Domingo, 21 de octubre de 2018

Universitas Studii Salamantini

Ubi sunt qui ante nos

in mundo fuere?

Vadite ad superos,

Transite ad inferos,

ubi iam fuere.

(¿Dónde están los que antes de nosotros / pasaron por el mundo? / Subid al mundo de los cielos, / descended a los infiernos, / donde ahora se encuentran).

GAUDEAMUS IGITUR.

 

La ínclita Universidad de Salamanca, que durante este año dice que “celebra” el octingentésimo aniversario de su fundación (el otro día, para que nos enterásemos, iluminó un rato de azul la fachada de la calle Libreros... una cosa...), ha comunicado, en una de esas escasas ocasiones en que trasciende extramuros de las aulas la actividad de este Campus de Excelencia Internacional, que la cátedra de Homeopatía (les juro...¡cátedra de Homeopatía!) que mantenía en la Facultad de Farmacia (cuarto curso, cinco créditos), se ha quedado sin contenido, no porque por fin se hayan percatado los birretes y los tarjetones de que no se pueden impartir gilipolleces en la universidad, sino porque la doctora titular que impartía la docencia y ejecutaba tanto las disoluciones como el presupuesto de esa asignatura se jubila, y no ha hallado el Studii Salamantini solicitante, aspirante o postulante que se avenga a ocupar tan (¿diluido?) puesto.

Estos arranques de modernización y puesta al día de la vetusta institución salmantina, que son en realidad empujoncillos que con la desgana propia del noble muestra de vez en cuando a la plebe el desdeñoso y repetido gesto de la “sabiduría” universitaria salmantina (tal vez para que sepamos que algo se sigue moviendo en sus pasillos desde aquel lejano siglo XIII de su fundación), ya han tenido otros episodios similares, como el ampuloso rechazo a la subvención pública a otra cátedra, la de Tauromaquia (de verdad... cátedra de Tauromaquia, no es broma) que, aunque sin esos miles de euros seguirá existiendo, (¿a qué otra función “educativa” se habrán dedicado esos dineros por parte de la muy amurallada Junta de Castilla y León?), figurará y formará parte, como en la Formación Profesional, del currículo docente de la institución de los Siete Emblemas, la más antigua universidad, que cualquier día plantará en la plaza mayor una tarta con ochocientas velas... al tiempo (también rechazó la institución -solo rechazó, que no anuló- la concesión de doctorado honoris causa al genocida Francisco Franco, y a lo largo de su historia ha puesto birretes y anillos -quitado pocos- a personajes cuya sola mención sigue dando escalofríos).

Si una de las críticas repetidas contra la Universidad de Salamanca (que suele aceptarlas muy mal), ha sido siempre su desdén para con la ciudad que la alberga, su indisimulado clasismo –más bien provinciano y a veces un punto ridículo- y su centrípeto movimiento a lo largo del tiempo (la endogamia, el amiguismo, el gregarismo excluyente, la ausencia de autocrítica y el adocenamiento docente sobrevuelan, infectan o socavan en diferentes grados su pretendida excelencia), la “celebración” de su aniversario número ochocientos parecía una buena ocasión, además de para el fasto artificial de las luces de colores, para sacudirse el polvo del altivo desdén con que siempre ha mirado a sus vecinos, y para tomar decisiones radicales de SUPRESIÓN, ANULACIÓN, REVISIÓN, CRÍTICA o REPLANTEO de lastres de todo tipo que, entre otras cosas, la siguen situando en los últimos lugares en las clasificaciones de cualquier indicador.