Miércoles, 15 de agosto de 2018

Días de los tomillos

Desde antiguo y hasta hoy mismo, las plantas han desempeñado importantes funciones en las vidas de las distintas comunidades humanas y, particularmente, en nuestro caso, en todo el mundo campesino. Han cumplido y siguen cumpliendo distintas funciones, en ámbitos tan distintos como la decoración y el adorno, la sanidad, el mundo de los ritos y de las celebraciones, el de las creencias… y otros varios.

Una de tales plantas es la del tomillo de flor morada, conocido también como cantueso. Estos días primaverales, en una naturaleza exuberante, debido a la humedad y templanza del tiempo meteorológico, podemos contemplar hermosas y dilatadas matas de tomillos en los montes y bosques, en los flancos de caminos y de carreteras, o, en fin, diseminadas por el campo, proporcionando una sensación de jardín efímero, que es el aspecto en estos días de muchas de nuestras tierras.

Pero el tomillo, a lo largo de distintas celebraciones primaverales –sobre las que hemos tratado en distintos artículos–, tiene y adquiere también, ya desde antiguo, sobre todo en nuestros ámbitos campesinos, una función ritual de gran importancia, que forma parte de nuestro patrimonio inmaterial.

Así, por ejemplo, estos días en que, a lo largo y ancho de nuestra tierra, se celebran las fiestas del Corpus Christi y de su octava (adquiriendo una u otra el carácter de fiesta patronal de algunas localidades), las gentes de nuestros pueblos cortan el tomillo y lo utilizan como hermosa alfombra aromática en los recorridos callejeros por donde transcurre la procesión del Corpus. Y, en algunos lugares, alfombran incluso el piso del interior de la iglesia parroquial, utilizando para ello la misma planta.

Nuestras gentes consideran que el tomillo es una planta bendita. De ahí que no duden en algunos lugares, tras terminar la procesión del Corpus, en llevarse alguna mata a la propia casa, para proteger la vivienda de los distintos peligros que pueda sufrir (brujas, incendios…), o también a los establos, para proteger los ganados, o “ganaditos”, en ese tan afectivo diminutivo que escucháramos en algún momento de labios de un anciano. Pero incluso pequeñas matas de tomillo del Corpus se llevan también a determinados sembrados, para protegerlos y que den fruto.

Pero el tomillo aparece en otras fiestas campesinas. Particularmente, es notable su presencia en la culminación de todas ellas: la fiesta del nacimiento de San Juan Bautista, cristianización del solsticio de verano. La fiesta de San Juan –en el mundo campesino– está marcada por una triple presencia mágica: la vegetación, el agua y el fuego.

Pues bien, en algunos lugares, los lugareños recogen matas de tomillos a lo largo de la primavera, en pequeños haces o manojos, para tenerlas preparadas y bien secas, con el fin de arrojarlas a las hogueras de San Juan, donde, al arder, producen un embriagante aroma, que incluso se ha documentado hasta literariamente.

Días de los tomillos. Podremos contemplarlos en nuestras fiestas del Corpus y de su octava. Pero también y sobre todo, podemos echarnos al campo a caminar y embriagarnos con esos jardines naturales de nuestras tierras, formados por flores silvestres, que, en su policromía, nos llaman a idear lo que puede ser el paraíso, ahí, a nuestro alcance, sin tener que realizar viajes como los que anuncian las agencias.