Lunes, 9 de diciembre de 2019

Vale de vales

Todos, incluso los que no han leído “El Quijote”, sabemos que empieza así: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Pero es posible que ni los que lo hemos leído y no dejemos de releerlo recordemos con qué palabra termina.

Pues bien, el genial autor concluye su gran obra con la palabra vale, dos sílabas con las que corrobora que todo cuanto ha dicho en ella vale, y andaba tan acertado, tan seguro estaba de lo que decía, que han pasado los siglos y sigue valiendo.

Estoy segura de que si Cervantes anduviera hoy por estos lares le sobrarían Quijotes, Sanchos y demás personajes para escribir la obra, aunque eso sí, con dos diferencias: no serían los libros de caballería los que volverían loco a don Quijote, serían las redes sociales, y el hombre se moriría loco porque recuperar el juicio perdido por ellas no parece tener muchas posibilidades.

Este comentario no es más que el pretexto para lamentar el mal uso que hoy hacemos de la palabra vale, una palabra hermosa donde las haya, útil, sabia, pero con tan mala fortuna que la hemos convertido, sobre todo los más jóvenes,  en una muletilla con la que afirmamos, sin intención de afirmar, que no vale nada de lo que hemos dicho porque con tanto vale entre frase y frase, cuando no entre palabra y palabra, nadie se ha enterado de nada. Es terrible oír a diario cosas como esta: “Ayer, vale, te llamé por teléfono, vale, y como no estabas en casa, vale, te puse un mensaje, vale, y te llamo, vale, para saber, vale, si lo has visto, vale, porque…” Ante este abuso del vale, que ni se sabe si afirma o pregunta, solo caben dos opciones: o responder que no vale, o suplicar que vale de vales, de lo contrario solo cabe esperar a que remita la fiebre por el bien de la lengua de Cervantes, que es la nuestra.