Domingo, 19 de agosto de 2018

Y la vida sigue igual…

A veces, uno abre los diarios de papel, digitales, y se encuentra las mismas noticias como si el tiempo no hubiera pasado. Es una sensación de déjà vu que puede hacerte reír o desesperarte. Muertos en Gaza, lo de siempre, rearme por el Ramadán ¿Otra vez es Ramadán? decepción en Eurovisión ¿De nuevo? Y cuando en el Parlament seguimos con la misma matraca independentista, muy legítima, claro, pero abiertamente en batalla con la mitad matemática de la población, la sensación de que corremos en círculos como un hámster aburrido, se me hace tan agotadora como reconocer que nada cambia. Seguimos a vueltas con el tema de las violaciones, el abuso sexual y hasta las mujeres que tienen la mala idea de morirse a manos de sus parejas. Lo dicho, agotador de puro repetitivo.

La realidad continúa como las mecánicas puntadas de una máquina de coser… de vez en cuando un punto salta y recordamos que somos humanos y finitos. Lo digo porque la muerte de José María Íñigo, la muerte de alguien que nos es tan familiar nos recuerda que somos mortales. Mi memoria recuerda aquella voz profunda y aquel bigote que, últimamente, gracias a la radio, recordaba todos los fines de semana, oyéndole en la cocina mientras pensaba que lo bueno, por suerte, no cambia y que un buen comunicador no depende de las modas o de las mocedades.

Bodas, bautizos y comuniones. Harry de Inglaterra era un niño pelirrojo con cara de pillo, un adolescente capaz de disfrazarse de nazi y pronto será un novio embobado que ha tenido el buen gusto de elegir a una mujer feminista, mulata y divorciada que, o bien le hace muy feliz o le causa más dolores de cabeza que el Brexit. Como en todas las parejas, vaya, que no vamos a ser diferentes. Niños que nacen, eternidad que se encarna y se conjura en aquellos que desaparecen dejándonos el hueco de su presencia, de su ausencia que llena días y meses de ese tiempo que juega al escondite inglés con nosotros, y sí, todo es inglés estos días porque no queremos ver muertos, ni víctimas que observan carteles en las paredes de los pueblos vascos, como si nada hubiera pasado, como si estuviéramos en los años de plomo ¿Qué sucede? Que el tiempo a veces se conjura para no pasar y sin embargo, pasa, que todo nos recuerda nuestra finitud y, sin embargo, hay cosas que, desgraciadamente no cambian. Debe ser que estoy un poco amodorrada por esta primavera que no llega, pero siento como que el día de hoy ya lo viví ayer y que la cuenta de muertos y de cosas por resolver suma y sigue. Cosas de la primavera que no llega. Menos mal que nos quedan las bodas, bautizos y comuniones, entierros y graduaciones.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.