Martes, 21 de agosto de 2018

El libro se abre como una flor en primavera

El libro se abre como una flor en primavera. Como una flor, despliega sus más profundos aromas, y esparce ideas en derredor. Se abre como un corazón enamorado y los poros de la piel que lo alberga. Derrocha palabras sentidas, vívidas… Derrama incluso aquellas, esfumadas, que no llegaron a brotar pero se sugieren o se intuyen. Desparrama colores y sabores a vidas vividas, venturosas y aventuradas, amadas, truncadas, solitarias, confusas. Se abre el libro como una madre para dar a luz a su hijo.

Ayuda a respirar y vivir, a soñar de niño la mejor aventura, a fantasear de adolescente sobre un nuevo amor, a embeber las lágrimas y el sufrimiento, a sentir el mayor alborozo al dejarnos abrazar por sus caracteres, por su vocabulario, por la trama o los personajes que nos acompañan en las distintas etapas; a vibrar y pensar, a leer y releer y encontrar los matices que la vez anterior no hallamos, las sutilezas que saboreamos cuando el nuevo estado de ánimo nos aporta una nueva dimensión. Nos llena de sabiduría, de luz, de bienestar, nos hace reír o siembra inquietudes, nos desazona, nos duele, nos mete el dedo en la llaga, nos cuestiona, nos aporta o nos vence. Nos interroga, presuntuoso alumno, sobre la vida. Nos pide respuestas. Nos da calma. Nos consuela leyendo las peores vidas de otros que podrían ser, por desgracia, las nuestras. Nadamos entre sus páginas como se nada al aire libre, envolviéndote de agua y sol, de olor a hierba o mar, de azul de cielo y pinceladas de algodón. Nos huele a tinta y papel, a imprenta y letras, al humo del tabaco de quien lo escribió, a las manos de quien lo vendió o de quien lo presta…Al banco del parque en el que alguien generoso, con respeto, lo dejó.

El libro tiene tantos abrigos... Transparente en septiembre, manuscrito un nombre claro y legible en la portada y muchas ilusiones en el interior. Uniforme de gala y oro en estanterías de postín. Rústica para todos los bolsillos, tapa dura o blanda como la vida misma. Con solapa, para aguantar todas las tormentas. Con flores de tela para personas creativas. Catálogos de propaganda mantienen a salvo los prestados en la biblioteca o aquellos leídos, a salto de mata, en el metro. Algunos, con muestras del bocadillo que se comió en el recreo. A otros los abriga en la primera página la firma y la dedicatoria de quien lo escribió o de quien lo regala. Muchos albergan corazones de tinta, flechas de tinta, anotaciones a lápiz, subrayados de distinto color… También hay libros de guante blanco, bajo siete llaves, enjaezados con miniaturas, o teñidos de negro por la censura que un día los sesgó. Libros de nuevo y de viejo, en otros idiomas o en el que se nació. Prestados, no devueltos, que esperan en la balda las alas para volar con su dueño. Editados para ser flor de un día… o libros eternos. Libros aún no escritos, en proyecto, el embrión de una frase, una imagen, una foto o un sueño. Libros paladeados y masticados. O consultados, leídos deprisa, con miradas apenas posadas hasta encontrar lo buscado.

Todos, todos, son muy esperados, bien llegados, bien recibidos, bien regalados. Muchos, muchos, son muy amados. Y se abren para nosotros, como una madre para dar a luz a su hijo, como una flor en primavera.