Miércoles, 15 de agosto de 2018

El dinero debe servir y no gobernar

Frente a la inmensidad y omnipresencia de los actuales sistemas económico-financieros, nos podemos sentir tentados a resignarnos al cinismo y a pensar que, con nuestras pobres fuerzas, no podemos hacer mucho. En realidad, cada uno de nosotros puede hacer mucho, especialmente si no se queda solo.

Nuestro mundo interconectado está viviendo no solo una crisis económica, sino una crisis de responsabilidad, donde nadie ha podido establecer ningún control. Se ha vivido una perversión del crédito bancario combinado con productos con alto riesgo a inversores ávidos de rentabilidad, una máquina financiera que no han querido o no han sabido parar. La extensión de productos financieros en una sociedad donde parecía que el mercado lo regulaba todo, desplazó los riesgos hacia el infinito sin querer asumir las consecuencias. Se ha hecho realidad  aquello de “mundo desbocado”, tal como describió Giddens, subrayando los aspectos más oscuros y grises de la globalización.

El 17 de mayo, la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, publicaron un documento que ha pasado un poco desapercibido para los medios y me parece interesante destacar algunas ideas del mismo. Se titula: Oeconomicae et pecuniariae quaestiones, consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del sistema económico y financiero actual”. Documento, aprobado por el papa Francisco, donde se analizan varios aspectos del sistema económico y financiero actual y propone criterios de discernimiento ético.

El texto propone, por un lado, una crítica del sistema económico y financiero actual gobernado con criterios obsoletos y responsable de la crisis del 2008; y por otro, exige una regulación de sus dinámicas, así como una regulación ética que garantice el bien común y el bienestar humano. Esos objetivos éticos deben fundamentarse en la dignidad de la persona, basados en el bien, la verdad, la justicia y la solidaridad. Más allá de intereses individuales y abusos económicos de los que se derivan serios sufrimientos para toda la humanidad y especialmente para los más débiles y desamparados.

A finales del siglo pasado, aumentó el bienestar económico mundial, pero al mismo tiempo y con la misma rapidez, aumentó pobreza y las desigualdades en diferentes países y dentro de ellos. Todo ello se acentuó con la crisis económica, con lo que es un buen momento, no lo solo para reflexionar, para regular la actividad financiera y someterla a unos principios éticos neutralizando los aspectos especulativos de un egoísmo miope, difundiendo la riqueza y eliminando las desigualdades.

El texto se preocupa de forma particular de lo que Francisco llama la cultura del descarte. Está en juego el bienestar de la mayoría de hombres y mujeres de nuestro planeta confinados a los márgenes, siendo muchos de ellos “excluidos y descartados” del progreso, reservándose una minoría los recursos y la riquezas, siendo indiferentes a la pobreza y la exclusión. Es necesario recobrar lo verdaderamente humano sobre el capital, el dinero deber servir y no gobernar, ampliando los horizontes del bien y de la verdad, sin los que cuales cualquier sistema económico o político está abocado al fracaso.

No hay progreso económico si este solo se mide con criterios de cantidad y eficacia en la obtención de beneficios, deberá legitimar su existencia en base a la calidad de vida que produce y a la difusión social del bienestar, buscando políticas sostenibles a largo plazo. Más que el Producto Interior Bruto (PIB), debe evaluarse otros parámetros como la salud, el crecimiento del “capital humano”, la calidad de la vida social y del trabajo. El progreso económico deberá buscar el beneficio económico, pero no debe ser el único criterio y menos a costa de la pobreza de tantos, donde la ganancia y la solidaridad no sean antagónicas.

Los mercados no se regulan así mismos, no son capaces de crear mecanismos para funcionar regularmente, como la cohesión social, honestidad, confianza, seguridad, leyes, etc. Tampoco son capaces de corregir los efectos negativos para la sociedad, desigualdades, asimetrías, degradación ambiental, inseguridad social, fraude, etc. Se está produciendo una inversión entre los medios y los fines, entre el trabajo y el dinero. El trabajo, que es un bien, se convierte en un instrumento; y el dinero, en un fin, encontrando terreno fértil en la cultura del descarte. En esta sociedad que estamos creando, los excluidos ya no están en la periferia sin contar para nadie, no son explotados, sino desechos sobrantes.

En la globalización en la que está inmerso el sistema financiero, es necesaria una coordinación estable entre las diferentes autoridades nacionales e internacionales, buscando sistemas normativos entre todos. Estas nuevas reglas de juego deberán buscar la transparencia para eliminar todo tipo de desigualdades en los intercambios, con la mayor información posible para que cada uno pueda tutelar sus intereses. Debe considerarse el ahorro familiar un bien público y excluir del riesgo, poniéndolo en manos expertas para ser bien administrado y no simplemente gestionado.

Los principales actores del mundo financiero y en especial los bancos, deben contar con organismos internos que garanticen un adecuado control de calidad y de autocontrol del proceso de decisión y de los productos ofrecidos por la empresa. Controlar los sistemas financieros paralelos fuera de control del marco normativo oficial, ya que la mitad del comercio mundial es llevada por grandes sujetos económicos, reduciendo drásticamente su carga fiscal transfiriendo los ingresos de un lugar a otro, transfiriendo beneficios a paraísos fiscales. Esta realidad, ha restado recursos decisivos a la economía real, y ha contribuido a la creación de sistemas económicos basados en la desigualdad.

Ante esta realidad injusta, necesario y urgente que, a nivel internacional, se apliquen los remedios apropiados a estos sistemas desiguales y perjudiciales al bien común. En primer lugar, practicando a todos los niveles la transparencia financiera (por ejemplo, con la obligación de rendición de cuentas, para las empresas multinacionales, de sus respectivas actividades e impuestos pagados en cada país donde operan a través de sus filiales); y también con sanciones incisivas impuestas a los países que reiteren las prácticas deshonestas (evasión y elusión de impuestos, lavado de dinero sucio).

Por último, la economía no afecta solo a las grandes entidades financieras y a los Estados, sino a todos, ejerciendo un ejercicio crítico y responsable del consumo y del ahorro. Seleccionar las empresas de producción y venta a la hora de consumir, sobre todo aquellas que no violen los derechos más elementales, o aquellas que buscan la ganancia a cualquier costo. Seleccionar aquellos productos detrás de los cuales hay un proceso éticamente digno y justo.

Va a ser difícil, desde Demócrito la codicia entendida como un deseo sin medida, donde el placer está en la pretensión y no en la consecución, no está en el objeto sino en su expectativa. Cuanto más abstracto sea el medio del placer al que se dirige la expectativa, tanto más potente es la ambición suscitada. De ahí que el dinero es el objeto ideal de la codicia. En los mercados financieros actuales no se manejan bienes, sino expectativas que se dirigen a la valoración futura de las inversiones de capital. La codicia y el riesgo es un elemento estructural de nuestro mundo, no solo se necesitarán una normativa ética, sino agentes sociales y políticos que desplieguen la libertad y la felicidad del individuo más allá del consumo y dinero fácil. No perdamos la esperanza.

Oeconomicae et pecuniariae quaestiones