Domingo, 8 de diciembre de 2019

Tú y yo, ¿en qué nos parecemos?

Imagina que llegan porque están heridos. Entonces los acoges, les dices que todo estará bien, que sientes muchísimo lo que ha sucedido. Poco a poco se van recuperando y, cuando ya tienen cerradas las grietas, descubren que les gusta tu casa. Que les gustan tu tierra, los lugares de sembrar, el mar en donde se bañaron los hombres importantes, el sol del medio oriente llenito de historia, tus alimentos. Y dicen aquí estamos bien y, además, todo esto era nuestro, en este lugar que tú habitas está la tierra que nos fue prometida, mira, lo afirma este libro. Y dicen la página exacta. Y se quedan.

Así los vas conociendo, poco a poco, los miras de lejos y sabes que los nuevos hacen las cosas de un modo distinto, es normal, los humanos somos todos variados y obvio que no iban a ser como tú y, a veces, ni siquiera parecidos. Más allá de tener figura de hombres te resultan extraños, hablan otra lengua, tienen otros dioses y creen que por eso, porque su ley es verdadera, pueden hacer hasta lo no permitido.

Imagina tan solo que tú tienes en casa un rincón favorito, aquel en el que te sientas a orar, a meditar, a mirar mariposas, aquel en donde se sentaba tu abuelo con los mismos olores los mismos colores los mismos sabores el mismo. Entonces, un día, los nuevos entran a tu casa llenos de maletas, se acomodan, te pisan la estera, encienden su tabaco y empiezan a hacer ruido. Tú les dices, por favor, nosotros no fumamos, les pides, por favor, este aire está limpio, no podemos meter en nuestro cuerpo las cosas que están prohibidas por dios, pero los nuevos se quedan impasibles. Segurísimos. Con la certeza de que estás equivocada tan solo porque llevas un pañuelo en la cabeza, el pañuelo de flores que te cubre el cabello y que, para ti, es un signo de amor. Lo heredaste de tu abuela, es de seda pura, de cuando ella era joven y se enamoró de tu abuelo. El pañuelo que usas porque ya estás preparada. Las manos de tu abuela blandas dulcísimas te enseñaron a ponerlo. Los nuevos te miran por debajo del hombro porque dicen saber la verdad, esa verdad que subraya que son ellos el pueblo elegido. ¿Por qué o por quién?, te preguntas. Imagina que no se quitan las botas antes de entrar a tu templo, allí en donde tú solo entras descalza y con los pies recién lavados, muy limpios.

Entonces empiezas a sentir la tensión en el aire, los ojos, las miradas, los hombres incómodos, tensos. Algo va mal, algo no encaja, ellos jamás se arrodillan, ellos encuentran dinero. Tú amas a tu abuelo y lo ves triste cuando sale a cuidar los naranjos, te acercas, le preguntas. Imagina que se quedan en tu casa diciendo esto es mío y no veo nada tuyo y tampoco a tu dios porque no lo conozco y a ti tampoco te veo. Te pisan y dices ay, te pisan y dices ay, te pisan y dices, duele, pero ellos no saben porque hablan otra cosa, por qué es tan difícil que entiendan, qué diluvio los ha hecho tan sordos, se pregunta tu abuelo mirando el horizonte con su mano en caricia para los frutos del huerto que ha cuidado por años, generación tras generación. Ellos dicen esto es mío y se quedan y extienden las redes y ponen un muro muy alto que divide la tierra en dos. Tu abuelo pierde los naranjos que quedan del otro lado. Entonces se te enrosca el corazón. Y por primera vez te preguntas por qué, qué ha sucedido, qué es esto.

Los nuevos que fuman se ríen de ti. Los que no se descalzan se ríen de ti. Los que no se arrodillan se ríen de ti. Los que no te conocen se ríen de ti. Y por segunda vez te preguntas por qué, qué ha sucedido, qué es esto.

Un día llega un hombre hasta la puerta de tu casa e interrumpe el momento de las abluciones, grita, hace ruido, enfrenta a tu madre por alguna tontería, dice que tiene sed y está armado hasta los dientes, un hombre cansado y armado hasta los dientes, ellos tienen un ejército armado hasta los dientes porque tus tátara-tatarabuelos hicieron una guerra para sacarlos de allí, hace muchísimo tiempo. Un ejército armado hasta los dientes para prevenir el golpe de tu furia, solo por si acaso. Un hombre cansado y armado hasta los dientes enfrenta a tu madre y pisa lo limpio sin hacer el favor de quitarse las botas. Se te derrama la rabia. Y en nombre de los naranjos del abuelo al otro lado del muro, te lanzas, contra el cuerpo de un hombre armado hasta los dientes, con toda tu fuerza de adolescente menuda. Él te agarra las manos, te dice muy mal, te pone de patitas en la cárcel.

Imagina una casa tomada por extraños que pisan las paredes y dicen esto es mío, hemos llegado por fin, hemos sufrido. Imagina que pisan tu estera, esa en la que pones la frente, la que has heredado de los tuyos tu dios, tus ancestros, tu fe, tu tesoro, porque tú sabes creer y ¿quién dice que eso esté mal? ¿Creer en uno u otro dios? ¿Creer en una u otra cosa? Imagina que los nuevos, a quienes tanto ha dolido, no quieren oírte decir lo que te duele.

Y han sembrado una embajada de hierro en el centro de lo que también ha sido tuyo desde el principio de los tiempos.

Tú y yo. ¿En qué nos parecemos? Ven, dame la mano, no pienso morderte. Quiero solo que escuches mi historia, que aceptes lo que soy, que no quieras cambiarme. Ismael e Isaac eran hermanos, ¿lo recuerdas? Mira, mi pañuelo tiene flores y yo lo he heredado. De mi abuela. Su padre era un beduino que sabía contar estrellas para navegar, a plena luz de noche, las tormentas, cruzaba desiertos. Conozco de memoria la historia del rey Salomón, escúchame. Bastará con que me escuches decir que a mí también me duele. Tú y yo. ¿Qué vamos a hacer con nuestro suelo? Tú y yo. El mismo dolor tuyo de antes que ahora me infliges, ¿en qué nos parecemos? Los dos podríamos morir. Los dos amamos la vida. ¿Por qué no me comprendes? ¿Por qué no te comprendo?

Salamanca, 18 de mayo de 2018