Martes, 21 de agosto de 2018

Otro aspecto del 68

 

 

 

You say you want a revoloution

Well, you know

We all want to change world

You tell me that it’s evolution, oh yeah…

 

El 50º aniversario del 68 nos invita a ejercer la nostalgia por un momento. Antes que nada, brindemos. ¡Quién nos iba a decir que en llegaríamos a verlo con salud!

Dicho eso, veamos otros sucesos del 68, pues hay muchos. No todo va a ser el 68 en París o Berkeley o, para el caso, el de Santiago de Compostela que evoca Honorio Cardoso o el de Barcelona que podría recordar yo. No acabaríamos nunca; ¡si hasta la Pontificia de Salamanca era entonces un nido de rojos! (No es broma: se desaconsejó que Juan Carlos de Borbón cursara aquí porque había torvos radicales como Tierno Galván y Morodo, rodeados de curas posconciliares).

Cambiemos de tercio y vayamos a cosas serias. Por ejemplo, en España el acontecimiento inicial del año fue el natalicio del primer hijo varón de los entonces príncipes de España: Felipe Juan Pablo Alfonso de todos los Santos, el actual Felipe VI. He ahí un suceso de largo recorrido y de no menos largos antecedentes. Un suceso de larga duración, que dirían los historiadores franceses, por delante y por detrás. El ABC de la época, embelesado, presentaba a la criatura como descendiente directo de Fernán González, primer conde soberano de Castilla, y de Wifredo el Velloso, conde de Barcelona, aunque la genealogía completa podría remontarse a Don Pelayo. Dentro de tan larga perspectiva histórica incluso el franquismo podía verse como un breve e inocuo parántesis, tanto más cuanto que el Caudillo ya tenía decidido reinstaurar la monarquía secular y ya disponía de sucesor. Y de sucesor del sucesor. Todo atado, y bien.

El bautizo debió esperar diez días, dando tiempo a que llegaran el abuelo paterno, “Juan III”, que estaba de crucero por Miami, la bisabuela Victoria Eugenia, viuda de Alfonso XIII, residente en Mónaco, la otra abuela –la también ex reina Federica de Grecia– y otros no menos ilustres carcamales. Como oficiante actuó el arzobispo de Madrid y vicario general castrense, monseñor Casimiro Morcillo.

No sé si la presencia de tantas testas coronadas alrededor de la pila bautismal no influyó en el niño de modo determinante, dejándole para siempre ese aire de pasmo hierático que luce en las ceremonias oficiales y el tono de ultratumba con que se dirige a los soberanistas catalanes. (“De soberanía solo hay una, nois, no fotem”). Y es que, por si fuera poco, a la ceremonia acudió también el mismísimo Generalísimo, acompañado de una sonrisa ortopédica con collares, detrás de la cual apareció, como en el cuento de Alicia, la felina consorte. Y con el príncipe y feliz padre venían sus ayudantes: los tenientes coroneles Rafael Dávila, de ilustre estirpe de cruzados por España, y Armada Comyn, sin comentarios.  Y el decano de la aristocracia española, gran duque de Alba, y el marqués de Mondéjar. La clase política estuvo dignamente representada por el almirante Carrero, ya número dos del régimen, Areilza, conde de Motrico, y Pemán, el “poeta alférez”, muy adelantados entonces en su larga marcha del fascismo al liberalismo.

Al final no todo el sesentayocho fue revolución, como vamos viendo, sino el inicio de cierta dificultosa evolución. De la segunda Dictadura a esto que tenemos ahora, con 1/3 del Consejo de Ministros coreando el “Cara al sol” en la “Semana Santa”. (Uy, perdón, “El novio de la muerte”, quería decir).

(Foto: ABC de 9 de febrero de 1968)