Sábado, 18 de agosto de 2018
Ciudad Rodrigo al día

Homilía del Obispo Raúl Berzosa en el funeral de Antonio Vicente Oreja

“D. Antonio era cariñoso y familiar, generoso y obsequioso con los demás, servicial y cumplidor del deber, buen compañero y de trato y carácter muy agradables”

Querido hermano D. José, Amigo y Obispo; queridos hermanos sacerdotes, especialmente los que servís en este Arciprestazgo del Águeda; querido Diácono; queridos familiares de D. Antonio, su hermana política Beatriz, sus queridísimas sobrinas María Eugenia, Piedad y Meli, sus esposos Marcial y Alejo, y los resobrinos: Ana Eugenia, David, Javier y Noelia; queridas consagradas; queridos todos:

Hacía tiempo que sabíamos de la grave enfermedad de D. Antonio. Él lo intuía, pero hasta el final, quiso luchar por la vida. Y, si es verdad que uno muere como vive, D. Antonio, profundamente piadoso y religioso, en sus últimas palabras audibles, antes de ser sedado, cantó Gregoriano y se durmió con el rezo mariano de “Regina Coeli Laetare” y el “Acordaos” a la Virgen María. No podía ser de otra manera: me recordaba María Eugenia que todos los días, antes de cenar, rezaban juntos el Santo Rosario. Cuando lo visité el miércoles pasado, como en otras ocasiones, recé en él y por él, y le signé con la señal de la cruz salvadora.

Ya el viernes, antes de las confirmaciones en Espeja, le dije a María Eugenia que rezaríamos en la Misa por él; y justamente al salir, me llegó la noticia de su fallecimiento por boca del Vicario Pastoral, D. José Manuel. Volví a llamar a María Eugenia, su querida sobrina, y me dijo: “D. Raúl, ha muerto un primer Viernes de Mes, y lo enterraremos en sábado, un día mariano. ¡Qué suerte!”…

Se nos ha ido al cielo, en breve espacio de tiempo, otro sacerdote ejemplar civitatense. Cariñoso y familiar, generoso y obsequioso con los demás, servicial y cumplidor del deber, buen compañero y de trato y carácter muy agradables, fino y educado, elegante y detallista. Como también lo fue su hermano sacerdote, D. Anastasio, tantos años párroco de Sancti Spíritus, con quien felizmente compartió muchos años de su vida y de su ministerio.

Me han informado que mientras D. Anastasio era un buen pastor, D. Antonio, además de pastor, llegó a ser un buen experto en Biblia, sin duda gracias a sus conocimientos de lenguas clásicas.

Permitidme también que recuerde algunas notas biográficas de D. Antonio, que reflejan su amplio y gran trabajo ministerial durante 90 años de vida. No quiere ser un panegírico sino un estímulo para seguir creyendo y trabajando como él, con alegría y con constancia.

Nació en Martiago, en 1928. Ordenado sacerdote en 1953. En dicho año, fue nombrado Coadjutor de Abusejo y, en 1954, Ecónomo de Martín de Yeltes. En 1955, también encargado de Ivanrey y, más tarde, de Castraz de Yeltes. También, en 1955, Formador y profesor del Seminario Menor Diocesano. Desde 1962 sirvió como Vice-Consiliario de los jóvenes de Acción Católica y de la Rama Femenina de Acción Católica, además de ser Director espiritual del Internado de S. Isidoro. Desde 1978, ejerció como Profesor de Lengua y Literatura de la escuela profesional “Tierra”, de Ciudad Rodrigo, y en el colegio Santa Teresa. Desde 1993, dio clases de Griego en el Seminario Mayor Diocesano. En 1995, fue nombrado Confesor Ordinario de las Religiosas Siervas de Jesús del Cottolengo. Y, en 1996, Director Espiritual para el Curso Introductorio del Seminario Mayor. En 1997, fue nombrado Confesor Ordinario del Monasterio del Zarzoso. Participó, en varias ocasiones, como Miembro del Consejo Presbiteral Diocesano. Como sacerdote jubilado, frecuentó y celebró, en los últimos años, en la Parroquia del Salvador en Ciudad Rodrigo y, los veranos, viviendo en Martiago, celebró en las parroquias del Arciprestazgo de Águeda.

