Martes, 23 de octubre de 2018

Palabra nueva

Pobres imbéciles los que piensan que esto va solo de meter canastas, marcar goles, romper el saque del rival, ganar etapas, adelantar por el interior, conseguir un ipón o un ko, lograr un viraje perfecto, cantar las cuarenta, hacer un “home run”, superar un listón, batir una marca, permanecer imbatido, dar jaque mate. Pobres imbéciles si creen que esto va solo de conseguir un preciso golpeo de rosca con el interior, un revés cortado que adose, literalmente, la bola contra el suelo; un delicado tacto al abrir gas, un drive consistente y un putt letal; un agarre eficiente, el juego de pies de Muhammad Ali o el tiro de tres de Stephen Curry.

Pobres los que confunden la parte con el todo, la superficie de un continente, el deporte, que esconde, en profundidad, el magma volcánico que finalmente lo define. Si el deporte fuera una mera búsqueda obsesiva de rendimiento o, peor, una síntesis de todos los esfuerzos en forma de resultado, yo mismo sería el primero de sus críticos, el periodista que seleccionara lo noticioso utilizando el morbo como criterio, el político que ignorase la llamada de los clubes, hambrientos de subvenciones. Si nuestra concepción de la actividad deportiva descansara únicamente en una oposición dualista entre el triunfo y la derrota, el éxito y el fracaso, no acudiría cada lunes a entrenar y me sentiría un estafador cobrando el dinero de los padres. Y no hablo solo de valores, que ya lo hacen muchos, demasiados.

Les contaré un secreto: cuando era pequeño, había muchos ambientes en los que prefería estar callado, guardar silencio. Temía la autoridad de los profesores, también la que ejercían mis padres, muy normales, no se piensen. Prefería hacer un fuerte con mis pensamientos antes que expresárselos a mis iguales adelantándome a la impresión que pudiera causarles (y a la que ellos pudieran causarme). Y callaba también en misa, cuando tocaba y cuando no. Y ante la injusticia, lo que provocaba que los victimarios pronunciaran aquello de “qué bueno es” cuando en realidad lo que demostraba no era otra cosa que pobreza de espíritu y cobardía.

También me avergonzaba de mi cuerpo, demasiado grueso y poco hábil por entonces. No tardé mucho en aprender a esconderlo, a disimularlo, a ponerlo en un segundo plano trayendo al frente mis cualidades intelectuales, o esa sensibilidad de la que sigo presumiendo a falta de otras virtudes. Pronto supe que no me apetecía bailar (aunque me apeteciera), ni gestualizar una emoción (aunque sintiera la necesidad), y que no era imprescindible hablar muy alto. Pero por fortuna apareció el deporte, el fútbol sala, en concreto, el único ofertado en el colegio. Hice de portero, por supuesto, convirtiendo nuevamente la necesidad en virtud y cubriendo esa plaza que siempre quedaba vacante en los equipos.

Ahora sé que lo que aprendí como custodio del área, como frontera última del gol enemigo, fue mucho más que el oficio de guardameta, con sus reglas universales de sacar a la banda, cubrir el primer palo o salir para tapar los ángulos. Lo que aprendí fue un idioma, palabra nueva en medio del silencio que sigue a la violencia cotidiana, la que todos los niños en un momento u otro de su infancia sufren, por acción u omisión, causal o casualmente.

Ahora sé que lo que ofrecemos quienes educamos en el deporte, y esa es nuestra principal misión y responsabilidad, es un vehículo de expresión, la adquisición de un lenguaje, palabra nueva en el reino del silencio pudoroso y aterrado, incapaz de articular sonidos. De nosotros depende que ese escenario sea el propicio para que el nuevo idioma fluya superando el balbuceo inicial y pueda aproximarse, así, al grito de júbilo que provocan, no el gol o la victoria, sino la libertad que, en un entorno hostil, solo el juego concede.