángeles y Sagrario (Navasfrías, 22/07/07). Ello se debía en parte a que hubiera sido redundante, pues de cara a las IV Jornadas de El Rebollar de 2009 su nieto Francisco Javier Morales Paíno desarrollaba una semblanza personal, titulada: “Historia grabada en mis recuerdos. Memoria de una supervivencia. Puchero Zarceño (1912-1945)”. Ya tenía carácter de recordatorio cuando fue publicada en los Cahiers de PROHEMIO (XI, 2010, 95-114). Para una información detallada remitimos a este excelente trabajo sobre los testimonios orales, que aquí tendremos en cuenta para este sucinto esbozo, así como otros datos llegados a través de la misma fuente y que fueron aportados por las mencionadas hijas del biografiado.

Mariano Paíno Moreiro nació el 18 de octubre de 1912 en el hogar de sus padres, sito en la actual Calle Flor de Navasfrías. Sus progenitores fueron Francisco Paíno Almaraz y María Moreiro, ambos navasfrieños por naturaleza y vecindad, portadores de apellidos arraigados en la localidad y, por deducción, relacionados con informantes conocidos de la misma. En concreto, por vía materna,  Mariano estaba emparentado con un “archivo viviente” ya descrito (25/01/2018), Mauricio Moreiro Ramos, nietos ambos de otro Mauricio Moreiro, “carretero” (constructor de carros) y de Regina Clemente. Él fue el tercero de los seis miembros que completaban la fratría: Cándida, Mercedes, Ángel, Felisa y Esperanza. De abuelos a nietos, el grupo de parentesco, sin ser dueños de latifundios, tenía tierras suficientes para desenvolverse con cierta holgura en el sistema económico  tradicional de explotación de la tierra: la labor y la ganadería. Esta fue la ocupación principal de Mariano, que ocasionalmente no escapó al expediente habitual en la Raya que constituía el contrabando, en cuya actividad se inició desde niño al lado de su padre. Era una tarea que no tenía nada de romántica, sino de laboriosa y peligrosa faena, por la vigilancia de carabineros y guardias civiles, que no se andaban con chiquitas para disparar al cuerpo, cuando los macuteros emprendían la fuga al echarles el alto.

Recibió instrucción en la escuela primaria local entre los 6 y los 12 años, con el maestro Primitivo Montero, a quien recordaba con afecto, a pesar de que su pedagogía no se salía del tradicional reparto del pan y del palo. Después asistió a las clases nocturnas, al término de las cotidianas faenas agrícolas y ganaderas. De allí le vendría “el profundo amor por la lectura”, que pone de relieve su nieto. En su juventud no debió de señalarse por una marcada ideología. Católico por tradición, recibió instrucción religiosa del párroco y poeta Matías García (“Azabeño”), que más tarde lo casaría, y no destacaba precisamente por sus inclinaciones republicanas. No estuvo afiliado a ningún partido político ni asociación sindical, aunque, más por amistad que por convicción personal, asistió a las reuniones de la Casa del Pueblo, ubicada en la segunda planta de lo que hoy es el Ayuntamiento. Entre sus amigos más íntimos se contaba Domingo Ramos Navais (padre del alcalde en funciones en 2009, Celso Ramos Blanco), que sería procesado al final de la guerra. Este era hermano de Ángel Ramos Navais, concejal republicano, reformista convencido, y a su vez yerno del alcalde León Almaraz, que compartía apellido con María Almaraz, abuela paterna de Mariano. Los dos ediles serían perseguidos con saña al inicio del Movimiento y tuvieron que a huir a Portugal, de donde Ángel prolongaría su andadura hasta Brasil, después de la muerte de su esposa, Petra Almaraz Marcelino (1937), a consecuencia de enfermedad y malos tratos. “El ti León” siguió emboscado en la Raya hasta los años cincuenta.

En el régimen de vida de Mariano, dentro del ciclo alternativo del trabajo y la fiesta, cuya manifestación principal eran las capeas en los pueblos rayanos de España y Portugal, a las que era asiduo, no hubo grandes sobresaltos hasta el servicio militar, a no ser la mortífera pandemia de 1918 (la llamada “gripe española” en Francia, de procedencia norteamericana y china), que no causó estragos mayores en la familia Paíno-Moreiro. Cumplió dicho servicio en Zamora  (1933) y Asturias, donde se licenció después de la “Revolución” de 1934. La experiencia del  primer destino solamente le aportó la rutina habitual en un batallón de Infantería, pero cuando los quintos pensaban volver a sus lugares de origen, fueron llevados a sofocar la revuelta de los mineros asturianos, con la misión concreta de controlar la región de Mieres y vigilar algún pozo de carbón. Sofocada la revuelta, los soldados regresarían efectivamente a sus hogares. En Navasfrías, Mariano reanudaría la vida de antaño, pero el ambiente se había enrarecido y su familia era de las que podían sentirse señaladas por las aspiraciones reformistas y radicales de los “comunistas”. Ya cernía la guerra civil, que, a penas declarado el estado de guerra contra el gobierno de la República en Salamanca (19 de julio de 1936), se tradujo por una movilización de las quintas de 1932 a 1934, que se le llevó por delante tres años de la vida de Mariano, en el ejército franquista, sin más vueltas al hogar que los eventuales períodos de permiso.

