Miércoles, 21 de agosto de 2019

Hansel, sus migajas. Y la nueva ley de protección de datos

Por fin. Ha llegado el gran día. Hoy es veinticinco de mayo, y yo he recibido cientos de cartas en las que me piden que diga que sí, que ahora sí serán buenos, que por favor. Hoy entra en vigor (qué expresión tan extraña: entrar-en-vigor, entrar en lo erguido en la fuerza y por fuerza, o no, pero entrar, como quien invade) entra en vigor, decía, la nueva ley de protección europea de datos. Y mi buzón se ha llenado de cartas con mi nombre completo, más de cincuenta, cientos.

Al principio me he puesto nerviosa. Con las instrucciones de Facebook, por ejemplo, cuando me pidió que autorizara, con un clic, la técnica de reconocimiento de rostro en las fotos. Pero por mi bien, claro que sí, para evitar que cualquier otra persona use mi cara para suplantarme, qué susto. También con la carta del banco que quiere que diga que acepto que digan que saben todo sobre mí, los centavos las entradas las salidas la compra y los lugares, los recibos la vida muy austera los dineros. Recibí otro mensaje, de la compañía del teléfono, que me pide que diga que sí a que ellos sepan cuándo y a dónde y por dónde, meandro a meandro por dónde me muevo. Para enviarme el aviso que dice bienvenida a París o bienvenida a Milán, ahora podrás hacer uso de nuestra tarifa de minutos libres de roaming, previo pago sin firma, porque siempre sabemos por dónde caminas, podemos seguirte la red y los datos, qué miedo.

Después de decir que sí y que no de manera aleatoria, pues la letra pequeña está configurada para hacer doler los ojos en la línea tercera, después de hacer los deberes, decía, me he puesto a pensar en las migas de Hansel, el hermano de Gretel, así, como pasando.

¿Recuerdan ustedes al bueno de Hansel? Lo llevaron al bosque por extraños motivos de brujas que quieren comerse a los niños, una cosa tremenda de las de leerte cuando estás pequeñito, qué mundo. El caso es que viene bien, nuestro Hansel, a esta historia porque Hansel quería volver a su casa y, para lograrlo, dejó piedrecitas por todo el camino hasta que se le terminaron, y entonces siguió con las migas del pan, sin recordar, como niño que era, que el pan también es comida de pájaros. Perdido, el pobre Hansel, en mitad del desierto. ¿O era un bosque? Perdido, en cualquier caso. Y me sentí desolada. En mitad de esta jungla virtual en donde me tienen inscrita los tantos sistemas que saben hacer estadística con todos mis números y que, por eso, dibujan muy bien mis perfiles porque me conocen mejor que yo a mí. Sus memorias recuerdan también las migajas. Los bits son inmunes a los picotazos. Es así como todas las empresas, online y offline, saben cómo llegar a mi casa y qué cosas prefiero. Me he sentido un poquito enfadada y como no comprendiendo a este mundo, sus muchos sistemas complejos. Diciendo a este boletín que sí y a este otro boletín que no. Y al del Facebook a ver qué me cuentas, que en líos estamos con lo de los anuncios y las estadísticas del Big Data. Lo llaman así, Big Data, con su epíteto enorme, porque es algo muy grande aunque nadie lo ve. Y nos conoce las huellas del rostro mejor que el espejo.

El Big Data nos cala los secretos y nos dice que ya es hora de cambiar las zapatillas, pues nos ve también el roto por donde se descosen.

Entonces empecé a sentir miedo. Sospeché que la fiesta del gran día a la que me están invitando me pide que diga que sí al aviso de lo que no puedo cambiar. Me pide que diga que acepto perder el derecho a cerrar la persiana. Que diga que sí, que estoy bien enterada, que sé que el horizonte se anega de satélites. ¿Recuerdan la órbita? La geoestacionaria, ese lugar favorito, ese milagro de andar en patines en donde los satélites ni se caen ni se van. Resulta que dicen que ya está muy llena y que podría colapsarse. Hundirse, doblarse de peso, ceder y perder la memoria de todos. Chocarse, los satélites artificiales, unos contra los otros y dejarnos sin red para siempre, tal cual, y de vuelta a las cartas escritas a mano, aunque yo ya haya dicho a todo que sí, que me sigan, que me midan, que me sepan, que me observen. El suelo y el cielo repleto de migas que llegan hasta el borde de mi viejo pijama de dormir los domingos, desconectada, en las horas que sueño mis sueños privados. Aquellos. En donde los satélites, desarticulados, empiezan a entrar no en vigor, sino en la atmósfera, convertidos en balas de fuego. Hansel nunca supo que habría migas invisibles trayendo a los extraños a casa. Ni que un día futuro, no tan adelante, en lugar de migajas, caerán los pedazos.

Salamanca, 25 de mayo de 2018