Con D. Antonio mantuve muchas y profundas conversaciones. Le gustaba la literatura y la mística. Era un humanista y un hombre de letras. En cierta ocasión, con motivo de su cumpleaños, 6 de Enero, le regalé una oración atribuida a Thomas Merton que, en cierta manera, reflejaba su interior, especialmente en los últimos meses de su enfermedad. Decía así: “Señor y Dios mío, no sé a dónde me llevas. No veo con claridad el camino que se abre ante mí ni sé con certeza dónde terminará. Tampoco, después de tantos años de vida, me conozco realmente a mí mismo. Sólo deseo cumplir tu voluntad aunque no sé con seguridad si lo estoy haciendo. Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho, te agrada. Y quiero tener ese deseo en todo cuanto hago. Dame fuerza para no hacer nunca nada que me aparte del deseo de agradarte. Confiaré siempre en Ti. Y, aunque parezca estar perdido o en sombras de muerte, no he de temer porque Tú estás siempre conmigo y jamás me vas a abandonar ni a dejarme sólo ante el peligro. Amén”.

Hemos elegido como lecturas dos de las correspondientes a la Solemnidad del Corpus Christi que celebraremos mañana. En la primera, de la Carta a los Hebreos, se nos decía “que la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia”. Estoy seguro que D. Antonio, al leer dicha lectura quedaría siempre con mucha paz. Él sabía muy bien que todo en su vida humana y ministerial era, ante todo, don de Dios. Y que la respuesta a tanta gracia y fidelidad no eran mérito suyo, sino la fuerza y fidelidad del mismo Jesucristo, Único y Eterno Sacerdote. Con el Salmo 115 hemos cantado “Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor”. Así fue lo más importante en la vida de D. Antonio: un invocar y proclamar el nombre del Señor y un celebrar los misterios de Dios, especialmente la Eucaristía, Pan y Copa de la presencia del Señor y Sacramento eficaz de redención y salvación. Recuerdo que a D. Antonio le gustaba escuchar, particularmente cuando nos reuníamos los hermanos sacerdotes, “que no nos acostumbráramos a celebrar los misterios de Dios con rutina y sin fe”. Finalmente, en el Evangelio de San Marcos hemos recordado el memorial del Señor: “Esto es mi cuerpo; esta es mi sangre”. D. Antonio lo vivía como dos monedas con dos caras inseparables: por un lado, creía que, en el pan y en el vino consagrados, estaba Jesucristo real y sacramentalmente presente. Pero al mismo tiempo, él se consideraba Eucaristía viviente: él, Antonio, era el cuerpo y la sangre vivas y vivientes de nuestro Señor Jesucristo. ¡Qué grandeza y qué belleza de vida!

Antonio, permítame que también a Usted le hagamos el mismo encargo que a nuestros hermanos sacerdotes fallecidos en los últimos meses: ruegue al Dios de la llamada para que nos envíe, ya con urgencia, nuevas y santas vocaciones sacerdotales.

En el capítulo de agradecimientos, como hicimos hace poco con D. Celso, además de dar gracias al Dios de todos los dones, un reconocimiento especialísimo para su querida sobrina María Eugenia y, en general, para toda su familia. ¡Con qué mimo y atenciones envidiables habéis cuidado a D. Antonio día a día, hora a hora, hasta el final! Dios os pague tantas atenciones de las que siempre seremos deudores como Iglesia civitatense.

Gracias al personal médico y sanitario de Ciudad Rodrigo, Salamanca y Valladolid. Gracias a todos los hermanos sacerdotes por el trato selecto otorgado a D. Antonio. Gracias a todos los feligreses y alumnos, y a todos los presentes por vuestro cariño hacia él, por vuestras oraciones y, sobre todo, por vuestro testimonio de fe en la resurrección.

Pidamos juntos, todos los presentes, por D. Antonio, por si necesitara de nuestras oraciones y sufragios. Pero, sobre todo, demos gracias por su larga y fecunda vida y por su buen ejemplo.

Que el Espíritu Santo, hacedor del gran milagro de hacernos presente a Jesucristo en el Pan y en el Vino, aumente nuestra fe, nuestro Amor y nuestra Esperanza, para que un día volvamos a vernos, juntos en el cielo, con D. Antonio, con todos nuestros familiares, con María, Madre de los Sacerdotes, y con los santos y santas que nos acompañan en nuestro caminar como peregrinos en este primer mundo. Que como Santa Teresa, a la que D. Antonio profesaba tanta devoción, caminemos con determinación en lo esencial en nuestra vida. Así sea.

+ Cecilio Raúl, Obispo