Jueves, 20 de junio de 2019

La garza real

A mí primo el historiador ahora le da por las aves y las únicas reales que le gustan son las garzas, pero claro, a mí como ferviente lectora de revistas del colorín, lo que me gustan son las garzas reales con todo y tocado, es decir, esas inglesas flacas que no comen emparedados de pepino ni mermelada de jengibre –una ha sido una lectora voraz de Enid Blyton y así estoy, monárquica perdida a las cinco en punto de la tarde- y van a las bodas como las pájaras de mi primo, pisando el barro con sus altas patas de tacón. Una es frívola y reconoce que no hay nada mejor que un bodorrio, aunque este incluya padres desharrapados, niños desdentados que hacen burla a la cola de la novia, novios babeantes o suegros envarados. Hay que ser feminista para apreciar esa subida a solas de la escalera, ese arrastrar las plumas propio de quien es consciente de todo lo que le rodea y ese maravilloso piercing en la nariz de quien se ha convertido en una heroína moderna: la madre de la novia.

No hay nada más fuerte que una madre sola, segura, increíblemente fuerte. Capaz de llorar y de no amilanarse frente a todos los ojos, ojos que no dejaron de reparar en sus rastas, su tocado de feligresa, su sonrisa húmeda ante las palabras de un predicador que nos devolvió a la iglesia gospell a punta de repetir la palabra amor entre manotazos. Sí, la corte de Isabel II se vistió de ceremonia negra de domingo entre música y trajes exagerados de fiesta de algodón, algodón de sonrisa blanca, la del éxito y la belleza, la de esa sensación de triunfo de lo auténtico mientras a su alrededor, crujían las sonrisas y hasta las incomodidades. La boda de Meghan tuvo algo de ceremonia dominical de iglesia de negros, de poliéster brillante, de tocado barato de fiesta y alegría genuina. Amén. Y qué quieren que les diga, que me gusta, me gusta esa mezcla que en realidad es la nueva globalización, la de mis pasillos de clase, la de los rizos de Bahar, la mejor amiga de mi hija que es iraní. Vivimos en la diversidad y mantenemos el himno luterano mientras este pelirrojo que se disfrazaba de nazi en una fiesta nos hace suspirar a todas las que adoramos los bodorrios y esperamos al príncipe azul, eso sí, caminando solas por el pasillo, después de haber doblado la esterilla de yoga en el maletero y de echar pestes porque se nos engancha el mechón suelto de pelo en el pendiente de diamantes. Somos tan modernas y tan cuquis que nos gustan el tul y la comida orgánica, la independencia y el príncipe azul que nos mire y nos diga que estamos increíbles. No se puede con tanta incongruencia y me pregunto por qué soy tan inglesa y cursi, tan Enid y tan moderna.

Una es independiente y mema a la vez, qué vamos a hacer. Me gustan las pamelas y las telas de flores y los jardines y los nenúfares… por gustarme, hasta me pediría el casoplón de Iglesias y Montero para celebrar mi particular boda real con todo, garzas y pajes de Podemos. Total, a la hora de ser incongruentes, vale todo, hasta cabrearse y montar un plebiscito a la venezolana. Menos mal que yo no les doy lecciones a nadie de izquierdismo, y menos a mi primo, el ornitólogo, a quien solo le gustan las garzas reales. Lo mío es la página rosa y la tiara torcida, el beso entre flores y el pajecillo valiente y desdentado. Y que Dios salve a la reina.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.