Homenajes.

Allá por 1965, en el Pozo del Tío Raimundo, vivían unos amigos míos: Ignacio, Carlos, Carlitos y la Madre. Ignacio relojero, Carlos taxista, Carlitos lo que surgiera y la Madre asistenta. Los tres primeros eran curas obreros, la última una cristiana por libre. Ignacio murió muy pronto. La Madre poco después. Carlos, por rojo, estuvo algún tiempo en la penitenciaria de Zamora. Hace un par de años falleció en alguna parroquia de Vallecas. Carlitos, por tupamaro, se pasó varios años en un penal militar uruguayo. Todos ellos vivieron tiempos difíciles. La Iglesia católica, entretanto, se dedicaba a pasear bajo palio al Generalísimo y éste a arrancar las “malas yerbas”. “Las malas yerbas” se solían arrojar por entonces en cualquier cuneta o tapia de cementerio.

Historia de un anónimo guardia de circulación. La de uno de esos que iban tocados con un casco blanco y silbato en la boca. Los que movían sus brazos permitiendo o prohibiendo el ir y venir de los vehículos. Vivía en el Pozo. Estaba afiliado al partido comunista. Un día lo detuvo la “social” ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? Resultado: una tremenda orquitis. Tan, tan inflamados tenía sus testículos que debía pasear por el patio de la prisión de Carabanchel sin pantalones. Una faldilla ocultaba sus partes. Su esposa le visitaba. Habían pasado ya los tiempos del “matarile”. El gobierno había empezado a coquetear con la “pérfida Albión”, los “gabachos” y los “chicos del Norte”. Así pues, le dicen: “¿Quieres volver a ver a tu marido? ¡Sí, quiero! Entonces, mantén la boca cerrada. Más vale un castrado que un difunto”

La Abuela María, oriunda de algún pueblo manchego, conservaba una carta muy sobada de su hijo. La última, antes de que le fusilaran. Cada aniversario, se la hacía leer a quien tenía más cerca. Ese día estaba a su lado. Era analfabeta. Su hijo, dieciocho años, soldado republicano. “Adiós madre. Voy a morir. No llores. Despídeme de la Rosa. Hice lo que debía”. La abuela comenta enjugándose una lagrima con la punta del pañuelo: “me lo mataron los buenos”. Al terminar la guerra, a ella y a su hija las raparon y pasearon por el pueblo.

Los milicos le detienen. Picana. Submarino. Plantón. Patadas y puñetazos. ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? Les dice: “allí”. Allí lo llevaron. Allí nada había. Allí lo mataron de un tiro. “Intento de fuga”, dijeron. Un tupamaro menos, un comunista menos.

Todos esos recuerdos me conmueven. Para mí, que la existencia solo adquiere algo de sentido por tales vidas. Algunos creían en el más allá, otros en el más acá. Unos eran comunistas, otros cristianos. Tanto da.