Lunes, 24 de septiembre de 2018

El idilio de la literatura y el deporte

Foto de la portada del libro "Fat City", de Leonard Garner

Leía el martes por la tarde en la página web de Letras Libres, heredera, tal y como ellos mismos proclaman, de la revista Vuelta, fundada por Octavio Paz, que justo ayer se cumplían cien años del primer cuento de fútbol: Juan Polti, half-back, obra del maestro uruguayo Horacio Quiroga y basado en la siniestra (y real) historia de Abdón Porte, estrella del Nacional de Montevideo, quien se quitara la vida en pleno estadio pegándose un tiro en el corazón tras saber que había perdido su lugar en el equipo. Su historia, además de aquel cuento de Quiroga, también se encuentra en un breve relato de Eduardo Galeano, Muerte en la cancha, en su obra El fútbol a sol y sombra (S.XXI de España editores, 1995), y también Enrique Vila-Matas le dedicó Corazón tan tricolor, incluido en una recopilación que incluye los tres textos y que llevó por título Morir de fútbol (Consejo Superior de Deportes, 2008).

Hay algo en el deporte que lo une íntimamente a la literatura. En su lógica disyuntiva, en su todo o nada, encierra los fundamentos de la épica clásica. En la agonística, pero también en su natural incertidumbre, lleva inscritos los secretos de un buen relato. Tal vez no de una novela, aunque las haya y buenas (como la desternillante Fiebre en las gradas de Nick Hornby), pues como bien indica el artículo al que hacía mención al inicio de la columna, la propia experiencia deportiva trae pareja su punto final; sella los recovecos de posibles rutas alternativas y poda cualquier atisbo de rama díscola al ser, en sí misma, suficientemente explícita y desgarradora.

Todo lo que nos queda, a quienes amamos el deporte y sentimos un fuerte impulso de agarrar una pluma o un portátil durante su celebración, es explorar las parcelas de la naturaleza humana que salen a la luz de los focos de un estadio –o como sombras, en las tinieblas del túnel de vestuarios–, o sugerir las motivaciones que se insinúan tras las victorias y las derrotas, o ante determinados comportamientos que el juego, como escenario asociado a la infancia y su espontaneidad, rescata de sus ataduras. Precisamente, esto es lo que consiguen las columnas de Santiago Segurola, recopiladas en la obra Héroes de nuestro tiempo (Debate, 2012) o las aún más emotivas del cineasta y poeta, Pier Paolo Pasolini, recopiladas, junto a una entrevista al propio autor en Sobre el deporte (Contra, 2015), edición de Javier Bassas Vila.

El maestro boloñés recuerda las tardes que pasaba jugando en los Prados de Caprara como extremo izquierdo como las más bellas de su vida conectando, así, con el recuerdo y la memoria de tantos nosotros. Bello era también el pedaleo de Jacques Anquetil. Bello y feroz, tanto como para destronar a Coppi, il campionissimo, sin tensar un solo músculo de la cara. Nos lo contó mejor que nadie Paul Fournel en La soledad de Anquetil (Contra, 2016), en traducción de Gabriel Cereceda. En otro apartado de la estética, aunque no desprovista de ella, Fat City, de Leonard Garner, original de 1969 (y con adaptación fílmica en 1972) pero editada en 2016 por Underwood con traducción de Rubén Martínez Giráldez, nos presenta la espiral de decisiones desafortunadas que toman sus protagonistas en el marco de ese “cuarto mundo” de violencia y marginalidad que convive muy cerca de nosotros, en nuestras mismas ciudades.

Sin embargo, aunque pasen los años y se sucedan magníficas obras inspiradas en leyendas del deporte, acerca de disciplinas que requieren más y mayores sacrificios, en hazañas que nos hacen dudar de nuestra limitada naturaleza, vuelvo a Galeano y a su El fútbol a sol y sombra en cuanto que modelo a seguir y compendio de todas las bondades que la literatura del deporte debe poner al servicio de un lector emocional e inteligente: una mirada oblicua, una dimensión humana y una dosis perfectamente medida de ironía y escepticismo desde la que observar y leer tanto el deporte como la vida, si no fueran, acaso, la misma cosa.