Lunes, 18 de noviembre de 2019

Celebraciones universitarias

La universidad de Salamanca sigue teniendo, internacionalmente, el prestigio de símbolo de lo universitario asociado con nuestro país. Los días de este mayo que termina en que visitábamos los países bajos, los guías que nos iban mostrando las ciudades universitarias holandesas o belgas, al aludir a España, indicaban siempre la universidad de Salamanca, como paradigma de institución universitaria española.

Podríamos decir, en este sentido, que la universidad de Salamanca vive, en el fondo, de las rentas, de ese capital que se ha ido acumulando en el pasado, a lo largo de la historia, a base de saberes transmitidos, de eximios maestros que han enseñado en sus aulas (Nebrija, Hernán Núñez ‘el Comendador Griego’, Fray Luis de León, Gonzalo Correas… y otros varios maestros eminentes, que no es cuestión de seguir aquí enumerando), de difusión de nuevas teorías científicas y humanísticas y de otros logros vinculados con nuestra universidad, que la han hecho acreedora, internacionalmente, y de paso a la ciudad, de sinónimo de conocimiento (el dicho de ‘a aprender, a Salamanca’, es bien emblemático de lo que decimos).

Pero ¿se puede solo vivir de las rentas? El lema de inspiración luisiana con el que se celebra, en este 2018, el octavo centenario de la universidad de Salamanca          –“Decíamos ayer; diremos mañana”– supone toda una declaración de principios sobre esa voluntad de continuar con la elaboración y transmisión del conocimiento, en todas las áreas y disciplinas científicas y humanísticas, también en el futuro, partiendo de esa conseguida tradición del pasado, pero abordando y asumiendo también todas las innovaciones que cada época histórica plantea.

¿Puede hoy Salamanca, la universidad salmantina –en un mundo dominado por el dinero, por los poderes financieros, por las inversiones allí donde se esperan recoger beneficios– competir con otros centros universitarios españoles e internacionales? Parece que es tarea muy complicada.

De hecho, en esas listas (o ‘rankings’, tal como reza el barbarismo) internacionales de los centros universitarios de prestigio, Salamanca no puede aparecer, ni siquiera asomar la cabeza, pues sus recursos son, desgraciadamente, más que menguados.

Pero sí pueden Salamanca y su universidad hacer de la necesidad virtud y tener (y aun mantener) como emblema ese prestigio histórico de nuestro centro universitario, como reclamo, como llamada, para que los estudiantes sigan acudiendo y se sigan formando en nuestra ciudad. Porque el prestigio internacional de Salamanca sigue ahí, diríamos que intacto.

Arduo será el esfuerzo de todos para mantener ese buque insignia salmantino que es nuestra universidad. Un esfuerzo que ha de ser colectivo; en primer lugar, de todos los estamentos –docentes, discentes, administrativos, de servicios, etc.– de la propia universidad; pero también de toda la ciudadanía, de los poderes públicos, de las instituciones políticas locales, provinciales, comunitarias y españolas, de otras instituciones y empresas tanto públicas como privadas… En fin, un esfuerzo de todos, para que esa travesía de nuestra universidad por las procelosas aguas de la historia siga teniendo lugar y siga dando tan buenos frutos como hasta el momento.

Si, por ejemplo, tuviéramos que hacer, a través de los individuos, la historia de la cultura española en cualesquiera de sus manifestaciones, nos daríamos cuenta enseguida de que no pocos de los nombres propios que la constituyen han pasado por Salamanca, ya sea como docentes o como discentes.

Y esto dice mucho de esa misión histórica que la universidad de Salamanca ha ido cumpliendo a lo largo de la historia (“decíamos ayer”). Y que esperamos –por el bien de todos y de nuestra ciudad– siga cumpliendo en el futuro (“diremos mañana”).