Miércoles, 15 de agosto de 2018

De estilos literarios.

Hablando de psicoanálisis y de estilos expresivos en función de las diferentes chaladuras que aquejan a los escribientes. En algún lugar he leído esta clasificación dudosamente científica. Se dice que el estilo narrativo es el que mejor encaja con los sujetos obsesivos; el dramático va de perilla a los histéricos angustiados; para los transgresores, el estilo épico; para los depresivos, el lírico; y, por último, el reflexivo y sesudo a los esquizoides.

Me he permitido la libertad de asociar algún famoso escritor a cada uno de los mencionados rasgos sicopáticos. Por ejemplo, Marcel Proust lo sería al obsesivo-narrativo. Sus larguísimas frases, inacabables descripciones, exhaustivos análisis emocionales llevan al lector a una extenuación admirada. Asociaría a Rainer María Rilke con un depresivo-lírico.  La obra poética de Rilke es un interminable viaje interior, un caminar en solitario, nostálgico y desengañado. Sancho y Don Quijote dialogan. Uno aconseja mirando el cielo, el otro escéptico lo hace al suelo. Dos personajes que habitan en otro conocido con el nombre de Miguel de Cervantes, esquizoide-reflexivo. Josef K. pretendiendo traspasar la puerta de la Ley, no sabe de qué se le acusa, ni quién le acusa. Kafka escribe interminables cartas a un padre que le mira con desaprobación, lejano, iracundo. Un día, su otro yo, Gregorio Samsa, abrumado, se transforma en un enorme insecto, histérico angustiado-dramático con suspenso. Por último, el antisistema, transgresor-épico Víctor Hugo, luchador social, feminista, defensor de la enseñanza laica, del voto universal y creador del incomparable personaje, Jean Valjean.

Ninguno de los escritores mencionados estaba loco. Quiero decir, loco al decir siquiátrico. Más bien diría que estaban muy cuerdos. ¿Quién mejor para describir el paso del tiempo, lo inefable, la vida misma, el absurdo y la compasión social, que Proust, Rilke, Cervantes, Kafka y Víctor Hugo?

Tal lucidez literaria a ninguno de ellos les resultó gratis. Todos pagaron algún peaje a lo largo de su vida. Proust escondiendo su homosexualidad, Rilke viviendo con el recuerdo de una infancia llena de amargura. El manco de Lepanto, cautivo en Argel y burócrata del tres al cuarto. Kafka cargando en su mochila el doble estigma de ser judío y tuberculoso. Víctor Hugo el exilio y la ruptura con el mundo militar y aristocrático de su padre.

 

No obstante, en esa frívola clasificación faltan los narcisos. Los narcisos son la mar de divertidos. Siempre encaramados en el palo más alto del gallinero. Cacarean sin cesar. Su estilo literario encaja entre la narración y la épica. Épica a secas, sin transgresión alguna. Épica referida a su inmenso “yo”. Si se cayeran de aquél, al decir rioplatense, se harían trizas. Opinan de todo y todo lo saben. Sus pechos están llenos de condecoraciones. Su vida sentimental de divas. Vargas Llosa sería su cumplido prototipo, se me ocurre. Escribe muy bien. Sabe contar cuentos. Nunca se moja. Punto.

Lo esperpéntico son sus mediocres seguidores. Alguno de ellos escribe en el País Semanal, para más señas en la última página. Desde tal cima mira despreciativo a la plebe ignorante. Me quedo con su padre Julián. De joven leí con fruición su “Historia de la filosofía”. Me abrió la mente a nuevos mundos del pensamiento. Javier, su hijo, me produce urticaria.