Miércoles, 15 de agosto de 2018

Tres versiones venezolanas de una sola emoción

José Pulido en el balcón del Ayuntamiento de Salamanca

Con especial deleite acepté realizar la presentación de tres poetas venezolanos que, a su manera, representan la buena poesía que crecientemente se escribe en Venezuela. Son además tres poetas de mi afecto, a los que he seguido con especial interés.

De José Pulido puedo afirmar que es uno de los mejores exponentes de la poesía urbana latinoamericana. Su obra es un permanente canto citadino a esa horrible ciudad que es la Caracas de la Revolución Bolivariana. Nuestro poeta es un transeúnte permanente. Como peregrino impenitente y reiterado, anda y desanda las calles y avenidas de su entorno urbano para descubrirse descubriendo, revelando circunstancias inauditamente cotidianas, la presencia, anodina o indeseada, de un conjunto de seres del común, inocuos, irrelevantes para los demás, que pasan por la vida para vivirla biológicamente, sin mayores preocupaciones, como vaya viniendo, tal como se presente día a día. El escritor eleva a la categoría de protagonistas de su feroz y descarnada poesía a unos ciudadanos variopintos que, a su vez, también deambulan, moran, se estacionan, duermen, orinan o defecan en las explanadas, calles o vericuetos de una vecindad, de un barrio, de una urbanización que por más que por voluntad propia, por necesidad, han convertido en pequeña patria . Poema tras poema, van apareciendo inusitados personajes que dejan por instantes sus inveteradas rutinas para obtener unas líneas de gloria en los versos de un poeta que es, él mismo, una gran avenida de la existencia ajena. Ojeroso de insomnios, el poeta implora en cada poema la infinita bondad del Señor, en una plegaria personal que busca salvarlo de su impenitente condición urbana.

Carmen Cristina Wolf va de afuera hacia adentro, incorporando a sus rincones personales un biombo etéreo, una pared arrebatada, que construye con ladrillos de nube, rememorando a sus místicos  poetas. La poetisa – como gusta de llamarse  - es tributaria de Sor Juana Inés de la Cruz, de Teresa de Ávila o de San Juan de la Cruz. En efecto, nuestra poetisa, es capaz de elaborar un fiel retrato de la bienvenida cotidianidad, cantándole a sus manos que,  sin fatiga,  han servido para mimar, saludar, arrullar, tejer, doblar, planchar, confortar, fregar y cocinar el pan cotidiano que convoca a la mesa a su acariciada y siempre presente familia. En su celebrado poema que demanda la atención de su amado,  expresa a cabalidad las ganas de amar y ser amada. En el poema que antologamos es ahora el viejo caserón de la familia el que apellida querencias y fantasmas, afectos y recuerdos, y sirve de telón a la  mística poetisa, quien - levitando  - ve, con los ojos del espíritu, la querida casona familiar que permanece física, vigente y actual, aún sin ella que desanda otros vecindarios sin paredes ni techumbres.

José Tomás Angola es difícil de asir en su expresión poética, su obra es urbana e intimista, experiencialista y transgenérica. Va y viene de lo que le ocurre y no, de lo que se imagina y pergeña para que él mismo o alguno de sus otros personajes de su poesía escénica exprese un sentir, una emoción,  que puede no ser propia o no ser  de nadie.  La poesía de Angola es siempre una apuesta: un gambito: puede que ganemos o perdamos;  él estará siempre impertérrito como el gélido crupier de un casino sin propietario que dice tajante e indiferente: no va más.  Hacerse viejo  / es de gente impaciente, / así que no te creas el desfile de los calendarios. / Siempre mienten, / engañan para hacerse los importantes, /  como los malos amantes. / Huye de la arena del reloj…” Y nosotros esperanzados, escurrimos el bulto poético, evitamos la letra evidente, pasamos la mano,  quebramos los relojes, y esperamos -  cándidos - creerle al poeta -  a fin de que la puta vida  nos acompañe un momento más. ¡Joder José Tomás!

Viloria es coordinador de la Cátedra Venezuela. Universidad Metropolitana de Caracas