Jueves, 18 de octubre de 2018

Larga vida a Philip Roth

No podía hacerlo. No había jodida manera de morir ¿Cómo podía marcharse? ¿Cómo se iba a ir? Todo cuanto odiaba estaba allí”.
PHILIP ROTH, El teatro de Sabbath (1995)

Hace apenas diez días, este mundo miserable y corto que hemos decidido maltratar, se empobrecía un poco más con la muerte de Philip Roth, una de las conciencias más lúcidas que ha dado el Arte, y uno de los escritores más admirables de la Literatura universal de los últimos cincuenta años. Pero seamos, como acostumbramos, domésticos: haciendo gala de la insuficiencia cultural que este país nuestro viene demostrando desde hace siglos con las manifestaciones artísticas, y muy en particular con la Literatura, la desaparición del autor de El lamento de Portnoy  y Cuando ella era buena, ha pasado como de puntillas por los focos informativos y solo ha concitado las cuatro repetidas reseñas en los obituarios, más alguno de esos acostumbrados artículos de necrofilia laudatoria, más centrados en la tragedia de la ‘pérdida’ que para el firmante del artículo significa la pérdida, que en la pérdida misma. Siempre hacen así.

La rebeldía, el compromiso, la verdad, la denuncia o el talento y la exigencia artística son categorías que conformaron el ánimo y construyeron la personalidad y la obra de Philip Roth. Tantas veces la muerte sirve de acicate para descubrir la vida; tantas veces el golpe último despierta otras cosas o abre ventanas clausuradas; en tantas ocasiones, lamentablemente, “se aprende a palos”, se respira tras la asfixia y se descubre la luz en la misma experiencia de la oscuridad que, como ha sucedido en la muerte del gran escritor de Newark, ésta haya propiciado una suerte de re-lectura de su obra, recuperando, aunque será fugazmente, para los estantes de las librerías, las mesas de novedades, las jornadas bibliotecarias y las ferias de libros, los de un hombre, de un nombre nunca suficientemente valorado por la mercadería cultural de este país y anatematizado por la hipocresía de las “buenas conciencias” amedrentadoras, y  sobre todo, literariamente tenido siempre por autor “complicado”, “difícil” o, directamente, “ininteligible”, cuando no puesto en la picota del marujeo por su vida personal y atacado siempre por los celebrantes de la tendenciosidad pacata que juzga el dedo y ni ve la luna que el dedo señala.

La realidad es que, fuera de los círculos especializados y del ámbito de los propios escritores, Philip Roth ha sido poco leído o, peor, muy mal leído. Desde su inicial Goodbye, Columbus hasta su última obra publicada, Némesis, Philip Roth ha trazado, en la ficción, fuera de ella o en ambas al tiempo, un detalladísimo dibujo literario y sociológico no solo de su país y las miserias que lo conforman (las personas hacen un país, mantuvo siempre, y no al revés como quieren los caudillos), sino también un acertadísimo retrato de la condición humana, de la pulsión vital del deseo, de las robustas columnas de la crueldad o de la podredumbre nuclear de la política (humana... inhumana...), aunque muchos ciegos de los dos ojos hayan querido circunscribir su profundo análisis y su reflexión universal a la condición identitaria del judaísmo . Craso error. El bisturí artístico con el que Roth ha diseccionado realidades tales como la mezquindad que generan sentimientos nobles, como el mismo sufrimiento, o la desorientación de la pérdida que aboca al crimen; la profundísima reflexión sobre los magnetismos humanos del deseo (humano, siempre humano... demasiado humano) y las coartadas de la muerte y las formas de la cobardía. Sus  inclementes sátiras contra la corrupción, la apariencia, la mentira estructural de lo intocable, las amenazas del fascismo social, la verdad como excusa o las identidades artificiales, lo han convertido en un autor fundamental para entender tanto el tiempo presente como qué es, y en qué consiste, la verdadera Literatura.

Autor de una extensísima obra, premiado con los más prestigiosos premios literarios y sociales en todo el mundo, considerado por sus colegas escritores de cualquier país como el mejor de entre todos ellos, Philip Roth ha firmado obras fundamentales del Arte del siglo XX como El teatro de Sabbath, Pastoral americana, La conjura contra América, Nuestra pandilla, La mancha humana o La orgía de Praga. Leer a Philip Roth ha sido siempre, de algún modo, un rasgo de inteligencia. Lo sigue siendo. Es, además, una de las experiencias lectoras más satisfactorias que puedan imaginarse y una fuente constante de aprendizaje y conocimiento. Sumergirse en su obra ha sido para muchos un modo de no perder el presente, además de una travesía vital que ha condicionado la forma de ver y de verse uno en el mundo. Y lo sigue siendo. Larga vida a Philip Roth.