Miércoles, 15 de agosto de 2018

Gramática de la compasión

Somos animales éticos porque somos finitos y contingentes, porque el sufrimiento (el propio y el de los demás) es una presencia inquietante. En último término, la ética no tiene sentido ni por su fundamento (que no posee), ni por su normatividad (puesto que no da normas), sino por la compasión.

Joan-Carles Mèlich

Al margen de los órdenes normativos vigentes en la gramática que nos ha tocado en suerte, la ética es una relación compasiva, una respuesta al dolor del otro.

Joan-Carles Mèlich

Somos lo que hacemos, nos recordaba Aristóteles. Ese hacer no brota de los grandes códigos, ni de la reflexión, sino de esa red  que nos teje a todos y que se solidifica en la actividad, en el pensar de seres humanos. El Èthos es fruto de lo colectivo para facilitar la convivencia, pero en él se va conformando lo individual y confortando en sus contradicciones (E. Lledó).

Ya en los poemas de Homero se pueden descubrir esos proyectos ideales que sobrepasan el espacio de lo natural para crear una convivencia cultural y de vida. La paz y la guerra, las relaciones de poder, el dominio sobre los hombres y las cosas, en los poemas surge un lenguaje que busca superar la violencia y poder encontrar la armonía en la vida en común hacia la Polis.

Platón subrayaba que la vida de la Polis surge cuando descubrimos la indigencia, la capacidad de asociarse con otro por la necesidad, llegando a vivir juntos en la misma morada para asociarse y auxiliarse. El vivir juntos es situarse al otro lado de la violencia, es por lo tanto la base de la organización de las sociedades. Después de la organización, una red de historias, costumbres mitos, hábitos, ritos, han ido entretejiendo nuestra gramática cultural y biológica hasta forma lo que somos.

A pesar de todo, nunca habitamos del todo nuestra casa, somos como extraños en el mundo, ante al desarraigo existencial debemos resituarnos en cada momento, ante ese “otro” que nos habita. Somos naturaleza, lo que nos han dado, lo que hemos heredado o encontrado, pero queremos ser de otro modo, ir más allá, transcender, inventar nuevos parámetros de nuestra existencia.

A diferencia de la naturaleza, que estaría en el ámbito del poseer, del mundo; nuestra verdadera condición es la vida, que se elabora uno mismo, con los demás, con y contra el mundo. Habitando el propio mundo, el individuo se proyecta fuera de sí, sacrificándolo en favor de la vida del rostro del otro. Desde aquí podemos comprender que la Ética no forma parte del mundo, sino de la vida. Es un horizonte que nos hace salir de nuestro propio centro y que nos proyecta a ese ideal caminando entre ambivalencias, entre las luces y las sombras hacia la auténtica felicidad.

Mediatizados por nuestro mundo posmoderno y nihilista, esa realidad donde todo es posible, nada es verdad ni mentira, sino interpretación. El triunfo del nihilismo, supone no sólo la destrucción de los valores supremos (muerte de Dios), sino el triunfo del ente que alumbra el final de la metafísica vigente desde Platón.  Mueren todas las secularizaciones o sustitutos de Dios: la humanidad, la razón, el proletariado, el principio esperanza, los fines últimos y absolutos, la utopía, etc. Se presentan al pensamiento muchos dioses, el nihilismo es ante todo es politeísta, se despliega en numerosos valores. Como decía Nietzsche, no hay “un arriba o un abajo”, no hay una Verdad y esto produce inseguridad, incertidumbre y temor, ya que el mundo se nos da en toda su crudeza y sin un horizonte.

Esta realidad no implica que no pueda existir una Ética. Ésta puede ser posible desde la finitud humana, con muchas dudas, caminando por un senda oscura y distinta, sin alcanzar verdades firmes y seguras. Para nuestra sociedad nihilista proponemos una ética de la compasión (Carles Mèlich), que no es una ética de las fidelidades ni de las obediencias, sino de las transformaciones, las perplejidades y los silencios. Es una ética narrativa, que pone un énfasis en el espacio de la intimidad y en la cercanía mutua. La ética de la compasión subraya la situación concreta que es la forma básica de la existencia.

Ésta ética es posible desde el factor biográfico, tanto desde el punto de vista del que sufre o desde el que responde al sufrimiento, con ello no hay principios universales válidos que sirvan de referente para la acción. Tampoco se puede prescindir de la ambigüedad y la incertidumbre (Bauman), frente a las “ideas claras y distintas” de la metafísica, la ética de la compasión se despliega entre los tonos grises y ambiguos. Por último, es una ética de la ausencia, el individuo está habitado por ausencias que nunca podrán estar presentes, deudas que uno no ha contraído, huellas y marcas que no permiten instalarnos de una vez por todas, rastros de los que nos han precedido. De ahí de dificultad de poder integrarnos en nuestro espacio y tiempo habitado, los rostros del pasado se nos hacen presentes en los momentos más insospechados. Por ello es imprescindible en esta ética hacer memoria y ejercitar el don.

La ética de la compasión no es una ética de la piedad, es una de las formas que adopta el poder (A. Camus). La piedad se ejerce desde arriba, desde el ámbito público. La piedad es una compasión pervertida. La ética de la compasión quiere responder a la interpelación ajena, a la presencia y a la ausencia del otro, a su apelación y a su demanda. Sin a priori, ya que hay manera de saber la respuesta antes de que se haya producido la interpelación, solo puede existir desde la situación concreta y la experiencia, desde la biografía (Carles Mèlich). Esta ética de la compasión tiene que descansar en una antropología corpórea, que incluye lo inmanente y reside en él, pero en constante tensión con lo transcendente.

La base de la ética de la compasión no se fundamenta en el bien, el deber, la dignidad, sino en el sufrimiento, la sensibilidad y la compasión frente al dolor de los demás. Esta ética hunde sus raíces en todos aquellos filósofos que tienen en cuenta el sufrimiento humano. Aquello que nos convierte en humanos no es la obediencia a unas normas o un código universal, sino el reconocimiento de la radical fragilidad y vulnerabilidad de nuestra condición, el hecho de que no podemos eludir el tener que responder ante el lamento de aquel otro doliente que me encara y me apela. Siguiendo el Evangelio de Lucas, Mèlich afirma que lo importante no es quien es mi prójimo, sino de quién soy prójimo yo, quién apela a mí con su sufrimiento.