Miércoles, 15 de agosto de 2018

En el final de curso

Más allá de la actualidad, de los vaivenes políticos, de los cambios de gobierno, de todo lo que es el tráfago que el presente nos trae, vivimos –personal y colectivamente– en un tiempo cíclico, arrastrado eso sí por la secuencia del tiempo lineal imparable, que suele estar marcado curiosamente por lo que es el curso escolar.

Y es el curso escolar el que marca el devenir de la existencia de casi todos, de cada familia, tengan hijos o no. Los días en que no hay colegio se nota en el ritmo de la ciudad, pues languidece, no aparecen las prisas de la primera hora, de la entrada en la escuela o el instituto. Y todo esto cómo se nota, a poco que nos paremos a reparar en la dinámica diaria.

Como también se nota estos días esa dinámica del final de curso, sobre todo, con la realización de las pruebas de acceso a la universidad (que cada dos por tres cambian de nombre) de los alumnos y alumnas que han aprobado segundo de bachillerato.

El verano parece querer llamar a las puertas de todo, como transición entre uno y otro curso, entre uno y otro eslabón del transcurrir del tiempo de cada uno. El verano como gran domingo del año, como tiempo al margen de todo aquello que nos jugamos, personal y colectivamente, en nuestras vidas.

No pocas de mis mañanas, voy al archivo histórico provincial a realizar pacientemente una labor de investigación que siempre es muy lenta. Hay días que sentimos que solo llevamos paja a casa, tras una mañana de hurgar en legajos y en folios. Algunos otros, más afortunados, descubrimos entre todo ese enmarañado bosque de papel alguna que otra perla. Y, entonces celebramos los hallazgos como verdaderos tesoros encontrados.

A media mañana, descanso un rato y me encuentro en la plaza a la que da el archivo a alumnos del instituto que está al lado, donde me jubilé de mi profesión docente. Me encuentro un corro de alumnos con los que me pongo a charlar, de literatura, de cultura, de la vida, de lo que la ocasión propicie. Me gusta plantearles cuestiones –a raíz de un libro, de una anécdota, de cualquier hecho–, para que piensen, para que activen el juicio.

¿Sabéis qué es una parábola? –les digo, por ejemplo–; y les pongo el ejemplo de un breve texto del escritor abulense José Somoza (perteneciente a la segunda escuela de Salamanca, con José Cadalso, Meléndez Valdés y otros) en el que una mujer, en su pueblo, mantiene su tiesto con flores en el balcón, mientras cambian los avatares políticos y sociales, de los que ella no se entera, pues está siempre ocupada en su pequeño mundo, en mantener florida su maceta.

Toda una parábola –les explico al corro de alumnos en su recreo de media mañana– de cómo, pese a todo lo que ocurra fuera, en nuestro entorno, lo importante es que nos dediquemos a cultivar nuestro existir, a mantener viva esa planta, esa flor, que no es otra cosa que nuestro pequeño mundo. No hay que desentenderse de todo lo demás, claro está, pues es imposible. Pero no hemos de olvidar nuestra esencial tarea.

El corro de alumnos se queda pensativo y, a su modo, agradece las palabras. Es importante que los adolescentes y los jóvenes no vivan en el vacío. Es decisivo para todos que les enseñemos a ser juiciosos, a que nunca abandonen su propio cultivo humano, pues solo así la sociedad podrá volverse más digna.

En el transcurso del tiempo cíclico, marcado por los cursos escolares. En el transcurso de la vida, de cada uno y de todos.