Su renovada andadura militar se inició en el Regimiento de La Victoria, en Salamanca,  después fue destinado a Zamora, donde le dieron los pertrechos de guerra, y más tarde al frente de Madrid. A continuación descendió al Sur para integrarse en el ejército marroquí, con el que ascendió por Extremadura para participar en la batalla de Madrid (otoño de 1936 al invierno de 1937), en la cual, además de asistir a escenas que hubiera deseado no ver, fue herido en un brazo. Fue curado y convaleció en Cádiz, durante dos meses, al cabo de los cuales regresó al frente de Madrid, donde pudo visitar a su hermano Ángel, destinado en Cuatro Vientos, antes de tomar parte en las batallas de Brunete (julio de 1937), Teruel (invierno de 1938) y el avance franquista hasta la costa de Castellón (abril de 1938), campaña en la que estuvo a punto de ser herido de muerte.  Después participó en acciones menos arriesgadas en la provincia de Córdoba (enero de 1939), antes de ser enviado a Aragón y participar en la ocupación de Barcelona y Cataluña entera, y después de nuevo al frente de Madrid (marzo de 1939), donde estuvo otra vez en un tris de perder la vida en Ciempozuelos, a causa de una bomba que cayó a su lado en una taberna. Se enteró de que la “la guerra había terminado” en Ciudad Real.

En el recuento de todos estos episodios marciales y hecha abstracción de las amistades duraderas de camaradas de Navasfrías y de pueblos aledaños, solo guardaba un recuerdo placentero, que de hecho era anterior a la participación en actividades bélicas. Justo al incorporarse a la movilización, en el viaje en tren de Ciudad Rodrigo a Salamanca había conocido a la que sería su “madrina de guerra”, que entonces regresaba a San Sebastián y con quien solamente mantendría una relación epistolar.  Habida cuenta de la talla habitual entonces, el soldado Paíno Moreiro era de estatura mediana y de constitución ligera. Según las pesquisas de su nieto, no era mal visto de las mozas de su pueblo, que “[lo] apodaban como el Puchero Zarceño, por su tez ennegrecida tras las inagotables faenas agrícolas bajo sol serrano”. De hecho, por entonces ya tendría novia formal.

Al término del conflicto, Mariano se encontró en Navasfrías con una situación que, lejos de mejorar, había empeorado, como era de temer. En el plano laboral, trató de escapar de las rutinas agrícolas y ganaderas, así como del recurso al comercio ilegal del contrabando, que, más allá del ruinoso trasiego habitual de productos de primera necesidad y ya en el contexto de la II Guerra Mundial, supuso una relativa prosperidad para algunos navasfrieños y payengos con la fraudulenta extracción del “mineral” (la golfa, o wolframio) en las minas. El truco consistía en pasar de Portugal producción que se vendía a los alemanes con la que se extraía en Navasfrías y El Payo. Él hubiera preferido ingresar en la Guardia Civil, pero la operación se vino abajo por “antecedentes penales”, presuntamente relacionados con estas actividades ilegales anteriores por parte de su padre. Sus méritos personales en una interminable campaña bélica no le sirvieron de nada.   

Esto no le impidió llevar a cabo su proyecto de vida personal. Al filo de 1941 contrajo matrimonio con María Moreiro Marcelino, “su amor de toda la vida”, de quien era novio antes de la guerra. Para ello tuvo que resolver un obstáculo canónico, pues por ser primos, necesitaban una dispensa papal que costaba lo suyo, tanto que el futuro esposo amenazó al obispo de Ciudad Rodrigo con "arrejuntarse" en lugar de casarse, con lo cual el segundo se avino a una rebaja, pero no sin soltarle algunas ásperas consideraciones morales. Con estos pronunciamientos favorables y a su debido tiempo, los contrayentes tuvieron cuatro hijos, dos varones y dos niñas, que, como sucede a menudo en estos pueblos de escaso repertorio de patronímicos (consecuencia a su vez de la endogamia), llevaron apellidos coincidentes con los del padre: Sagrario, Mariano, María de los Ángeles y Luis Paíno Moreiro.  

Mariano estuvo a punto de sucumbir a los cantos de sirena de la emigración a Francia a principio de los años 50, aprovechando el reclamo de un primo asentado en el país vecino. Pero este salto casi siempre suponía una primera salida del cabeza de familia, para ver si “pintaba”, y si el experimento era positivo se desplazaba el grupo familiar al completo. El plan entrañaba un riesgo de separación, al menos temporal,  que no sedujo a la esposa. Ella prefería “tener menos pero juntos”, y el asunto quedó  zanjado. De modo que la mayor parte de la vida de Mariano transcurrió en Navasfrías, en su domicilio de la Calle Calvario, aunque las obligadas prestaciones del servicio militar y la guerra lo llevaron a recorrer casi el país entero en su juventud y los hogares de sus hijas en Salamanca y Hospitalet en su vejez. Esto último ya sucedió al cabo de otra dura prueba, como fue el fallecimiento de su compañera de fatigas en 1990, después de una penosa enfermedad. Entonces mostró una solidaridad conyugal  y una eficacia que eran fruto de la experiencia adquirida en la paz y en la guerra, las cuales también le permitirían valerse por sí solo durante bastantes años, aunque la viudez le llegó cuando ya él mismo podía considerarse viejo.

 La convivencia en Navasfrías en la posguerra no debió de suponer un problema para este buen vecino, que no volvió del frente con cuentas pendientes ni guardó rencores por posibles divergencias en el período republicano. Podría haberlas tenido con los antiguos sindicalistas e izquierdistas locales, vueltos algunos de la emigración exterior antes de 1936, como era el caso del único navasfrieño que fue eliminado por vía extrajudicial en el verano sangriento, cuya identidad quizá nunca se hubiera dilucidado de no ser por el certero testimonio de Mariano en 2007, después de más de 30 años de pesquisas. En la Represión franquista se ofreció precisamente esta laboriosa indagación como ejemplo de la necesaria complementariedad entre los testimonios orales y la documentación de archivo para la recuperación de la memoria histórica (Iglesias 2016: 40-41). Gracias a la información de un antiguo jefe local de Falange en 1973 se tuvo noticia de que un vecino del pueblo había sido detenido por no querer entregar una pistola y desde entonces había “desaparecido”. Cuando en 2005 se quiso identificar y hallar el paradero de esta persona, solamente se pudo confirmar por otros testimonios que los falangistas lo habían llevado a Ciudad Rodrigo y allí lo mataron agentes desconocidos, sin que existiera la menor idea de dónde estuviera enterrado. Mariano era de los informantes que conocían su parentesco con la familia de “los Mosquitas”, cuyos miembros fueron de los vecinos que, en los años cincuenta (cuando la guerra de Corea, 1950-1953), emigraron a Bilbao u otros lugares del norte, sin dejar rastros en su pueblo de origen. Y además recordaba que la víctima en cuestión tenía unos 50 años cuando lo mataron, había vuelto de Francia, de donde había traído una pistola que no quiso entregar y era socio de la Casa del Pueblo. El archivo municipal de Ciudad Rodrigo ha revelado su identidad completa: Félix González Alfonso, “detenido militar” de Navasfrías, recluso en la cárcel del Partido de Judicial, de donde fue sacado para su ejecución extrajudicial en la finca de Campanilla el 25 de noviembre de 1936, según el informe policial de 1979.

Mariano fue un buen archivo viviente,  eficaz, de buena memoria, disposición y trato llano, sin posos de amargura y rencor en sus recuerdos del pasado. Sin duda en ello se confirmaba el acertado retrato moral que su nieto F. Morales Paíno, dejó en el artículo arriba mencionado, donde, con legítimo orgullo, lo pinta como un héroe en una retrospectiva contextualizada, cuya última pincelada era esta:

“(…) Mi abuelo nunca se sintió vencedor de nada ni de nadie, para mí, simplemente es el mejor de los supervivientes, el espejo en el que intentar si quiera maquillarme, la mejor persona que he conocido y conoceré siempre. Aquel que en el año 1936 salió por primera y última vez a un largo viaje, con una pequeña bolsa de equipaje y las balas…esas, en una guerra mejor que no falten, vio cómo los campos de toda España se volvieron espectáculo y teatro de variopintas atrocidades. Desde que volvió a casa ya en el año 1939, pagó como el resto su pena, la suya en el purgatorio de la cárcel a la que condenó este país una dictadura que nació del miedo y del odio entre españoles, autoritaria, firme, que intentó borrar del pasado todo lo que no tuviera que ver con lo que comulgaba, y más aún pagó otro tributo de por vida, éste sin duda el más importante, aquel que da el recuerdo crónico, recurrente, de disparar a un hermano, el ver caer amigos, enemigos, hombres todos en definitiva, unidos sólo en aquel entonces en derramar el rojo de su sangre”.